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Javier Benegas

En el país de 'Nunca Máis'

«Desde 2002, la opinión pública española se ha visto forzada a cabalgar una sucesión inacabable de pánicos morales»

Opinión
En el país de 'Nunca Máis'

Europa Press

A principios del milenio la izquierda española parecía encontrarse en un callejón sin salida. Sus tradicionales reivindicaciones habían perdido vigencia y estaba inerme ante el cambio de expectativas de una pujante clase media. Como la propia derecha se había encargado de sintetizar en un eslogan, España iba bien. Tan bien que fuera de nuestras fronteras se hablaba del «milagro español». Por fin el recalcitrante fatalismo patrio parecía perder pie frente a un futuro mucho más prometedor. Una muy mala noticia para quienes se atribuían la exclusiva de los gobiernos de progreso.

Hasta bien entrada la década de 1990, la idea de que la democracia española sólo podría legitimarse si gobernaba la izquierda, había derivado en el dominio casi absoluto del Partido Socialista a través del felipismo. Pero esto cambió en 1996 con la victoria del renovado Partido Popular de José María Aznar. Aún entonces la derrota fue percibida por la izquierda como un salto de guion, un lapsus del sistema que se subsanaría en las siguientes generales. Sin embargo, no sucedió así; muy al contrario, la derecha mejoró sus resultados en las urnas hasta el punto de obtener la mayoría absoluta. El cambio de preferencias de los votantes no era coyuntural: era consistente.

La izquierda entró en pánico. Tenía dos formas de digerir este cambio de tendencia, o bien aceptar que la democracia consistía precisamente en la potestad de los electores para sustituir pacíficamente unos gobiernos por otros, o bien recurrir a una visión patrimonialista de la democracia, según la cual un gobierno de derechas, aun democrático en las formas, resultaba antidemocrático en el fondo y, por lo tanto, debía ser considerado una peligrosa anomalía. La izquierda no lo dudó: escogió la segunda. Pero, ¿cómo podía imponer su visión patrimonialista de la democracia al conjunto de la opinión pública? Si los votantes simplemente comparaban los resultados de unas políticas frente a otras, la izquierda estaba irremisiblemente perdida. Los datos cantaban. Necesitaba, pues, desplazar la política a un terreno de juego diferente. Uno que escapara al escrutinio racional, donde poder agitar a la opinión pública con otros argumentos y convertir el voto no en una elección racional entre propuestas más o menos pragmáticas, sino en un acto moral, una elección entre el bien y el mal, entre buenos y malvados.

La idea era audaz. Pero necesitaba un punto de apoyo, un suceso que la armara. Entonces, en 2002, sucedió el desastre del petrolero Prestige. Aquel accidente fruto del azar y la mala suerte fue la piedra de toque. La izquierda vio la oportunidad de desplazar la opinión pública a un terreno de juego que le fuera mucho más favorable. Hizo oídos sordos al peritaje, al factor fatalidad en forma de tormenta, incluso cerró los ojos a la luz que iban arrojando los tribunales sobre lo sucedido. Por el contrario, agitó a la opinión pública enfocando el suceso como un atentado ecológico que solo podía explicarse por la desidia y mala fe del Gobierno. En definitiva, convirtió la calamidad del Prestige en prueba irrefutable de que, en efecto, existían buenos y malos gobiernos, no en un sentido político ordinario, sino fundamentalmente moral. Así, retrató a la derecha como una corriente ideológica a la que le traía sin cuidado no ya la naturaleza, sino el entorno vital de las personas y las personas mismas, y contrapuso a esta imagen siniestra la de una izquierda progresista, sensible y buena. Once años después, en 2013, la sentencia del Prestige dictaminaría que no hubo ningún culpable de delito ecológico. Pero era demasiado tarde. Aquel desastre, articulado en el movimiento Nunca Máis (en castellano, «Nunca más»), obró el efecto deseado: trasladó la política del terreno de lo comprobable al terreno de los juicios morales, mucho más propicio para una izquierda que se otorgaba a sí misma una superioridad moral incontestable.

Así, desde 2002 hasta hoy, la opinión pública española se ha visto forzada a cabalgar una sucesión inacabable de pánicos morales, a la vez que cualquier intento de devolver la política al terreno racional se ha estigmatizado sistemáticamente por insolidario y propio de gente reaccionaria. En consecuencia, no ha importado que después de cada legislatura socialista una abrumadora mayoría de españoles acabara empobreciéndose, porque este empobrecimiento siempre era por un bien mayor. Tampoco ha sido motivo de preocupación que la educación fuera sistemáticamente arrasada, igualando a las futuras generaciones en la ignorancia más atroz. Al fin y al cabo, al erradicar la competitividad de las aulas también se eliminaba la discriminación entre unos estudiantes y otros, evitándose muchos traumas. Mucha menos atención ha merecido que las constantes subidas impositivas no paliaran el déficit de las cuentas públicas, sino todo lo contrario, porque lo público fue sacralizado.

De esta forma, la izquierda se zafó del lazo del análisis objetivo de sus pésimas políticas al mismo tiempo que convertía las buenas intenciones en el principio rector de la política. Su votante ideal y que promocionó sin pudor era «el hombre anumérico» descrito por John Allen Paulos en 1988, en el libro que lleva este mismo título, y donde precisamente este matemático nos advertía de los graves problemas que acarrea a la sociedad la incapacidad de entender el mundo de manera racional. Lamentablemente, el «anumerismo» acabaría imponiéndose. Hasta la derecha habría sucumbido a su influjo, bien fuera porque se habría vuelto tanto o más inculta que la izquierda (el destrozo de la educación ha sido generalizado), bien porque habría caído en la trampa de la «batalla cultural»—en realidad, «batalla moral» al albur del marco de discusión de la izquierda—, o bien porque, con tal de acceder al poder, se habría comprometido tácitamente a que su modelo de gestión no alcanzara a desafiar los dogmas emanados de la política de las buenas intenciones. 

Cuando recuerdo el Nunca Máis de 2002 y veo el estado de postración actual de la sociedad española, tomo conciencia de su verdadera trascendencia. Aquel eslogan no se limitó a los accidentes ecológicos. Tenía aspiraciones mucho más ambiciosas. Era un juramento no ya contra la posibilidad de que la derecha gobernara, sino contra la existencia de cualquier opción distinta de la izquierda en cualquiera de sus múltiples expresiones, algunas insospechadas. Era una declaración de guerra contra la libertad, la razón y el buen juicio. Fue, en suma, el comienzo de un autoritarismo ruinoso, ubicuo, polimórfico…  desesperante.

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