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Álvaro Nieto

Periodismo colaboracionista

Los periodistas tenemos la responsabilidad de contarle a los ciudadanos la verdad sobre nuestros políticos. De lo contrario, haremos un flaco favor a nuestro país

Opinión
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Periodismo colaboracionista

Irene Montero y Pablo Iglesias.|EFE

La periodista Lucía Méndez publicó el sábado en El Mundo un insólito artículo de opinión. Bajo el título Examen de conciencia, Méndez hacía un valiente ejercicio de autocrítica sobre la figura de Pablo Iglesias, exvicepresidente del Gobierno y exlíder de Podemos.

El artículo merece ser leído en su totalidad, pero les adelanto algunas frases clave: «Yo traté y respeté a Pablo Iglesias. Incluso apoyé su brillante y necesario discurso contra las inmoralidades del sistema capitalista […] y discrepé de los dirigentes del PP y el PSOE que le consideraban un político tóxico. Poco a poco, fui descubriendo que la equivocada era yo. Si el arrepentimiento sirviera de algo, pediría disculpas. […] Muchos periodistas se autocensuran y no hablan de Pablo Iglesias. No quieren que les ponga a parir. Yo misma me he autocensurado. Hasta hoy».

Esa columna de Méndez es muy importante. No solo por el hecho poco habitual de que un periodista de cierto nivel admita en público un error, sino porque pone de manifiesto algunos de los grandes males del periodismo que se ejerce en nuestro país, y que acaban teniendo consecuencias en la calidad de la democracia. No en vano, hay observadores extranjeros que, tras pasar unas cuantas semanas en España, no dudan en señalar a los medios de comunicación como el principal problema del país, antes incluso que los propios políticos.

El artículo ha tenido una gran repercusión, hasta el punto de que algunos de los periodistas que más contribuyeron a elevar a Iglesias a los altares, que le pusieron la alfombra roja cuando no era prácticamente nadie, ahora han aplaudido a Méndez como si aquí no hubiera pasado nada. De repente, todos han hecho leña del árbol caído, olvidando sus flirteos con el amado líder.

Pero, en realidad, Iglesias nunca ha engañado a nadie, siempre ha sido el mismo: un político tóxico, movido por el odio y el resentimiento, jefe autoritario y muy dado a la purga, ejemplo paradigmático de la hipocresía más absoluta y guiado en exclusiva por su interés personal. Un caradura sin escrúpulos, un mentiroso compulsivo y, para colmo, un vago redomado.

Algunos lo calaron rápido, y avisaron del problema. Sin embargo, Iglesias gozó desde sus inicios del apoyo de importantes medios de comunicación y de la simpatía de numerosos periodistas. Y la pregunta que cabría hacerse es si lo hicieron por pura ingenuidad, al no darse cuenta de lo que tenían enfrente y quedar embaucados por su oratoria, o si directamente prefirieron bailarle el agua.

Sea cual sea la respuesta, todos esos periodistas colaboracionistas hicieron un flaco favor a su país, porque acabaron engordando el podemismo, hasta el punto de que llegó a ser votado por cinco millones de españoles, por supuesto peor informados que aquellos.

Aplaudir al poderoso

Doy fe de que entre el periodismo patrio hay mucho ingenuo suelto (aún recuerdo aquellas tertulias donde ciertos compañeros me reprochaban con indignación que cómo se me ocurría pensar que Sánchez iba a indultar algún día a los líderes independentistas), pero también creo que, como dice Méndez en su artículo, hay demasiada autocensura y poca valentía. En la prensa española falta gente que diga la verdad, que opine en público lo mismo que dice en privado y que esté dispuesta a informar a los ciudadanos aún a riesgo de enemistarse con los políticos de turno. Por eso es frecuente que al líder que tiene el viento de cola normalmente se le aplauda. Y, como en el caso de Iglesias, no es hasta que ha caído en desgracia cuando se abre la veda para transmitirle a la población su verdadero rostro.

En la prensa española falta gente que diga la verdad, que opine en público lo mismo que dice en privado y que esté dispuesta a informar a los ciudadanos aún a riesgo de enemistarse con los políticos de turno

Llevo 25 años ejerciendo el periodismo en España y he visto todo eso demasiadas veces: reírle las gracias al poderoso o al que está de moda… y sólo comenzar a despellejarle cuando ya está muerto, sea por haber perdido el favor de los votantes o por haber sido descubierto con las manos en la masa. Y aquí podría poner multitud de ejemplos, desde Jordi Pujol hasta José Luis Ábalos.

Como es obvio, cada periodista es libre de actuar como considere, pero a la democracia española le iría mucho mejor si los medios de comunicación informasen con un poco más de sentido crítico sobre sus políticos. Si todos hubiéramos hecho nuestro trabajo a tiempo, seguramente Iglesias jamás hubiese llegado al Gobierno.

Y me temo que con Pedro Sánchez va a pasar exactamente lo mismo. Algunos lo vieron venir, como aquel premonitorio editorial de El País publicado ¡en 2016! Otros no lo vimos con claridad hasta que comenzó a gobernar. Y luego están un buen número de colegas que todavía no se han caído del guindo a pesar de todo lo que ha llovido… pero que lo harán, por supuesto, una vez que haya perdido las próximas elecciones.

Con el nuevo líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, ocurre algo parecido. Salvando las distancias, pues todavía está a años luz de Iglesias o Sánchez, lo cierto es que ahora mismo goza de su particular luna de miel con la prensa. Como casi todo el mundo da por hecho que ganará las próximas elecciones, se le perdonan los pecados y se omite lo que es un secreto a voces: que buena parte del PP desconfía de su figura por considerarlo demasiado melifluo para lo que España necesita. Si algún día llega a perder los comicios, no se preocupen ustedes, que ya saldrá alguien a decirnos que no era el hombre adecuado.

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