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Jorge San Miguel

Los asesores

«Curiosamente, las opiniones del asesor suelen ir en la dirección favorita del que le paga, o del que espera que le pague»

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Los asesores

El exdirector del Gabinete de Presidencia del Gobierno Iván Redondo. | Europa Press

Los asesores políticos a veces aconsejamos pedir perdón, pero casi nunca lo pedimos nosotros mismos. Cuando trabajaba en las Cortes, mi querido Nacho Prendes se me quejaba día sí, día no, de que los «comunicadores» habíamos pervertido el ejercicio de la política. Tenía razón y no la tenía: porque habría que dilucidar si en esto la función creó el órgano o al revés; si vino antes el huevo del infotainment o la gallina de este colectivo de jetas profesionales que conformamos el gremio. Pero el caso es que hace seis o siete años que la figura del asesor es parte del menú en las mesas de tertulia; que los asesores opinan sobre lo que toque; y que, curiosamente, las opiniones del asesor suelen ir en la dirección favorita del que le paga, o del que espera que le pague. Casi hasta el punto de que, no seamos mal pensados, se podría llegar a sospechar que su verdadera función es esa, y no la asesoría de ningún género.

El otro día, en una entrevista en esta casa, Ignacio Varela, que es de los que saben, decía que «en este oficio el que se hace famoso es que está haciendo mal su trabajo». Pero lo diga Varela o su porquero, que bien podría ser yo, hace tiempo que en este mercado el producto que se trafica es más el consultor que su consejo o, líbrenos Dios, el trabajo de cada día. Nos hemos «comodificado», que diría un PhD; con la salvedad de que no se trata de una degradación sino, muy al contrario, el acceso a un estatus desahogado en la esfera pública y en la estructura de rentas del país. O eso se pretende.

Es verdad que la evolución de la política a partir de los «grandes consensos», esos que ahora hacen agua, nos ha facilitado la labor de carcoma; y aquí creo estar en desacuerdo, siquiera parcial, con Varela. Como el espacio de la política en sentido profundo, «cargado», era cada vez más pequeño; como el negocio al final se reducía a la gestión comunicativa de situaciones de las que debía ocuparse un banco central, una organización supranacional, un -yo qué sé- laboratorio farmacéutico, pues al final los comunicadores han, hemos tenido un papel preponderante, y a buen seguro funesto. Y hemos formado parte desde luego del repulsivo giro lingüístico de la política, a izquierda y derecha.

No por casualidad cuando Podemos se presenta en sociedad en 2014, lo hace hablando de Laclau. Para hablar de Laclau -o de Lakoff- no hace falta ni sumar ni restar. No hay que tener una opinión sobre la deuda pública o las pensiones; ni siquiera sobre el aborto, como famosamente dijo Carolina Bescansa por aquellas fechas. Ojo, que no es que no las tuvieran; casi todas equivocadas. Es que, por definición, no hacía falta tenerlas. Y eso facilita bastante la maniobra. Luego viene la segunda parte: cuando te emborrachas de tu propia mercancía y te crees que la realidad se configura a base de «marcos»; y que a la gente en último término no le importa pagar cinco veces más por la factura de la luz, o perder anualmente una décima parte de sus ahorros, o que la atraquen en la puerta de su casa, siempre que los «temas» se presenten bajo los marcos comunicativos correctos, como si el trilero moviera los cubiletes. También da mucho gustito pensar que eres una especie de demiurgo, cuando no llegas ni a eso: trilero. Toda la mitología del ajedrez, del lenguaje bélico, de los mapas de situación,  tiene mucho que ver con esta fantasía.

Bueno, pues a lo que iba. Que no solemos pedir perdón; pero igual deberíamos. Que nuestra responsabilidad tenemos. «Los asesores» suena a peli de Pajares y Esteso o, como mucho, a comedia italiana con Tognazzi o Sordi. Carlos Hidalgo siempre dice que este negocio se parece más a Mortadelo y Filemón que a James Bond, y no le falta razón. Pero en la feria de vanidades en que se ha convertido la política y, lo que es casi peor, la fontanería, nos hemos convencido de que somos las estrellas del circo de tres pistas. Me parece un mal negocio, desde luego para sociedad; y a la larga también para el gremio.

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