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Beatriz Manjón

El otro proceso de escucha

«La intimidad, que era una manera de reponerse de la vida social, ahora es la vida social misma»

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El otro proceso de escucha

Para escribir Octubre, octubre, José Luis Sampedro fingió ser sordo llevando un aparatoso audífono comprado en el Rastro. Se sentaba en una mesa junto a una tertulia de señoras muy animada y se quitaba el audífono para que creyeran que no podía escucharlas. Hoy Sampedro no habría necesitado este truco, porque a pocos parece importar que sus confidencias salgan del almario, aunque suene a chino. Es frecuente, por ejemplo, ver a gente que camina a la vez que charla por el altavoz del móvil, sujetando el teléfono a modo de bandeja. Y luego dicen que no se encuentran camareros; no será por falta de vocación.

El altavoz del móvil ha resultado un hallazgo para los paseantes: permite hacer muchas cosas mientras se habla, como aguantar el teléfono con la misma mano que antes se usaba para acercar el móvil al oído. El progreso era, pues, pasar de comunicarse con el móvil en la oreja a comunicarse con el teléfono apoyado como una tostada a la altura del pecho o del propio ombligo, que, al fin y al cabo, es a quien más escuchamos; la revolución tecnológica era dejar de recalentarse la oreja para calentar las de los demás. Habrá quien aleje el aparato de la cabeza por temor a las ondas electromagnéticas, pero la radiación de una conversación ajena también puede ser lesiva: se corre el riesgo de alentar más autoficción.

«El altavoz del móvil es el manos libres de la mala educación, la constatación de que el prójimo nos importa solo como auditorio»

A cuenta del bafle del móvil andamos como la vicepresidenta Yolanda Díaz: en un «proceso de escucha», pero sin querer escuchar. Menos mal que estamos en la «generación muda» y se escribe por teléfono más de lo que se habla, aunque siempre habrá algún vídeo, o música a todo trap, o nota de whatsapp que compartir en alto en la calle, la terraza, la playa o el autobús. La intimidad, que era una manera de reponerse de la vida social, ahora es la vida social misma y no deja de ser paradójico que quienes exponen su privacidad se preocupen de posibles intromisiones en sus adentros con cookies o virus espía. 

Usado en público, el altavoz del móvil es el manos libres de la mala educación, la constatación de que el prójimo nos importa solo como auditorio. Apenas se dan los buenos días o las buenas tardes al acceder a un medio de transporte, pero es subirse a un tren y entrarle al español unas irrefrenables ganas de comunicarse por teléfono. ¡El tren de alta locuacidad! No se engañen, el verdadero vagón del silencio es la tumba. También las salas de espera son salas de desesperar con el movilizado incivismo del vecino; ya nadie aguarda su turno con la mirada perdida en una mancha de la pared o contando las moscas que pasan como autobuses vacíos.

Decía Manuel Alcántara que para no llamar por teléfono hacía falta ser rico y para conseguir que no te llamara nadie hacía falta ser riquísimo; hoy solo es necesario WhatsApp. Pero es preciso ser riquísimo para no tener que soportar el parloteo telefónico de los demás.

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