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Victoria Carvajal

Ómicron y el dilema del crecimiento y la inflación

«La idea de que la subida de los precios era solo temporal se ha ido desvaneciendo ante la tozudez de los datos»

Opinión

Ómicron y el dilema del crecimiento y la inflación
STR|NurPhoto

Esta semana Jerome Powell admitía que la inflación ha dejado de ser transitoria. El presidente de la Reserva Federal abandonaba así la esperanza a la que se han agarrado las autoridades monetarias y los gobiernos de Estados Unidos y Europa en los últimos meses para evitar tener que dar marcha atrás en sus políticas de estímulo. La idea de que la subida de los precios era solo temporal se ha ido desvaneciendo ante la tozudez de los datos: la inflación se sitúa hoy en las tasas más elevadas de las últimas tres décadas. El miedo a que la respuesta para frenar esta escalada sea una subida de los tipos de interés, cuando aún no se han recuperado los niveles de crecimiento previos a la pandemia, atenaza por igual a los agentes económicos y los Estados soberanos. Ambos se han beneficiado de una financiación insólitamente barata para capear la crisis. Pero el fuerte rebote de la demanda y la debilidad de la oferta han convertido a la inflación en algo más persistente. Para complicar más las cosas aparece ómicron, esa nueva variante del maldito virus más contagiosa y aún no se sabe cómo de letal o resistente a las vacunas. Como si la recuperación no se enfrentara ya a suficientes incertidumbres.

El encarecimiento de los precios de la energía puede que sea transitorio, aunque la interferencia de la geopolítica (véase Rusia o Bielorrusia y lo vendida que está Europa por su dependencia en la importación de gas de socios poco fiables) no hay que subestimarla… Pero luego está el capítulo de las materias primas y especialmente de los minerales que demandan las industrias artífices del cambio hacia la economía verde (desde la automoción a las energías renovables). Todas ellas y sus respectivos países firmantes del acuerdo comparten un objetivo común: año 2050 y cero emisiones. Es un efecto que ya tiene un nombre: Greenflation.

Y luego están los famosos cuellos de botella que se concretan en la subida por diez de los contenedores que antes venían de la región de Asia Pacífico. Las bondades de las cadenas de producción diseminadas por el mundo para reducir costes y que contribuían al desarrollo de terceros países, véase la globalización, en tiempos de pandemia se han convertido en un obstáculo para la recuperación en casa. Porque no hay manera de contentar la demanda que ha despertado tras año y medio de letargo inducido por el parón provocado por la pandemia. Y de remate: la deficitaria gestión de los fondos de recuperación en los países receptores y su desaprovechado impacto en el crecimiento. Y en el retraso de su ejecución España es hoy campeona: solo se han asignado el 36% de los 26.200 millones de euros presupuestados para 2021.

¿Y ómicron? ¿Cómo afectará a las políticas expansivas de los bancos centrales? Ya sea el confinamiento total de Austria o las nuevas restricciones de Alemania o Bélgica o las dificultades para viajar que ya han tomado un abultado número de países, desde Israel a Japón, para frenar la expansión del virus en estas fechas navideñas tan propicias para que el bicho campe a sus anchas, es casi inevitable que se produzca un nuevo choque de la demanda. Ómicron nos ha puesto otra vez a todos en alerta. Miedo a viajar, decisiones de consumo aplazadas… De momento el precio del barril de petróleo ha caído 10 dólares hasta 70 dólares el barril, el precio más bajo desde agosto, y el valor de la líneas aéreas en Bolsa se ha desplomado. Dos sectores cuya depreciación anticipa un descenso del consumo con su correspondiente impacto negativo en el crecimiento. ¿De nuevo se pospone la recuperación?

Como resultado, puede que la inflación ceda y con ella las presiones sobre las autoridades monetarias para subir los tipos de interés. Pero el dilema solo se agudiza: mantener los estímulos para fomentar el crecimiento que se debilita o dar marcha atrás para contener la hoy persistente inflación. ¿Cómo hacer para lograr ambos? Porque las cosas se pueden incluso poner más feas: que un escaso crecimiento (aún hay un camino por recorrer hasta recuperar la riqueza nacional previa a la pandemia y España es la más rezagada en esta estadística pues aún está ocho puntos por debajo del crecimiento prepandemia) conviva con una tozuda inflación: desde el 6,2% que subieron los precios en EEUU en octubre al 5,6% en España o el 5,2% en Alemania (5,3% de media en el mundo). Porque si la actividad en Asia Pacífico, la fábrica mundial de componentes y materiales, decae también por las dificultades de contener el contagio de la variante Ómicron, los cuellos de botella solo se intensificarán, prolongando las tensiones sobre los precios de materiales y componentes y retrasando aún más la deseada recuperación. Es un escenario posible.

Maldita sea, ¡qué poco ha durado la euforia del triunfo de la ciencia sobre el bicho! Pero por otro lado, habrá que aprender. Tomárselo como un necesario ejercicio de humildad. La OMS ha declarado la variante Ómicron de alto riego. Pfizer o Moderna necesitan al menos 100 días para conseguir que sus vacunas sean eficaces contra la nueva cepa. Es una nueva llamada de atención al mundo occidental: o salimos de esta todos juntos y vacunados o no salimos. Podemos tener el 70% de nuestras poblaciones inmunizado, pero eso no nos libra de que las mutaciones que ocurren el resto del mundo, con un tasa de vacunación que oscila entre el 3% y el 28% en los países en desarrollo, sigan desafiando nuestra protección.

¿Globalización? En esto también y sobre todo. Es inútil destinar ingentes recursos para el desarrollo de la vacuna, gastar 15 billones de dólares para contener el destrozo social y económico de la crisis y aprobar otros cerca de 5 billones en estímulos si no pensamos globalmente. Y ahí está ómicron para recordárnoslo. No hay manera de vencer al virus si no pensamos en una salida compartida a la crisis. Las economías más desarrolladas del G20 acaparan el 90% de las vacunas administradas en el mundo y el 71% de los pedidos están destinados para serles entregados. Además de que el dato sea una indecencia demuestra también una tremenda torpeza por parte de los países más ricos.

Son 5.254.364 los fallecidos por coronavirus en el mundo a fecha del 3 de diciembre a las 17.27 horas de la mañana . Según los cálculos de la revista The Economist, esa cifra se ha de multiplicar por alrededor de tres si se compara con las estadísticas de muertes en años anteriores a la pandemia. ¿Cerca de 17 millones de personas? El dato es demoledor. De ahí la importancia de impulsar la cooperación internacional a través del programa de vacunación Covax puesto en marcha por Naciones Unidas y la OMS. Si la anterior crisis financiera sirvió para que los movimientos nacional populistas ganaran terreno en las democracias liberales con un discurso soberanista y deslegitimador del orden multilateral, la crisis del coronavirus puede y debe servir para reivindicarlo.

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