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Victoria Carvajal

Grietas en el muro de contención europeo

«La UE corre un riesgo de fragmentación interna en varios frentes: monetario, fiscal, energético…. Es mucho lo que hay en juego»

Opinión
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Grietas en el muro de contención europeo

La bandera de la Unión Europea. | Europa Press

Cuando el asunto se pone feo en casa, siempre nos queda el consuelo de pensar que Europa hará algo al respecto. ¿Pondrá freno a la degradación institucional nacional, cuyo último capítulo, el fracaso de las negociaciones para renovar el Consejo General del Poder Judicial, hace temer por su total politización? ¿Corregirá la deriva populista de algunas de las medidas económicas propuestas por el Gobierno o la deficitaria gestión de los fondos europeos que podrían comprometer la estabilidad financiera del país? En estos tiempos de policrisis, de shocks encadenados, la pandemia, la invasión rusa de Ucrania, la escasez energética, la potencial hambruna, la UE corre a su vez un riesgo de fragmentación interna en varios frentes: monetario, fiscal, energético…. Es mucho lo que hay en juego. Debilitada como está además por el deterioro del eje franco alemán, no es descartable que relaje el control sobre el cumplimiento de sus compromisos por parte de los estados miembros. Son las grietas abiertas en el muro de contención europeo.

Por establecer un antecedente, incluso antes de todo este lío, ¿cuánto tiempo ha tardado Bruselas en responder a la deriva autoritaria de Hungría que se remonta a varios años atrás? Los fondos NextGenUE son el instrumento para hacerlo, pero su paralización no parece ser ni tan evidente ni inmediata. El escenario no puede ser más inquietante: a la fallida salida de la crisis de la pandemia, con una demanda animosa que chocó con el colapso de la oferta fruto de la interrupción de las cadenas de producción y el colapso del transporte marítimo, que presionó los precios al alza, se ha sumado la escasez del gas y del petróleo y otras materias primas a raíz de la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Presiones inflacionistas que han sido respondidas con sucesivas y contundentes de los tipos de interés. 

«El papel jugado por los principales bancos centrales está siendo ahora cuestionado. ¿Reaccionaron tarde y mal?»

Acostumbrados a más dos décadas de ausencia de inflación, cuando esta dejó de ser transitoria para convertirse en la gran amenaza a la estabilidad económica mundial, el papel jugado por los principales bancos centrales está siendo ahora cuestionado. ¿Reaccionaron tarde y mal ahora?  A juzgar por la caída en picado a la par de los mercados de valores y de los bonos del Tesoro soberanos, habitual refugio, se podría deducir que sí. Porque en este endiablado escenario, en el que la inflación, sobre todo en Europa, no viene provocada por un calentamiento de la demanda sino principalmente por la interrupción de la oferta, la reacción de los bancos centrales está siendo cuestionada. En su intento de controlar la inflación, hoy se enfrentan al inevitable escenario de dañar el crecimiento. Y en su desesperado afán de recuperar su autoridad parecen dispuestos a sacrificar el segundo para cumplir su mandato de estabilizar los precios en el entorno del 2%. 

Y los tipos de interés suben sin parar. O,75 puntos hasta el 2% en el caso del Banco Central Europeo hace apenas una semana. Otros 0,75 puntos por parte de la Reserva Federal, su sexta subida en un año, hasta el 4%, y otro 0,75 del Banco de Inglaterra hasta el 3%. Son las tasas más altas desde 2007, antes de la crisis financiera que dio paso a la Gran Recesión. Pero entonces no había inflación. Y ahora esta se sitúa en dos dígitos. Con todo el riesgo de provocar el impago de los créditos hipotecarios de las familias y de dificultar la refinanciación de la deuda de empresas. La cosa no pinta bien.

