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Miguel Ángel Quintana Paz

¿Qué hacer mientras se normaliza la violencia contra quienes no somos ‘progres’?

«La salida no está en aguardar a que nos ayude alguien que no seamos nosotros mismos»

Opinión

¿Qué hacer mientras se normaliza la violencia contra quienes no somos ‘progres’?
Zeitz MOCAA

Cada vez que alguien afirma que «desea abrir un debate», uno sabe a qué atenerse: la persona que así habla suele aunar, a su voluntad de abrirlo, cierto anhelo de zanjarlo. No ocurre así en este artículo. 

Lo advierto de entrada pues, de hecho, podría defraudar en el sentido contrario: no voy a contestar de forma directa a la pregunta del título. Solo la contextualizaré. Pues me gustaría que la respondiésemos tras una reflexión entre muchos (¿quizá usted también, amigo lector?).

El primer contexto en que ubicar la pregunta es su referencia a la “violencia normalizada”. Ya hemos hablado aquí en otra ocasión de cómo cada vez nos rodean más violentos que, de modo sibilino, en realidad se presentan ante el mundo como víctimas, como el débil, como pacifistas incluso. Le dimos a aquello el nombre de «neoviolencia» y parece que ha cosechado cierto éxito para explicar la sociedad actual.

En esta tribuna me referiré, sin embargo, a algo mucho más extendido. De hecho, me cuesta hablar de los árboles sin sentir que podrían ocultarnos el bosque. Pero como profesor sé que hay gente que siempre necesita ejemplos, así que vamos con unos cuantos de esta violencia impune que se normaliza a nuestro derredor.

Hablo verbigracia de algo que ocurrió ayer mismo: los estudiantes de S’ha acabat, «jóvenes por la defensa de la Constitución» según su propia web, trataron de instalar una carpa en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Grupos nacionalistas habían advertido de que se la derribarían. Se la derribaron. He aquí las imágenes.

Y he aquí la imagen de la policía autonómica catalana fuera del campus, sabedora de lo que iba a ocurrir, pero absteniéndose de proteger la libre expresión de S’ha acabat. El rector de la UAB no se lo permitía. El rector de la UAB prefiere dejar a los jóvenes constitucionalistas entre empujones y griteríos salvajes. Y a los agresores, impunes.

Con ser malo, esto no es lo peor. Lean (quizá tras ingerir algún antiemético) este comunicado publicado por ese mismo Rectorado a las pocas horas. Tras un deseo vago en pro de la concordia y la paz mundial (vivimos tiempos en que nuestros dirigentes universitarios cada vez se asemejan más a los concursos de misses), tras no distinguir entre agresores y agredidos, el texto dedica casi el mismo espacio a criticar que se «instrumentalicen» los actos violentos por parte de «determinados partidos políticos».

Es difícil decidir si esto último (que algunos partidos, como debe ser, se horroricen de lo que pasa en el campus catalán, se nieguen a normalizarlo y apoyen a los agredidos) les molesta más a los capitostes de la UAB que las tortas o viceversa. En todo caso, mientras los deseos de paz del Rectorado se quedaban en la vaguedad, parece que la acusación a los partidos es mucho más determinada. Ya lo dice la pedagogía contemporánea: cuando de verdad quieres, siempre puedes.

También ayer se supo de la denuncia de violación a una chica: los agresores lo consideraron justo castigo, en este caso, no por llevar la minifalda demasiado corta, sino por llevar encima una camiseta con logo de Vox. Todos sabemos la rapidez con que nuestro Gobierno corre a condenar este tipo de actos machistas; pero también hemos comprobado que la cosa se ralentiza (o incluso paraliza) si la agredida no es la persona correcta. Al Ejecutivo no le parece correcto llevar camisetas de Vox, así que esta vez la condena se hace, como Godot, esperar.

Este mismo Gobierno nos ha hecho vivir cosas peores. El máximo responsable de la seguridad de los españoles, el ministro Marlaska, normalizó hace dos años que se pudiera agredir en el desfile del Orgullo a los miembros de otro partido, Ciudadanos. Su pecado, no haber pactado en autonomías y ayuntamientos con aquellos que Marlaska cree que debían pactar: «es ilusorio pensar que ello no va a tener consecuencias», afirmó. No contento con tal incitación, el ministro difundió luego un informe policial falso que negaba las agresiones cuyas imágenes todos habíamos visto. Ese es el país que tenemos, ese su Gobierno y ese su jefe máximo policial.

Recuerdo comentar hace unos meses estas ruindades de Marlaska con V. L., articulista de El País y politólogo reconocido. De hecho, V. L. es de las personas de izquierdas más comprensivas que conozco. Pero, ay, lo dicho, es de izquierdas:

-¿No te parece, V. L., deplorable que estas cosas las haga un ministro de Interior?

-Claro. Escribí un tuit en contra.

