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Argemino Barro

En Ucrania la muerte cae del cielo

«Lo que hace Rusia es un maltrato: una paliza interminable, fruto de un rencor posesivo, de los celos de ver cómo este país se va acercando a Occidente»

Opinión
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En Ucrania la muerte cae del cielo

Un grupo de niños ucranianos desplazados ven una película en la calle. | Eduardo Leal (Europa Press)

«Mira a tu alrededor. Hace dos horas cayeron dos misiles, pero todo el mundo hace su vida como si nada», dice Aleksandr, dueño de un restaurante de Zaporiyia, en el sureste de Ucrania. El ambiente no puede ser más normal. Las tiendas están abiertas, los ancianos conversan en los bancos y los niños corren y juegan en los parques.

Yo no estaba acostumbrado al bombardeo ocasional de Zaporiyia, así que mi mente divagaba por el territorio de la superstición y el miedo. Cuando un pájaro hacía un picado, por ejemplo, mis ojos percibían, durante una milésima de segundo, la caída de un misil. El destello fugaz del sol en las hojas de un tilo me recordaba a una explosión, y el sonido lejano de los tranvías soviéticos, al fuego de artillería.

«La normalidad es una cosa muy terca y muy resistente. Después del golpe inicial de una desgracia, las rutinas suelen volver a imponerse»

La normalidad es una cosa muy terca y muy resistente. Después del golpe inicial de una desgracia, las rutinas suelen volver a imponerse, como el río que vuelve a su cauce. Me acuerdo de ver en Donétsk, en 2014, a gente bronceándose y bebiendo cerveza fría en un parque mientras de fondo sonaban los combates.

Unos días más en Zaporiyia y me acostumbraría a esto, a las sirenas, a la lotería de la muerte. Igual que toda la gente que iba al trabajo, paseaba y cenaba en restaurantes. Lo que sí me chocó realmente, debo decir, es ver un cine abierto.

Una cosa es pasear, comprar, comer, ver a los amigos, y otra meterte en una sala oscura a ver una película. Se supone que el cine es un santuario al que vamos a relajarnos y a desconectar, a dejarnos absorber por una historia y unos personajes que nos hacen partícipes de sus problemas, apartándonos de los nuestros. ¿Cómo puede uno desconectar sabiendo que, en cualquier momento, puede caerle una bomba encima? Ni siquiera escucharía la sirena de alarma o el silbido del misil. No habría tiempo de ponerse a cubierto, ni de sentir lo que quiera que sienta uno, esos recuerdos concentrados en un instante, en un momento tan atroz y definitivo.

Como no me lo creía, entré en el cine y vi los carteles: Jurassic World Dominion y Black Phone. Películas nuevas. Un grupo de jóvenes compraba sus bebidas, una chica partía las entradas, había un acomodador.

Más tarde se lo comenté a Aleksandr, y este me informó de que, unas semanas antes, una sala de cine de la misma avenida recibió un impacto. Me enseñó las fotos. El cine se llamaba Multiplex y había quedado completamente chamuscado. Las filas de asientos se veían derretidas. Los bomberos caminaban entre ellas. Afortunadamente, en ese momento el cine no funcionaba y no hubo víctimas mortales.

«Los rusos llaman a su invasión ‘operación militar especial’, pero quizás la palabra más adecuada sea ‘violación’»

Los rusos llaman a su invasión ‘operación militar especial’, pero quizás la palabra más adecuada sea ‘violación’. Lo que Rusia le hace a Ucrania es un maltrato: una paliza interminable, fruto de un rencor posesivo, de los celos de ver cómo este país, tradicionalmente dominado por Moscú, se va acercando a Occidente. Por eso lo golpea, lo aterroriza. Ahora te vas a enterar.

Al día siguiente del ataque en Zaporiyia, que dejó 14 heridos, los rusos bombardearon la plaza central de Vinnytsia, matando a 25 personas e hiriendo a 54. Un día después bombardearon el centro de Dnipro, tres muertos y 15 heridos, e hicieron lo propio en Odesa.

Nadie sabe cuándo ni dónde caerá el próximo misil, de manera que, bajo esa apariencia de normalidad, los ánimos de los ciudadanos se tensan y se resienten. Es la vertiente psicológica, la muerte que llega del cielo, en esta guerra de conquista.

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