THE OBJECTIVE
Eduardo Laporte

Ucrania nos da igual: la guerra ha muerto 

«Si John Lennon se alegró de cantar lo de The War is Over, quizá hoy podríamos decir que la guerra ha muerto. DEP.»

Opinión
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Ucrania nos da igual: la guerra ha muerto 

Ucrania.

Este 24 de febrero se cumplirá un año de la invasión de Rusia a Ucrania. A muchos nos parecía inviable aquello entonces, una mera escalada de tensión sin sangre en ríos, y nos dedicábamos a seguir la última gesta de Nadal en Australia. La historia había terminado. 

Pero la historia nunca termina, quiso recordarnos Putin, y pronto veríamos imágenes de los kievitas tomando las de Villadiego ucranio para salvar los muebles y el pellejo en alguna dacha, con suerte, en la Ucrania vaciada (y menos bombardeable, si es que la hubiera). 

GUERRA EN EUROPA, clamaban los periódicos a cinco columnas o en Times New Roman 56. Lo cual era verdad, aunque en una parte de Europa tan remota que no sabemos si eso ya es Europa. Los cadáveres —parafraseando al irónico Ángel González— son mínimos, los territorios distantes, los huérfanos pequeños

Porque Spain también es different en esto, y tampoco sufrimos los vapuleos en la factura de la luz que están padeciendo en Centroeuropa, más dependientes aún de los gaseoductos rusos operados por malos de James Bond. 

Sí que subió la gasolina, pero la cuestión belicista es tan solo uno de los factores; luego el Gobierno se sacó de la manga unos descuentos y la guerra siguió librándose lejos. 

Como también nos quedaron lejos otras guerras recientes, la del Golfo, la de Irak, la de Siria, porque quizá teníamos la nuestra muy cerca, en casa, en el muñón del abuelo mutilado, en la maleta del exilio, en las novelas que aún se publican, como esos Castillos de fuego, de Martínez de Pisón que recrea el camaleonismo moral de tantos que prefirieron diluir el fragor de sus convicciones que irse a vivir a México.

Quizá la última guerra que le importó a nadie fue la primera. La mundial. La gran guerra. Lo cuenta un joven Gaziel en un diario de sus años en París cuanto estalla el conflicto: la peña se apuntaba por ideales. No por odio, como en la española. Honor, dignidad, justicia, grandeur, Allons enfants de la Patrieeee, le jour de gloire est arrivéeee, ninononnnononinonaniiii.

«Quizá la última guerra que le importó a nadie fue la primera. La mundial. La gran guerra»

Después llegó esa segunda parte que nunca es buena y los franceses, es decir, la Europa desarrollada, no querían saber nada porque solo pensaban en sus logros recientes, ya tranquilos tras la proyección de la línea Maginot, como eran el «week-end» y los déjeneur sur l’herbe con paté tras la conquista de las vacaciones o congés payés establecidas a partir de 1936. 

Un escenario como de ilustración simpática de Sempé que Hitler pospondría unos cuantos años, dando paso una humillante pero compresible claudicación colaboracionista y cobardica. Pero los franceses no estaban para guerras porque habían superado esa fase neandertal de la historia, la del guerrero. (Lo cuenta más y mejor Chaves Nogales en La agonía de Francia).

Tras décadas de terrorismo etarra, turbulencias cansinas a cuenta del procés, atentados islamistas en la hora punta o en el paseo estival, la gente no quiere guerras. Tampoco después de esa otra guerra en forma de pandemia. O después de no poder comprar los Krispies de siempre pues cuestan más que un paquete de Marlboro. O de naufragar en los procelosos trámites para pedir esa ayuda de 200 euros que se traduce en violencia kafkiana del Estado si genera más complicaciones que soluciones. 

Books, not bombs, decía un cartel a la entrada de una librería. Claro, aunque la mayoría de los libros almacenados en esa librería hablan de bombas. Sin ellas, no se escribiría, por desgracia, ninguna novela. Fernando Aramburu lo sabe. 

Pero esas bombas que destrozan puentes, esa infantería con ropajes de camuflaje y ramas de olivo en la cabeza, esos carros de combate antediluvianos, todo ese belicismo más de Gila que de Sun Tzu nos la trae al pairo, porque las guerras modernas son otras y ya no tiene cabida en nuestro zeitgeist eso de invadir un país a tiros. 

Si John Lennon se alegró de cantar lo de The War is Over, quizá hoy podríamos decir que la guerra ha muerto. DEP.

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