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Diego S. Garrocho

Emancipación digital

«La proliferación de ídolos virtuales y revoluciones digitales está generando una colección de víctimas a las que les hemos ido usurpando, incluso, la capacidad de rebelarse»

Opinión

Emancipación digital
Unplash

La víctima más vulnerable es, siempre, la que no tiene conciencia de serlo. El otro día reconocí a cinco chavales, exactamente, en esta circunstancia. Tendrían entre quince y dieciséis años, esa edad envidiable en la que uno sólo sueña con enamorarse y con hacerse daño. Los cinco, tres chicos y dos chicas, estaban en silencio, sentados sobre el saliente de un muro, con un gesto absolutamente inerte mientras sus miradas atendían absortas a las pantallas del móvil.

No hay nada insólito en esta imagen que, por lo demás, habría de resultar perfecta. El muro era el de una iglesia del siglo XVII de un pueblo de Toledo, signo de un viejo orden al que, sin duda, estos chavales hoy ni siquiera pertenecen. La España rural, una vieja construcción y una religión menguante son la antítesis de todo cuanto estos chicos consideran atractivo.

No los culpo, pues durante mucho tiempo les hemos provisto de instrumentos aparentemente emancipadores de lo que consideramos una forma de dominación ilegítima. Tuvo algo de verdad, pero no es toda la verdad. Me pregunto, en cambio, qué herramientas o qué recursos les brindamos cada día para poder confrontar esa nueva forma de servidumbre a la que hemos decidido someterlos.

Aquella estampa evidencia otra cosa. Frente a la materialidad robusta de un antiguo régimen, la nueva dominación digital se antoja poco menos que invisible. Una noche de sábado, cuando se es joven, es algo sagrado. Pero ahí estaban, silentes, tristes y absortos, los cinco adolescentes. La tecnología habrá de bridarles no pocas oportunidades, pero me pregunto si el precio a pagar no empieza a ser demasiado alto.

Ese mundo es, sin duda, el mismo en el que ahora se leen estas líneas y esa adicción atencional, pensarán algunos, es exactamente la misma en la que vivimos ahora todos. También los adultos. Con una diferencia: esos chicos son nativos digitales y no tienen un mejor mundo que echar de menos. Nuestros jóvenes han aprendido a socializar, a amar, a temerse y a excitarse a través de un instrumento frente al cual nunca podrán hacerse soberanos. Piensen cómo sería su vida sexual si hubieran consumido pornografía desde los diez años. Nunca les dimos la oportunidad de hacer otra cosa.

Dentro de la falaz homilía turbomoralista en la que hemos convertido el mundo nadie custodia o protege nuestro régimen de atención. La proliferación de ídolos virtuales y revoluciones digitales está generando una colección de víctimas a las que les hemos ido usurpando, incluso, la capacidad de rebelarse. Mientras les tengamos entretenidos en el mundo que no existe podremos seguir atracándoles en el mundo que sí existe.

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