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Ricardo Dudda

Tres conexiones americanas

«La obsesión antiamericana es una parte indisoluble de la identidad francesa, que según muchos agoreros está siempre asediada y en peligro por las fuerzas de la globalización, el inglés, Europa y la influencia corrosiva de Hollywood»

Opinión

Tres conexiones americanas
Aaron Burden Unsplash

Francia. Todo empieza o acaba en Estados Unidos. En Francia, por ejemplo, llevan meses (y años) debatiendo sobre la supuesta influencia tóxica de los valores estadounidenses en su cultura. La ideología woke (la concepción de la justicia social en EEUU, la Teoría Racial Crítica, el poscolonialismo…), critican desde el presidente Macron hasta el candidato ultraderechista Éric Zemmour, va en contra de la República. 

Lo irónico de la cuestión es que esa ideología no es una creación estadounidense sino más o menos francesa. Hay un viaje de ida y vuelta. Los teóricos franceses (Derrida, Deleuze, Lyotard, Baudillard…) llevaron a las universidades estadounidenses sus ideas, que se adaptaron al contexto estadounidense y a su cultura; o, más bien, los estadounidenses entendieron lo que quisieron entender. Como explica François Cusset, la french theory, lo que vulgarmente podría denominarse posmodernismo y lo que hoy llamamos ideología woke (lo único que realmente distingue el debate de hoy del que transcurrió en los ochenta y noventa es la existencia de las redes sociales) surgió del encuentro entre «una reciente máquina marxista británica y un paraguas teórico francés en el ámbito de la sociedad del ocio estadounidense». 

La obsesión antiamericana es una parte indisoluble de la identidad francesa, que según muchos agoreros está siempre asediada y en peligro por las fuerzas de la globalización, el inglés, Europa y la influencia corrosiva de Hollywood. 

Unión Soviética. En El siglo soviético, que acaba de publicar Galaxia Gutenberg, el historiador alemán Karl Schlögel dedica decenas de páginas al sovietski amerikanism, la fascinación soviética con EEUU. Para los bolcheviques en los años veinte y treinta, el país representaba el progreso, los valores antiburgueses y antiaristocráticos y el avance tecnológico. Para diseñar sus grandes proyectos de infraestructuras, los ingenieros soviéticos viajaron a Detroit, a Pittsburgh, a San Luis. El arquitecto Albert Kahn, que diseñó las fábricas de Detroit, también diseñó decenas en la URSS. Stalin llegó incluso a decir que existía una unión entre «el pragmatismo americano y la pasión bolchevique». Para Schlögel, esta fascinación con EEUU se basaba «en el convencimiento de que, en principio, todos los problemas técnicos pueden subsanarse, y de que la tecnología también es un instrumento para solucionar conflictos sociales». 

Alemania nazi. La conexión estadounidense con la Alemania nazi es más siniestra. El país que construyó su identidad de posguerra en base a su victoria contra el nazismo sirvió de inspiración para los racistas alemanes de principios del siglo XX e incluso para Hitler, como explica Timothy Snyder en Tierra negra (2011). «A finales del siglo XIX los alemanes tendían a ver el destino de los indígenas americanos como un precedente natural del destino de los indígenas africanos bajo su control [en sus colonias en África Oriental Alemana, lo que hoy es Ruanda, Burundi, Tanzania y parte de Mozambique]». Décadas después, Hitler aplicó esa visión supremacista y colonial a los eslavos y a los judíos de Europa oriental. 

A pesar de que, como ha señalado el historiador Brendan Simms, lo que realmente movía a Hitler eran el antiamericanismo y el anticapitalismo, el dictador admiraba la visión colonial estadounidense y de ella extrajo su idea del lebensraum o espacio vital.  «Hitler comprimía toda la historia imperial y un racismo total en una formulación muy breve: ‘Nuestro Misisipí debe ser el Volga». Es decir: los alemanes debían expulsar a los eslavos y a los judíos más allá del Volga como habían hecho los estadounidenses con los negros más allá del Misisipí. La siniestra línea que va de Thomas Jefferson a Hitler. 

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