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Luis Antonio de Villena

Cercenadas maravillas de juventud

«Produce mucha tristeza en su brillo natural la juventud presente, pues sabe o intuye que, de verdad, para la mayoría, no hay salidas»

Opinión
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Cercenadas maravillas de juventud

Un grupo de jóvenes en un parque de Madrid. | Europa Press.

Acaso por casualidad (si tal existe) he visto en estas noches demasiado cálidas, tres películas recientes cuyo motivo central, desde una u otra óptica, es la juventud de este tiempo convulso.  Fail Better (Mejor fracasa) es un documental de este mismo año firmado por Eva Garrido Paredes, en el que se entrevista a muchos jóvenes -bastantes latinoamericanos- que se reúnen en la plaza del MCBA de Barcelona. Son jóvenes con una actitud casi siempre marginal, lejana a lo establecido, pero ni revolucionaria ni violenta. Futura -de 2021- es un documental italiano, de varios directores, que recorren casi un año Italia (parte en la pandemia ya) preguntando a jóvenes de regiones muy diversas cómo ven el mundo y el futuro. Recuerdan voluntariamente -pero mucho después- un documental de Pasolini, de 1965, llamado Comizi d’amore, Encuesta sobre el amor. Y por fin, Atlantide es una película del pasado año, de Yuri Ancarani, que pretende retratar a la juventud veneciana que no ven los turistas. Chicos y chicas que se drogan y que hacen carreras de lanchas (barchini) cerca de islas santas como la del célebre cementerio de San Michele.

Italianas las dos últimas, producen una sensación contrapuesta. De modo general, los encuestados son pesimistas; todos italianos, muchos creen que Italia es un país sin futuro y sueñan en irse. ¿No ocurre lo mismo con muchos españoles que terminan carreras que, dicen, acá no tienen salida? Los venecianos pertenecen de golpe a esos jóvenes no nuevos que no ven futuro tampoco (no future) y que además no parece importarles, se trata de vivir deprisa y a tope y poco más, porque ¿qué más existe? Reina la belleza joven del vacío.

Los optimistas encuestados, como los optimistas de la plaza museística de Barcelona, resultan tan entrañables como ingenuos. Unos aspiran a bailar bien, a usar con arte el monopatín o a ser futbolistas. Otros a viajar y a vivir bajo la égida de la tolerancia y de la paz. ¿Cuánto durarán, me digo, esos proyectos? El tiempo mismo de la juventud -que algunos definen como el gran «cuarto de hora»– porque después nuestra feroz sociedad adulta los situará bien abajo o de alguna otra manera los dejará de lado… El presente, su instante, parece prometer, pero no dura. Bailarines si muy buenos, futbolistas si geniales, viajeros si se lo pueden permitir. De lo contrario nada…

«Ver a los jóvenes es siempre hermoso porque semejan la verdad de la vida, su hermosura, su futuro»

Recuerdo, es inevitable, los famosos versos de Rimbaud: «Oisive jeunesse…» (Ociosa juventud/a todo sujeta/Por delicadeza/ mi vida perdí.) La juventud parece siempre -ya pasada- una quimera que voló. El mundo es totalmente suyo y casi tan totalmente deja pronto de serlo. Eso en verdad no es nuevo y se une a los tópicos célebres del tiempo que resbala y huye, fugit irreparabile, huye de todos modos. ¿Qué es lo nuevo hoy, entonces, al hilo de los dichos filmes? Un marcado pesimismo, tan aceptado se diría que ni trágico parece, y una ingenuidad -en los optimistas- excesiva. O el mundo deja radicalmente de ser como lo vemos y sentimos ahora, con sus obvios poderes fácticos tan antisoñadores, o ese ideal de bailar por placer en una plaza, patinar al sol, triunfar en el puro placer del juego o vivaquear fumando un porrito en el hermoso atardecer de una playa, sólo será posible, únicamente, en la mera y frágil juventud o en el mes anual y masivo de vacaciones.

Ver a los jóvenes es siempre hermoso porque semejan, también por su misma dorada juventud, la verdad de la vida, su hermosura, su futuro. Pero los pesimistas parecen más sensatos, hoy por hoy, no hay otra felicidad que la de, de algún modo, enrolarse en el Sistema. Pero la cosa deviene más grave, porque como ese Sistema está en crisis -la inflación como pequeño referente- no todos caben en él, ni aun queriéndolo. Claro que siempre hay escalas: italianos y españoles sueñan en Alemania o Suiza o los repetidos EE UU, mientras que africanos, asiáticos y latinos ven España e Italia como paraísos, aunque mediocres.

Produce mucha tristeza en su brillo natural la juventud presente, pues sabe o intuye que, de verdad, para la mayoría, no hay salidas o todo será repetir grisuras paternas, y con suerte. Nuestro mundo naufraga y no sabemos y la juventud espera. No sabe qué espera. Todos tenemos miedo y hasta pudiera pronto ser mentira lo que un día me dijo un chico nigeriano, que no tenía trabajo en Madrid. ¿Volver a Nigeria? No. En mi país nada es nada y en España (aún) nada es algo. ¿Nos consuela? 

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