Traigo aquí este minidiálogo porque me gustaría dar un paso más en este artículo y avanzar, desde los ejemplos, a la reflexión. Recordemos la pregunta: ¿qué hemos de hacer a medida que se normaliza más y más la violencia contra cuantos no somos ‘progres’? Y creo que de momento ya podemos bosquejar una respuesta provisional: desde luego, la salida no está en aguardar a que nos ayude alguien que no seamos nosotros mismos. Incluso las personas más comprensivas del mundo izquierdista tranquilizarán su conciencia con un tuit. Al fin y al cabo, gobiernan los buenos, así que no vayamos a exagerar.

Hay otros dos caminos en los que no deberíamos confiar tampoco.

No deberíamos confiar en hincharnos de virtud moral. Hay muchas personas no izquierdistas que, al sufrir este «tablero inclinado» (Cayetana Álvarez de Toledo dixit) de violencia normalizada, deciden que esa es la ocasión de «distinguirse de los otros» y «demostrar que nosotros somos mejores». «Demostrar que somos mejores» suele significar aquí, básicamente no hacer nada.

Bueno, sí, quizá hay que poner un poquito los brazos en jarras, soltar un «Oy, oy, oy, qué malotes son estos izquierdistas», acudir a alguna cita de Chaves Nogales… y luego, ya sí, no hacer nada más. Al menos de cara al exterior. En su interior por supuesto que uno puede regocijarse en la beldad refulgente de su extrema bondadosidad; congratularse de que Dios le haya hecho a uno tan buena persona y tan moderadita; sentir la altura refulgente que lo distingue de los de un bando y, por qué no decirlo, también de los del otro que, todo belicosos ellos, rechazan sumergirse en esta intensa experiencia de autoadoración interior.

El lector perspicaz habrá intuido ya los motivos por los que no soy del todo partidario de este camino, así que voy a pergeñar también el otro que considero más errado. Es el camino del pacifismo. Se distingue del anterior en que no exige trabajarse dentro de uno mismo el sentimiento de superioridad moral que recién he esbozado. Pero sus consecuencias prácticas son idénticas: abstenerse de cualquier cosa que pudiera interpretarse como ataque, ofensa o daño a quienes así nos agreden o maltratan. La violencia es malota, así que no debemos usarla ni siquiera para protegernos de otra violencia o de un mal mayor: así lo afirmaron en su día Gandhi y el Niño Jesús (luego, ya de mayor, cierto es que Cristo olvidaría un tanto este propósito, como bien conocieron las azotadas espaldas de los mercaderes en el templo de Jerusalén).

Estas tesis pacifistas resultan, sin embargo, netas perdedoras en cualquier debate. Y terminaré explicando brevemente por qué.

Hay un tipo de argumentos que los filósofos denominamos «performativos». Consisten, en vez de en decirle algo a aquel con quien debatimos, en recurrir más bien a hacer algo que demuestre la validez de nuestra posición. Por ejemplo, cuando Sócrates se ponía a dialogar con cualquiera con quien se encontrara por Atenas, no solo defendía el diálogo mediante las palabras que les argüía. Ya la mera acción de pararse y hablarlas era una prueba excelente (performativa) de que apoyaba el diálogo, al ponerse a practicarlo él mismo.

Otro caso famoso de argumentación performativa es la de Samuel Johnson. Sucedió poco después de que este doctor inglés escuchase hablar del obispo Berkeley y su tesis de que todo cuanto nos rodea son sensaciones de las cosas, pero que no podemos demostrar que haya realidad material alguna tras ellas. (Algo así como una película Matrix, pero en la Irlanda del siglo XVIII). El doctor Johnson respondió entonces, mientras pegaba una patada a una piedra: «¡Yo lo refuto así!». (Sí, avispado lector, el argumento performativo de Johnson era en este caso malo: nadie le garantizaba que ese canto al que pegaba un patadón… no fuese una mera ilusión táctil también).

Pues bien, hay un argumento performativo muy eficaz contra los pacifistas, que regalo aquí a cuantos lectores quieran usufructuarlo, antes de cerrar este artículo y dar paso al debate que, como dije, pretendo con él abrir. Mi argumento práctico antipacifista es el siguiente: coja usted al pacifista, amordácele con violencia y agárrele de los brazos para hacerle incapaz de liberar su boca. Como buen pacifista, su interlocutor tendrá que abstenerse de defenderse de tal agresión, con lo cual se quedará callado el resto del debate y podrá ganarlo usted. O, en caso de que nuestro pacifista sí recurra a la violencia, se defienda con ella y logre, tras forcejeo, arrancarse nuestra mordaza, también habrá vencido usted performativamente: habrá mostrado que, a la postre, incluso el pacifista sabe que defenderse con violencia no está siempre tan mal.

Ahora bien, cómo, cuándo, con qué métodos, hasta dónde y bajo qué estandartes hemos de defendernos de la violencia normalizada a nuestro alrededor: todas esas preguntas deben quedar ahora en el aire. Con la esperanza de que, mientras lo cruzan las saetas que nos siguen lanzando, sepamos hallar muchos y juntos la decisión mejor.

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