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Enrique García-Máiquez

Que los 'selfies' nos salven

«Las discusiones en pareja tienen muy mala prensa, pero son indispensables y valiosas»

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Que los 'selfies' nos salven

Gabriella Clare Marino | Unsplash

Lejos de mí criticar el tuit que vengo a glosar. Moisés Llorente lo vio y le agradezco que nos lo contase: «Acabo de ver a una pareja, en un lugar turístico, discutiendo y con cara de mal humor. Han llegado a un mirador, se han hecho un selfie con su mejor sonrisa y han seguido con su discusión y sus caras largas. Pues esto, amigos, es el siglo XXI». Y no digo yo que el siglo XXI no se merezca un tirón de orejas, pero ojo con esa pareja, y la lección que puede que nos esté regalando la fotografía.

A menudo sonreímos a la cámara porque queremos dejar nuestra mejor cara para la posteridad, sí, ¿y qué? Está muy bien, si se piensa. Es muy posible que esa pareja olvide en dos días el mal humor durante aquella visita y guarde para siempre la sonrisa radiante de los dos juntos en el mirador ante unas vistas espectaculares. ¿Acaso esa sonrisa fue menos real que la discusión previa y posterior? Yo tuve un noviazgo muy tumultuoso y, sin embargo, mi mujer, sobre todo, y yo salimos en las fotos de entonces radiantes, espigados, jovencísimos y felices. Da gusto vernos.

También es posible que la disputa fuese sobre un asunto de ordinaria administración de la vida familiar o de la organización futura de la vida familiar. Las parejas, como no podemos resolver nuestras diferencias por el método democrático de la votación, que siempre nos sale empate, tenemos que arraglarlas con discusiones que llevan como trochas agrestes a la cumbre del consenso o, con suerte, al mirador del convencimiento. Puede que todas las sonrisas futuras dependan de esa sola discusión malencarada que Moisés Llorente contempló y que era el cimiento o la conquista de la tierra prometida de la felicidad. Construir cualquier proyecto en común conlleva disensiones y reajustes.

Las discusiones en pareja tienen muy mala prensa, pero son indispensables y valiosas. Parecen amargas, y son la raíz de una relación sana y crecedera. ¿Cuánto tiempo hace que no tiene usted una tarde hosca con su mujer o su marido o su novio o su novia? Si hace mucho, pregúntese si siguen apasionados con los proyectos en común y con las cosas que se traen entre manos. Como cura de urgencia, les propongo discutir de inmediato porque ya no discuten.

Pero los del selfie podrían estar discutiendo, como asumió el testigo presencial Llorente, por aburrimiento o desamor. Desde luego. Eso también pasa. Eso también se pasa. El hecho de querer conservar una foto juntos y felices ya es un buen indicio de que piensan pasarlo. El selfie como hito conservador, ¿o no?

Hay más, todavía. La prueba de que somos mejores cuando nos sentimos mirados. Reconozco que aquí el selfie puede ser un símbolo, ay, de esta época egocentrista. Nuestra propia mirada (solipsistas, quizá sospechemos que no haya otra) es la única que nos mejora un momentito. Como el barón de Münchhausen sacándose de las arenas movedizas tirándose de su propio pelo, pero con el palo del selfie. Aunque quedémonos, de nuevo, con lo positivo: el selfie sí nos mejora.

Y ahora demos un salto kierkegaardiano. ¿Cómo no nos mejoraría entonces la convicción de que Dios nos mira con sus mejores ojos, porque no tiene otros? La eternidad tiene la misma entidad que una instantánea, porque en ella tampoco hay tiempo. La mirada de Dios es una fotografía que no nos congela. Para ella, como para el selfie del mirador, bien podemos posponer nuestros disgustos y malhumores, y mostrar nuestra mejor sonrisa siempre.

Mucho salto es ése, dirán (o a mí o a Kierkegaard) los lectores más escépticos. Vale, perdón, es verdad. Sigamos con los pies en la prosa. En todo caso, el selfie contra lo que presupone su propio nombre se hace, fundamentalmente, para otros, a los que se los enseñaremos. El afán de compartir nuestras fotos en redes sociales, en chats familiares o incluso enseñándole el móvil al conocido al que nos encontramos le coge las vueltas al selfie. Y no me extraña en absoluto, porque dependemos de la mirada ajena. Por ella, somos capaces de sacar una sonrisa en el día más gris o tormentoso.Si usted lo tiene malo o triste o estresante, hágase varios selfies, reales o metafóricos o kierkegaardianos. Todos salvan. Sonría a la cámara. Es su sonrisa y no se queda solo en la foto: se graba en el tiempo y, más allá, en el alma. Diga conmigo: «Pa-ta-ta».

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