THE OBJECTIVE
José García Domínguez

No me creo esa encuesta de ‘El País’

«El votante de Vox se parece muy poco al de Le Pen o Salvini. En absoluto se significa por carecer de estudios reglados, ni por la renta baja. Son derecha sociológica clásica»

Opinión
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No me creo esa encuesta de ‘El País’

Un grupo de personas escucha un discurso de Santiago Abascal. | Alberto Sibaja (Europa Press)

No, no me la creo. Yo vivo durante la mayor parte del año en un pequeño pueblo costero de Galicia donde solo hay una oficina bancaria, así que muchas veces me suele resultar complicado conseguir dinero cuando me hace falta y no lo llevo encima. Por lo demás, casi nunca llevo dinero encima. Y ello porque la letra pequeña de una hipoteca que firmé en su día me obliga a abonar el importe de la práctica totalidad de mi consumo personal con la tarjeta de débito del banco donde la suscribí. De ahí que con el tiempo me haya convertido en un genuino experto en microsociología de pequeños pagos cotidianos vía terminales electrónicas. Algo, esa constante experimentación empírica, que me ha llevado a constatar que no hay pequeña tienda, kiosco o bar familiar en España donde los mayores de sesenta y cinco años, en especial si se trata de mujeres, acierten a manejarse con soltura con el datáfono.

Y con esos mayores de sesenta y cinco tan refractarios al empleo de cualquier dispositivo relacionado con las nuevas tecnologías de la información, ocurre algo que posee cierto interés desde el punto de vista de las encuestas políticas, a saber: entre toda la población española, integran el grupo que de modo invariable decide el resultado final de las elecciones. Por eso no me creo los resultados del último sondeo que acaba de airear El País el domingo pasado, ni los de ese de El País ni los de ningún otro cuya muestra haya sido seleccionada y escrutada a través de internet (aunque estaría dispuesto a borrar la frase anterior y hasta al título de este artículo si en las tripas del sondeo se nos revelara algún eficaz mecanismo corrector de sesgo tan clamoroso).

En España, y ahora mismo, uno de cada cuatro electores tiene 65 años o más. Así las cosas de la pirámide demográfica, ¿cómo poder tomar en serio cualquier encuesta en la que se sabe a ciencia cierta que el 25% de los votantes potenciales saldrá manifiestamente infrarrepresentado en la muestra? Pero tampoco me creo los resultados de esa encuesta porque, en caso de creerlos, me vería obligado a admitir que en España ocurre lo mismo que en los demás países de nuestro entorno. Y en España no ocurre lo mismo que en los demás países de nuestro entorno. No ocurre en absoluto. Razón por la que resulta inverosímil que pueda suceder, tal como sentencia ese estudio, que la expectativa de voto de PP y Vox esté subiendo al mismo tiempo y tanto, lo que vendría a certificar que no existe un juego vasos comunicantes y suma cero entre los respectivos caladeros donde pescan el principal partido de la derecha y su escisión por la misma derecha. He ahí lo tan difícil de aceptar.

Porque eso pasa a veces en Francia, también en Italia e incluso en Alemania y los nórdicos. Pero aquí, en España, no. De hecho, España constituye la gran excepción europea a la norma que patentó Piketty y que se suele asociar al concepto de izquierda brahmánica, también creación suya. En casi todos los rincones de Occidente, Estados Unidos incluído, está ocurriendo, tal como ha teorizado el autor de Capital e ideología, que las viejas siglas de la izquierda tradicional han dejado de asociarse a la idea de partidos de clase para devenir en representantes de los grupos con formación académica universitaria, los de valores y estilos de vida más tolerantes y postmaterialistas. Por sintetizar, los ricos siguen votando a la derecha de siempre, tal como siempre habían hecho, pero los instruidos han migrado poco a poco desde ese mismo campo hacia las formaciones que se dicen progresistas.

Algo que, y en todas partes, está dejando vía libre para que los no sólo pobres, sino que también poco favorecidos en el plano académico, integren el grueso de los soportes en las urnas de la extrema derecha, derecha alternativa o nueva derecha, llámele el lector como más le plazca. Pero, como ya se ha dicho, eso aquí no pasa. Porque el votante de Vox se parece muy poco al de Le Pen o Salvini. Así, el elector promedio de Vox en absoluto se significa por carecer de estudios reglados, ni tampoco por pertenecer a los estratos de renta baja sino por todo lo contrario. Son derecha sociológica clásica, única y exclusivamente derecha sociológica clásica. Quizá algún día resulte todo distinto, pero ese día, desde luego, no ha llegado aún. Lo dicho, que no me la creo.

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