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Jorge Freire

El aprecio despreciativo

«Carnavalescos son los políticos que almonedan su profesión hasta reducirla a matonismo, macarreo y zascas, so pretexto de hablar al pueblo con su idioma»

Opinión
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El aprecio despreciativo

Máscara de carnaval. | Vlad Hilitanu (Unsplash)

El pecado capital de los españoles no es la envidia, como se afirma comúnmente, sino el desprecio. Eso decía García Morente y, a mi juicio, llevaba razón. El paisano autóctona cultiva el aprecio despreciativo, que es una forma muy particular de husmear en las cosas y justipreciarlas. «Te veo más delgada»; «pues no estás tan mal»; «si tu hijo parecía medio tonto». Arrojado al mundo entorno, el Dasein mesetario se vuelca a la circunstancia -nunca al yo- y toma la medida a todo perro pichichi que se le cruce. 

El aprecio despreciativo no corresponde tanto al ethos de la Vieja del Visillo como al del Tío de la Vara, por tirar del bestiario de José Mota. ¿No se decía antaño que la Guardia Civil primero dispara y luego pregunta? En vísperas de carnaval, recorren las calles de muchos pueblos de Guadalajara las denominadas botargas: curiosos personajes que, ataviados de mamarracho -es decir, practicando un cuidado autodesprecio-, persiguen a todo el que ose cruzarse con su figura y lo muelen a palos con su vergajo. De los toros muy ofensivos de cuerna se dice que portan dos espabiladeras, y en eso consiste el cometido de este personaje manchego: despabilar al personal. De igual manera, el Tío de la Vara atiza quien se le cruza como el maestro zen golpea con su bastón al novicio, despabilándolo. 

«Son legión los que quieren no ya baratijas, sino que les tiren chuscos de pan desde los balcones»

Producto del aprecio despreciativo es la cultura de las cosas gratis: el hostelero que ofrece un platillo con tres langostinos de tapa y el cliente que se abalanza a engullirlas tirando las cáscaras al pie de la barra. Si el dueño del local aprecia a sus clientes, despreciándose a sí mismo (¿qué valgo como cocinero si regalo lo que cocino?), y la clientela aprecia la labor del dueño del local (¡estas tapitas entran de lujo!) despreciándose a sí misma (¿qué me diferencia de un mendigo si voy a sitios en que me dan comida gratis?). Son legión los que quieren no ya baratijas, sino que les tiren chuscos de pan desde los balcones. 

Apreciar despreciando – y despreciándose a sí mismo- es sacar a la botarga que llevamos dentro: así el camarero raso invita a gambas a todo un industrial y la botarga se viste de gala para correr a palos al señor alcalde.¿Hay imagen más clara de esa inversión de roles que es el carnaval? Carnavalescos son, en consecuencia, los políticos que almonedan su profesión hasta reducirla a matonismo, macarreo y lluvia de zascas, so pretexto de hablar al pueblo con su idioma. ¿Como las paga el vulgo es justo / hablarles en necio para darles gusto?

Agustín de Hipona afirmaba que con la soberbia se inició la rebelión contra lo divino, y dos siglos después el papa Gregorio la convirtió en pecado mortal. En la vigésimo octava proposición de su Ética, el sabio Spinoza la rechazaba argumentando que esta cosiste en estimarse a uno mismo en más de lo justo. Ahora bien, en la proposición siguiente, la vigésimo novena, el llamado «príncipe de los filósofos» rechazaba su contrario: la abyección. Esta consiste en estimarse en menos de lo justo. Si la soberbia es mala, la abyección es peor. 

La etimología de la ab-yección lo deja claro: abyecto quien se separa de lo común y se arroja al suelo. El truco estriba en tocar fondo. Si no puede caer más abajo, tampoco se puede abrir la crisma. Si se arrastra como un gusano, no puede besar la lona. Si el culto adventista conmemora el séptimo día, para el abyectista todos los días de la semana son el día del Señor: un Señor que regüelda en público su sinceridad y nos conmina a retozar en el lodo. Conque muera la abyección y viva el carnaval.

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