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Miguel de Unamuno, filósofo, ya lo avisó a sus 35 años: «Hay que vivir cada día como si fuera el último y cada hora como si fuera la eternidad»

El escritor no buscaba la felicidad en la calma ni en el éxito, sino en vivir con intensidad lo cotidiano

Miguel de Unamuno, filósofo, ya lo avisó a sus 35 años: «Hay que vivir cada día como si fuera el último y cada hora como si fuera la eternidad»

Miguel de Unamuno (1864–1936)

Miguel de Unamuno nunca encajó en el perfil del ‘gurú de la felicidad‘. Su idea de la buena vida no pasaba por la calma ni por el placer, sino por algo más exigente: la intensidad, el conflicto interior y la conexión profunda con cada instante. Al respecto, el filósofo acuñó el término «intrahistoria»: se refería a la trama silenciosa de vidas corrientes, hábitos y pequeños gestos que aparecen en las noticias ni en los libros de historia pero que sí sostienen el mundo. Más que una idea teórica, el ensayista situaba en primer plano lo verdadero de la experiencia humana.

La eternidad no es un porvenir, es un presente eterno

En este marco, la felicidad deja de ser algo excepcional. No depende del éxito ni de la visibilidad, sino de la capacidad de atender a lo que ya está ocurriendo. Como escribió en En torno al casticismo: «Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua, como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna». Y en sus ensayos insistió en la misma idea: «No son los grandes hechos los que hacen la vida; son los pequeños sentimientos los que la tejen».

La importancia de aprovechar el tiempo

Una de las claves de su pensamiento lo podemos leer en su Diario íntimo, redactado entre 1897 y 1902, cuando se encontraba en plena crisis personal. En esta obra, Unamuno no se refería a aprovechar el tiempo en sentido productivo, sino de habitarlo con profundidad: «Hay que hacerse un mundo de cada momento, y en cada momento vivir una eternidad». O, como diríamos hoy: «Hay que vivir cada día como si fuera el último y cada hora como si fuera la eternidad».

La costumbre es el alma de la vida, y en la costumbre, en lo que se hace cada día, está el secreto de la verdadera paz

El filósofo profundizó más en esta idea: «La eternidad no es un porvenir, es un presente eterno». El escritor no se refería a pensar en el futuro, sino en vivir más intensamente el ahora. En Vida de Don Quijote y Sancho lo formuló de otra manera: «Para el que sabe ver, no hay nada pequeño; todo es ventana que da al infinito».

Miguel de Unamuno dejó grandes lecciones sobre la felicidad y la buena vida
Miguel de Unamuno dejó grandes lecciones sobre la felicidad y la buena vida

Unamuno defendía las rutinas y criticaba la obsesión por la actualidad

En la actualidad solemos despreciar la repetición de actos o la rutina. Tendemos a buscar estímulos, experiencias y personas nuevas continuamente. Esto, para Unamuno, sería alejarnos de la felicidad, pues él predicó justo con lo contrario: puso el foco en la relevancia de lo cotidiano, pues es solo ahí donde se construye la verdadera vida.

No son los grandes hechos los que hacen la vida; son los pequeños sentimientos los que la tejen

En De mi país lo expresó con claridad: «Dichoso el que no conoce más que su pueblo, porque en él tiene su universo» Y en sus ensayos añadió: «La costumbre es el alma de la vida, y en la costumbre, en lo que se hace cada día, está el secreto de la verdadera paz.» El filósofo no fue idealista ni romántico, pero sí perspicaz, pues en sus escritos expresó lo que muchos no lograban ver ni valorar: que la vida real transcurre en lo habitual, en lo cotidiano, en el día a díay no en lo extraordinario.

Atender al momento actual era esencial para Unamuno, y para ello, según el escritor, debemos dejar de prestar atención a la actualidad. En su opinión, estar atentos a lo que ocurre fuera puede impedir atender a lo que ocurre dentro. En Recuerdos de niñez y de mocedad lo expresó claramente: «El ruido de la historia no deja oír el silencio de la vida». Y en Cartas a un joven describió la alegría verdadera como algo que «no se pregona», sino que «se vive por dentro, en el rincón de uno mismo». La «intrahistoria», en este sentido, también sería una forma de resistencia frente al exceso de estímulos y al ruido exterior.

La felicidad implica esfuerzo

A diferencia de muchas ideas actuales, Unamuno no entendía la felicidad como un estado de equilibrio permanente, sino como el resultado del esfuerzo y de la construcción personal. En La agonía del cristianismo lo planteó de forma directa: «El fin de la vida es hacerse un alma, un alma inmortal… Porque el alma no la tenemos al nacer, sino que la vamos haciendo en el vivir».

Hay que hacerse un mundo de cada momento, y en cada momento vivir una eternidad

Y en sus ensayos insistió también en ello: «La vida es lucha, y la solidaridad para la vida es solidaridad en la lucha. Y no se lucha sino por la paz, y no hay paz sino en la lucha». Así, para Unamuno, «la verdadera felicidad» consistía en «no estar nunca satisfecho» de uno mismo, pues solo así podremos superarnos o alcanzar nuestra mejor versión.

El amor, clave esencial para ser feliz

Aunque pueda parecerlo, la concepción de la felicidad, para el pensador, no era individualista. El ensayista afirmaba que la vida buena implicaba, necesariamente, a los otros. Y más en concreto, a otros a quienes amar. Así lo dejó reflejado en Vida de Don Quijote y Sancho: «Jamás se llega a conocer nada sino por el amor; el que no ama a una cosa, no podrá conocerla jamás». Y en Niebla lo resumió con otra frase célebre: «El amor es la única luz que puede iluminar las tinieblas de nuestra existencia». Una idea que también expresó en Meditaciones evangélicas: «No hagáis nada por deber, hacedlo todo por amor».

Lo que propuso Unamuno, como vemos, fue un cambio de enfoque: dejar de buscar fuera lo que ocurre dentro, valorar lo cotidiano y asumir que la felicidad tiene más que ver con la intensidad con la que se vive que con lo que se consigue.

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