Hay un consenso establecido con respecto a que la respuesta a esta crisis es socialmente superior a la anterior de 2008-13. Y eso es cierto. El escudo social, con los ERTE, y la respuesta fiscal de la UE, frente a la austeridad de la anterior crisis, han permitido capear la situación con un coste menor. Pero la desgracia es que ese afán de reparación, el de apostarlo todo por la combinación de recetas expansivas, tanto monetaria como fiscal, para asegurar la salida rápida del colapso producido por la pandemia, se ha encontrado con varios choques encadenados de la oferta que han resultado en una escalada de los precios sin precedentes en 40 años. Y la inflación es el impuesto más indiscriminado y regresivo de todos. 

La pérdida de poder adquisitivo combinado con la escasez energética y con un escenario de posible recesión, como apuntan los índices de gestores de compras en Europa (y España ocupa el último lugar en esas alarmantes estadísticas que anticipan el retroceso de la actividad económica), nos enfrenta a un escenario en el que las respuestas clásicas de estímulo a la demanda, con presupuestos expansivos y socialmente voluntaristas como el presentado por el Gobierno de Sánchez reman en contra de los también clásicos esfuerzos de restricción monetaria del BCE para frenar la escalada de precios. Pero que no funcionan tan bien cuando se trata de luchar contra los efectos de un choque de la oferta. ¿Cómo lidiar con la inflación que no tiene que ver con la demanda sin provocar una recesión?  

El profesor Kenneth S. Rogoff en un reciente artículo publicado en Foreign Affairs, titulado ‘The Age of Inflation’, recriminaba a los bancos centrales que hubieran ignorado el riesgo que para la estabilidad de los precios suponía la combinación de los colosales planes de estímulo con su política ultra laxa. En su opinión, las autoridades monetarias de EEUU y Europa han esperado demasiado tiempo para subir los tipos de interés. Y ahora se las ven y las desean para controlar la inflación aun corriendo el riesgo de abocar a sus economías y, con ellas, al resto del mundo, a una dolorosa recesión. La tercera en poco más de diez años (2008, 2020 y 2023). ¿Se ha acabado la era de la inflación permanentemente baja? Rogoff cree que sí. Incluso si la UE logra la casi total autonomía energética de Rusia, los costes de la desglobalización (la relocalización más cercana de las cadenas de producción) y de la transición hacia energías verdes, traerán precios más volátiles y en general más altos.

Pero los bancos centrales no tienen más opción que cumplir con su mandato para tratar de estabilizar los precios. Y evitar que su falta de acción, aunque llegue tarde, alimente expectativas de precios más altos y suma a las economías en una indeseable espiral inflacionista. La credibilidad de su acción depende de su independencia política. ¿Pero quién sabe si la implicación social de sus políticas restrictivas ahora les hará blanco de los ataques de algunos gobiernos embarcados en esa deriva populista e iliberal que aqueja hoy algunas democracias consolidadas? Lo hemos visto en el intento frustrado de deslegitimar la acción del Banco de Inglaterra por parte de la dimisionaria Liz Truss, cuyas políticas fueron afortunadamente abortadas por los mercados financieros. También lo hizo Donald Trump con Jerome Powell cuando este no obedecía sus deseos. Y eso que lo había elegido él mismo en sustitución de Janet Yellen, rompiendo la tradición presidencial de no cambiar al responsable de la Reserva Federal para preservar su independencia (y credibilidad).

Es un impulso autoritario y contagioso. No hay más que ver las críticas de algunos miembros del Gobierno de coalición de Sánchez a las recomendaciones del Banco de España. Si la crisis económica y social se agrava, como todo parece indicar, es más que probable que los ataques contra la autoridad monetaria arrecien. ¿Se contendrán una vez que España, con este Gobierno, ocupe la presidencia de turno de Europa el segundo semestre de 2023? Veremos. Christine Lagarde, presidenta del BCE, ha anunciado que la institución seguirá subiendo los tipos de interés, aunque Europa entre en recesión. Cuando se tuerzan aún más cosas, ¿le echaremos entonces las culpas al BCE? No hay que descartarlo.

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