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Victoria Carvajal

La variante de la estupidez

«La vacunación al resto del mundo ayudará a disolver la gran incertidumbre que suponen las nuevas mutaciones, pero la convivencia con el virus ha venido para quedarse»

Opinión
La variante de la estupidez

Issei Kato|Reuters

Lleva siglos circulando, pero parece extenderse con especial ensañamiento en los últimos tiempos. Allá donde una mire, la estupidez entorpece la toma de las decisiones sensatas. El último episodio, el despliegue de fuerza militar por parte de Vladimir Putin en la frontera con Ucrania. Las condiciones imposibles de aceptar para la alianza occidental, la retirada de la OTAN de los países que formaban parte del Pacto de Varsovia, hace inevitable un choque de fuerzas de consecuencias imprevisibles. Y mientras todo el foco mediático se concentra en este conflicto, el coronavirus sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Y solo un plan universal de vacunación y un esfuerzo de inversión en la mejora de la ventilación de los locales públicos hará que se haga pequeñito.

Su variante ómicron ha venido a recordar al mundo desarrollado que de poco sirve inmunizar a sus poblaciones si un elevado porcentaje del mundo sigue sin estar vacunado. El virus seguirá campando a sus anchas y mutando para asegurar su propagación. De ahí la estupidez de quienes nos gobiernan. El nacionalismo de las vacunas tiene un corto recorrido por mucho que nuestros dirigentes quieran vendérnoslo como un éxito de su gestión. La ilusión de la protección choca una y otra vez con las nuevas variantes. La vacunación o es mundial o no será. Y esa será la única manera de acabar con la pandemia.

Cierto es que gracias a la inmunización, el impacto en los países ricos de la variante ómicron, capaz de traspasar la barrera de las vacunas, está siendo más leve en la salud de sus poblaciones y menos disruptivo sobre la actividad económica. Aun así sigue presionando los sistema de salud pública y dificultando la deseada recuperación. Pero ¿y en el resto del planeta?

Más de 4.690 millones de personas en el mundo ha recibido al menos una dosis (el 61,1% de la población mundial). Las vacunas siguen siendo un bien escaso en muchas partes del mundo mientras en los países desarrollados como Israel ya se empieza a administrar la cuarta dosis. Es una cara más de la desigualdad entre los países ricos y pobres. Y la falta de vacunación ahondará aún más en la brecha de las rentas y como consecuencia en el malestar social y la presión migratoria. Mientras que en 2022 el PIB de la mayoría de países ricos volverá a los niveles previos a la pandemia, con penosas excepciones como la de España, en los países emergentes y en desarrollo, con un endeudamiento creciente y sin margen fiscal para estimular sus economías, tardarán varios años más.

En África, la media de los totalmente vacunados no llega al 5%. La diferencia con el 80% de media de inmunizados en el mundo desarrollado es sangrante. Siquiera por motivos egoístas, vistos los efectos perturbadores de las nuevas variantes sobre las economías. La campaña costaría 50.000 millones de dólares, según estimaciones de la OCDE. Comparados con los 800.000 millones de estímulo acordados por la UE y los casi 4 billones de EEUU, el montante parece más que asumible.

Desde las organizaciones multilaterales, como la OMS o el Fondo Monetario Internacional se ha insistido en la necesidad de extender la vacunación a todo el mundo. Y no sólo por las obvias razones humanitarias. Kristalina Georgieva, la directora general del FMI, cifraba hace poco en 5,3 billones de dólares las pérdidas de la economía mundial en de los próximos cinco años si no se logra vacunar a los países en desarrollo. Georgieva también ha relacionado la vacunación con otra cuestión que trae de cabeza a los bancos centrales y Gobiernos: la inflación. La vacunación universal ayudaría a que la escalada de los precios sea temporal y no se convierta en estructural. Aliviaría los cuellos de botella de la cadena de suministro que la pandemia ha provocado en los países emergentes y en desarrollo, fabricantes de componentes y materiales que hoy escasean y que han presionado al alza los precios.

La vacunación al resto del mundo ayudará a disolver la gran incertidumbre que suponen las nuevas mutaciones, pero la convivencia con el virus ha venido para quedarse. Y en el frente de aprender a vivir con él, los países más ricos podrían asumir también otro liderazgo. Cuando Londres agonizaba con la pandemia de cólera en el siglo XIX, la solución no vino de mano de la vacuna, si no de construir un sistema de alcantarillado. El coronavirus, con 344 millones de casos activos y se ha cobrado la vida de 5,6 millones de personas a fecha del 21 de enero, es un patógeno que se contagia por el aire, ¿por qué no invertir en ventilación para limpiar el aire en las escuelas y otros locales públicos y demás edificios? Si han viajado en avión y escuchado las explicaciones del comandante sobre la calidad del aire en cabina, sabrán de lo que hablo.

No solo frenaría la propagación del coronavirus, sino que las enfermedades de transmisión por aire, como la gripe o un vulgar constipado, caerían también en picado. ¿Se imaginan el ahorro a la sanidad pública? La propuesta, apoyada por un numeroso grupo de científicos en el último año y tras constatarse que el coronavirus se contagia más por el aire y menos por la superficie como se creía al principio, podría ser recogida en los planes de inversión para la reconstrucción aprobados por la Unión Europea y Estados Unidos y asumida por las organizaciones multilaterales que dirigen programas de inversión en los países en desarrollo. Una parte importante va a ser destinada a la lucha contra el cambio climático. ¿Por qué no en la lucha contra patógenos como la Covid-19 o la gripe común?

Circulaban muchas teorías sobre cómo iba a cambiar el mundo para mejor a raíz de la pandemia. Íbamos a ser más cuidadosos con el medio ambiente, habíamos descubierto la delicia de las calles sin coches, la bonita colaboración ciudadana y vecinal había llegado para quedarse… Dos años después, poco queda de esas buenas intenciones. ¿Será el propio interés el que acabe promoviendo la deseable colaboración internacional en la vacunación y un gran esfuerzo inversor que cambie el aire que respiramos? La resistencia del virus nos apunta en esa dirección. ¿Quién sabe si la estupidez se seguirá interponiendo en el camino?

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