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Teodoro León Gross

La Alianza de Sánchez (Freaks)

«Mientras Borrell se granjeaba el respeto de Europa, el socio prioritario de Sánchez hacía chistes en el Congreso en pleno baño de sangre y fuego contra Ucrania»

Opinión
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La Alianza de Sánchez (Freaks)

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián. | EFE

Bildu se ha opuesto en el Congreso a enviar «armas letales» a Ucrania, declarándose preocupados ante la posibilidad de que esto fomente una mayor «tensión». Tal cual, Bildu hablando de oponerse a las armas y de preocupación por tensar el ambiente. Claro que no es precisamente nuevo que a Bildu le genere tensión que los asesinados pretendan defenderse, generando así tensión a sus asesinos. En fin, tal vez ese instante caricaturizó, como ningún otro, las imposturas de los socios del Gobierno sobre la invasión de Putin.

Rufián en su turno: «Mírense lo de Borrell; está a punto de prohibir la ensaladilla rusa en Bruselas». Mientras Borrell se granjeaba el respeto de Europa, el socio prioritario de Sánchez hacía chistes en el Congreso en pleno baño de sangre y fuego contra Ucrania. Los otros ‘indepes’ se sumaban seguramente escocidos por la ironía de Borrell sobre el valor de Zelenski en contraste con el presidente huido en el maletero del coche. Claro que Borrell se refería a Víktor Yanukóvich tras las protestas del Maidán, pero, ay, le encajaba a medida a Puigdemont, por cierto también conectado con Putin. Para Sánchez, que siempre ha aspirado a ser admitido en los altos círculos internacionales, ver en la tribuna a sus compañeros de viaje, después de pronunciar él su mejor discurso como presidente, debió de resultarle estomagante. La caravana del sanchismo de pronto parecía una secuela de la película Freaks.

Sánchez ha dado marcha atrás quizá forzado por Europa, quizá por la OTAN o quizá simplemente por la realidad. A pocas semanas de ejercer de anfitrión de la Cumbre de la Alianza, empezaba a ser ridículo que España se quedara en el club de los países marginales. Incluso Alemania y Noruega aportaban armas, pero España aquí limitaba su contribución a un Fondo para la Paz, el último eufemismo flower power de la factoría Moncloa. Más que un papel desairado, resultaba chusco quedar junto a Albania, Macedonia y Bulgaria –gran trío para hacer un póker de ases– además de Islandia, un país sin ejército, y la Hungría de Orbán, aliada de Putin. Las concesiones podemitas ponían a Sánchez en el discurso intelectual y moral  de un tertuliano de La Tuerka. El presidente, al que no le falta olfato político, comprendió que urgía salir de ahí porque España se había puesto de perfil y había quedado retratada anteponiendo sus tacticismos domésticos a la tragedia en Ucrania.

El problema de Sánchez no es la Alianza Atlántica, sino su propia alianza gubernamental, que Rubalcaba bautizó como Gobierno Frankenstein remitiéndose al monstruo mal cosido. Ahí están sus socios de Podemos, con Echenique sosteniendo «no a la guerra sin matices», o sea, sin el matiz molesto de una potencia nuclear arrasando un Estado soberano, o Belarra, razonando que ayudar a Ucrania es «contribuir a la escalada bélica», en vez de dejarlos ser pacíficamente sepultados por Rusia, ambos en coherencia con su padre espiritual que lleva días en el púlpito cuestionando las armas, por más que el mismo Pablo Iglesias haya defendido exactamente lo contrario en Venezuela sin ir más lejos. Eso sí, a Iglesias no se le puede reprochar que sea incoherente: siempre va a favor del tirano liberticida, siempre. Y también están ahí Esquerra o  Bildu, los socios preferentes con un desapego impecablemente coherente por la legalidad internacional tal como tienen por la legalidad nacional… Con esos mimbres, y otros como los nacionalistas gallegos o el señor de Teruel Existe y a ratos Revilla, no es fácil construirse el perfil de gran estadista al que aspira Sánchez para que el presidente americano lo incluya en sus rondas de contactos y lo distinga con reuniones bilaterales, o al menos paseos juntos de más de treinta segundos. El propio PSOE ha cometido errores, pero esas alianzas, más allá de que sentar comunistas en el Gobierno sea en Europa incluso más inusual que nacionalpopulistas de extrema derecha, generan desconfianza.

Los aliados definen a un dirigente. Es significativo que los únicos avales que ha tenido Putin en Naciones Unidas provengan de cuatro dictadores: Kim Jon-Un de Corea del Norte, Al Asad en Siria, el bielorruso Lukashenko e Isaías Afewerki de Eritera. Incluso Maduro prefirió ausentarse; y ya debe ser muy insostenible una causa para que abochorne incluso a Maduro. En la abstención hubo algunos países poco dados a los derechos humanos como China, Cuba, Irak o Irán, pero ciento cuarenta naciones condenaron la agresión rusa a Ucrania. Los apoyos definen una causa. Claro que este es un axioma que debe de resultarle incómodo a Sánchez: el valor de una causa se define por sus apoyos. El sanchismo tiene los que tiene.

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