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José Rosiñol

¿Se puede ser un estadista y pactar con Bildu?

«Entrar a jugar al victimismo como herramienta electoral y a la sospecha como elemento discursivo nos lleva a unos escenarios polarizadores»

Opinión
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¿Se puede ser un estadista y pactar con Bildu?

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y la portavoz parlamentaria de EH Bildu, Mertxe Aizpurua. | Europa Press

Desde luego, si algún sofista de la antigüedad levantase la cabeza vería cómo, sin quererlo y casi inadvertidamente, la sociedad en general y la política en particular se ha teñido de un relativismo existencial que los lleva a decir lo mismo y lo contrario sin sufrir un atisbo de remordimiento, congoja o contradicción personal. Estamos asistiendo a una especie propagación de un tipo concreto de disonancia cognitiva entre la clase política que no hace más que deteriorar la imagen de las instituciones y, lo que es más importante, aumenta el grado de desafección de la ciudadanía hacia la política y, por ende, hacia la democracia misma. 

Este es un problema que maximiza su impacto en momentos de zozobra social y económica, por lo que, jugar a ser un estadista y un revolucionario a la vez, a ser un bombero pirómano, en un momento en el que encaramos una grave crisis económica, es de una irresponsabilidad supina. Pero ¿qué consecuencias puede tener que nuestro presidente del Gobierno se dedique de cara al extranjero a ser un líder del mundo libre (del mundo mundial) y en casa abrace la narrativa populista de Podemos (poderes oscuros, terminales mediáticas, derrocamientos, conspiraciones, etc.)? 

Antes de responder a la pregunta, hay que recordar que, si nos referimos al espacio mediático de nuestro país, la balanza entre medios libres (aquellos que no viven directa o indirectamente del erario) y aquellos cuyas cuentas de resultados son directamente proporcionales a las dádivas gubernamentales, la balanza está absolutamente inclinada hacia los segundos. Esta me parece una constatación importante porque el paulatino acercamiento a cruciales hitos electorales hará que la «niebla de guerra» electoral suba muchos enteros y, como suele ser habitual, quiera distorsionarse la realidad bajo unas narrativas que se basen en premisas falsas, dudosas o cuestionables.

Empecemos con las consecuencias internacionales de nuestro disonante presidente. Si quieres aparecer como un referente mundial en la defensa del mundo libre pero, a su vez, te apoyas en unos muchachos como los de Podemos y compañía que, precisamente, ven al mundo libre como una anomalía, y que muchos de ellos trabajan intensamente para lograr una especie de retorno a las republicas democráticas tipo RDA o que, si quiera, saben distinguir lo que es una dictadura con lo que no lo es (como el caso de Cuba). Entonces, los peajes que debes pagar a tus socios internacionales para hacerte un hueco en la foto son, básicamente, la sumisión a los designios e intereses de otras cancillerías, si nos fijamos en el cambio copernicano e inesperado en la política internacional de nuestro gobierno, solo puede responder a la improvisación y al personalismo de nuestro presidente.

«El resultado de esta ecuación sanchista es que de la normalización pasamos al blanqueamiento y del blanqueamiento a la banalización del mal»

Por otro lado, si quieres activar un relato en el que eres el defensor de la libertad y la democracia frente a poderes oscuros y, paralelamente, estás pactando también con los proetarras de Bildu y, no solo eso, llegas a lamentar en sede parlamentaria la muerte de un etarra en prisión, ya estamos en el súmmum del cinismo. Pero, en este caso, más allá de todas las consideraciones éticas del personaje y de la degradación moral a la que nos lleva este tipo de narrativa, la cuestión es que estamos dañando irremediablemente la solidez del Estado y la imagen de nuestras instituciones. Me explicaré, a este acercamiento al mundo proetarra (por razones de aritmética parlamentaria) la han pretendido vender como la normalización de la política, el problema radica en que esta supuesta normalización no es más que el blanqueamiento de una organización que, en gran parte de nuestro entorno civilizado no podría ser legal. Si nos fijamos, el resultado de esta ecuación sanchista es que de la normalización pasamos al blanqueamiento y del blanqueamiento a la banalización del mal que fue el movimiento terrorista. Con lo que el nacionalismo vasco está de enhorabuena porque se les está facilitando uno de sus principales objetivos: ganar el relato de lo que ocurrió en el País Vasco, todo por un puñado de votos.

Cómo decía, usar la narrativa en la que ha medrado el populismo desde las cenizas del 15M es una irresponsabilidad. Entrar a jugar al victimismo como herramienta electoral y a la sospecha como elemento discursivo nos lleva a unos escenarios polarizadores como maniobra de distracción frente a una realidad de gobierno insostenible pero que, a su vez, construyen el caldo de cultivo necesario para el aumento de todo tipo de populismos. En este escenario artificialmente polarizado ¿azuzarán la dinámica narrativa «ultraderecha versus izquierda»? ¿qué consecuencias tendrán en las calles? ¿será aprovechado por el populismo revolucionario para tratar de incendiarlas? Y en caso afirmativo ¿qué hará el gobierno al respecto?

En fin, el momento histórico al que nos estamos enfrentando necesita líderes de verdad, políticos con visión de Estado que antepongan el interés general al particular, que busquen grandes pactos de Estado, que aborden las grandes reformas estructurales que necesita nuestro país, que trabajen por la armonía social y no intenten surfear en la anomia social. Espero que el peligroso juego del bombero-pirómano se quede en una calentura veraniega y que la clase política se ponga a trabajar por lo que en verdad importa: la prosperidad, la democracia y la libertad (entendida como libertad individual).

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