THE OBJECTIVE
Jorge Freire

Filosofía del colocón

«El término ‘colocarse’ suele ubicarse en el terreno del ocio, que por su actual concepción deja un vacío que pocos saben ver como una plenitud»

Opinión
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Filosofía del colocón

Un grupo de jóvenes en un local nocturno | Alexander Popov (Unsplash)

Un informe del Ministerio de Sanidad lo deja claro: nuestros jóvenes se ponen como piojos. Empiezan más pronto que nunca, sobre los 15 años, y cuando salen no buscan tomarse unas copitas, sino reventarse hasta desembaular. Los expertos llaman binge drinking a la práctica, cada vez más extendida, de beber mucho y muy rápido para pillar el colocón en tiempo récord. 

¿Por qué lo hacen? Los toxicológos apuntan a la evasión y el escapismo. Lo cierto es que el común de los mortales, lejos de albergar el menor interés en viajes alucinógenos o experiencias místicas, más bien persigue integrarse en una sociedad que hoy luce desintegrada – o acaso tiene como objetivo, cual apuntan los más fatalistas, su propia desintegración. 

El común de los mortales no busca ya alocarse, traslocarse ni dislocarse, sino simplemente colocarse. El sujeto contemporáneo se siente tan a la deriva que ha encontrado en el consumo cotidiano de ciertas sustancias su guía para perplejos. Bien mirado, el chute matutino de café nos coloca en la casilla de salida y el cigarrito de mediodía nos recoloca, reconciliándonos con el ritmo solar de la jornada. 

«Lo cierto es que el borracho rara vez ríe ni baila, sino que permanece absorto, mirando la realidad como las vacas miran el tren pasar»

El término ‘colocarse’ suele ubicarse en el terreno del ocio, que por su actual concepción deja un vacío que pocos saben ver como una plenitud. El ocio es, una vez más, mera negación del negocio. Cuando tiene trabajo, el sujeto moderno está colocado. Sabe a dónde tiene que ir y qué tiene que hacer. Pero cada vez es más escasa y precaria la posibilidad de colocarse. Y por eso recurre cada vez más al colocón.

El consumo de alcohol es el denominador común de la parranda, es decir: aquello que nos coloca en las lindes de la celebración, mucho antes que la voluntad de echar un buen rato, reír o bailar. Lo cierto es que el borracho rara vez ríe ni baila, sino que permanece absorto, mirando la realidad como las vacas miran el tren pasar.

Como decía el Viejo Profesor, quien no esté colocado, que se coloque. Aquel que declina probar una gota de alcohol no sólo queda fuera de juego, descolocándose, sino que descoloca al resto de compañeros de juerga, que llegan incluso a insistir por activa y por pasiva. «¡Pero hombre, aunque sea, tómate una!» 

«La juerga es, en esencia, una bandada de risas que vuela y desaparece, dejando su breve eco como un aleteo»

«Parranda», por cierto, es una de esas curiosas palabras castellanas que cuentan con un origen eusquérico. Es producto de la síntesis de ‘barre’ (risa) y ‘ananda’ (bandada). La juerga es, en esencia, una bandada de risas que vuela y desaparece, dejando su breve eco como un aleteo, aunque hoy se trueque en rumor de bascas y vomitonas.

Nefalismo y dipsomanía son dos caras de la misma moneda. Con ella pagan puritanos y obsesivos, que, a fuerza de usar dinero del Monopoly en el mundo real, tiran el tablero por los aires. Pero la vida no es un juego de mesa ni una casa de apuestas. Nada tiene que ver lo vitivinícola con la pérdida de facultades intelectuales ni psicomotrices. ¿Alguien se imagina a un bodeguero o a un enólogo haciendo el imbécil en un botellón? 

Sólo quien conoce a su perro puede domarlo y sólo quien conoce el morapio lo toma con prudencia y en su justa medida. Mas quien no se conoce a sí mismo tampoco puede conocer lo que le rodea. ¿Quién quiere que sea su perro el que lo saque a pasear? Dicha acción no es más degradante ni carnavalesca que perder los papeles con el alpiste. Huelga decir que son los mozos los que han de pisar la uva, y no las uvas las que bailen sobre las cabezas de los mozos.

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