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Jorge Freire

Pasen por caja

«Lo peor de las grandes cadenas no es la basura que venden, sino su esencia despersonalizadora»

Opinión
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Pasen por caja

Un supermercado de Madrid. | Gustavo Valiente (Europa Press)

Hay en mi barrio un mercado de abastos, un ultramarinos y dos supermercados. Cuando, por razones de tiempo, no puedo acudir a los dos primeros, cuyo horario es más exiguo, compro en los últimos. De un tiempo a esta parte, aprecio en estos un detalle inquietante: me conminan a pasar por la caja de autocobro en lugar de ser atendido por una cajera. 

¿Quitan esas maquinitas puestos de trabajo o, más bien, buscan aligerar la carga de trabajo de las cajeras? Lo desconozco, pero mucho me temo que pesará más la diferencia de coste entre trabajador y máquina. Lo cual sería curioso, pues, hasta hace unos meses, estábamos convencidos de que la pandemia había vuelto indispensables a las cajeras y que, en consecuencia, merecían un reconocimiento.

W.E.B. Du Bois llamaba «salario psicológico» al reconocimiento que una sociedad otorgaba a aquellos oficios que contribuían al bien común, aún a despecho de que sus jornales fueran bajos. Hoy el salario psicológico se reduce a aplaudir al trabajador en el balcón, como si Campanilla fuera a morir si cesaran los aplausos, y luego pasar a otra cosa. Al final Campanilla no se muere, sino que va al paro y la sustituye una máquina.

Lo peor de las grandes cadenas no es la basura que venden, sino su esencia despersonalizadora: sólo hay trabajadores y consumidores. Aquí, en Berlín y en Singapur. Es un mundo sin vecinos, sin familia y sin conflictos, donde solo existe el mercado y el individuo atómico. ¿Que es lo malo de ser un máquina? Que las máquinas, al final, lo hacen mejor que tú.

¿Comercio de proximidad? Da igual que algo esté próximo a mi casa si no me atiende el prójimo, sino un extraño. Antes que frecuentar una de esas infames cafeterías, por llamarlas de alguna manera, que apuntan tu nombre en un cartón y te llaman por megafonía, prefiero mil veces el clásico bar de viejos. Quiero que me atienda un señor, soltarle una guasa y reírnos juntos; y a la salida, si es preciso, quejarme de la tapa y mentar la madre del camarero. En lugar de negocio de proximidad, prefiero hablar de negocios personales. En lo sucesivo serán los únicos que frecuente.

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