THE OBJECTIVE
Ricardo Dudda

Los sonajeros de campaña

«Cuando llega la campaña, la política es insoportable. La inflación legislativa se combina con un proselitismo extremo. Todo es importante y al tiempo nada lo es»

Opinión
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Los sonajeros de campaña

Presentación de los candidatos del Partido Popular de Madrid a las alcaldías de los 179 municipios que conforman la región, en la Plaza de Toros de Las Ventas.

En mi calle pasan camiones de basura cada varias horas; antes lo hacían solo una vez de madrugada. Hay obras. La policía detiene a trapicheros. También hay más barrenderos. Las obras de la biblioteca han terminado. La ciudad entera está en un estado febril de sobreactividad gubernamental y administrativa. Es una performance de competencia. Lo que no funcionaba, funciona o funcionará, ya verás. Es como un reality en el que un gobernante tiene un mes para cumplir todas sus promesas. Puede compartir nombre con Reformas extremas. Es una speedrun totalmente transparente y explícita: mira lo que hacemos, lo que intentamos hacer, vótanos. Y el votante sabe exactamente lo que está pasando y lo acepta resignado. Hay una especie de pacto tácito: el ciudadano se hace el sorprendido y el político actúa como si siempre hubiera estado así de involucrado

El debate público está igual de febril. Los candidatos sacuden sus sonajeros. Una candidata acude a un parque para volver a prometer algo que ya prometió (y no cumplió) en las últimas elecciones. ¡Ahora parece que lo hará! Otra candidata se pasea por Sant Jordi dando besos y aparece en innumerables vídeos de TikTok y la gente habla de lo cercana que es. The bar is so low. Otra habla del machismo en Tinder y propone «una ley contra la violencia digital». 

Luego están los anuncios. Uno de los más ridículos es el de Ayuso, que parece un spot de la Iglesia de la Cienciología con un presupuesto de 13 euros: al fin ha llegado la nave del dictador Xenu de la «Confederación Galáctica» y los elegidos esperan en la plaza de toros de Las Ventas. ¿Sirven de algo estos vídeos? ¿Cómo se audita un gasto así? No hay incentivos para hacerlo; mucha gente perdería su trabajo. 

«El gasto se justifica con que el votante suele elegir a última hora»

Muchos gastos de campaña son un derroche absurdo de dinero, pero es algo que no cambiará. El gasto se justifica con que el votante suele elegir a última hora. En el CIS de marzo de 2023, casi la mitad de quienes declaran que aún no saben a quién votar (un 13%) dice que lo decidirá en la última semana o incluso el mismo día de las elecciones. Los anuncios y carteles y eslóganes con juegos de palabras escolares no son solo necesarios (¿y si hay alguien que todavía no sabe que Ayuso tiene ganas?), son democracia. 

Cuestionar estos gastos parece cuestionar la democracia, la fiesta de la democracia. Como si un spot cutre y abstracto que no muestra absolutamente nada del programa del candidato estuviera garantizando la representatividad de los ciudadanos. Pero las campañas solo interesan a los involucrados en ellas, a politólogos y periodistas y a tuiteros cafeteros. El ciudadano común se dedica a sortear las obras en la calle y a colgar llamadas de teléfono intrusivas. Casi un millón de personas han pedido al INE que sus datos no figuren en la relación de votantes, para así no recibir propaganda electoral. Es una cifra que se ha multiplicado por diez en los últimos cuatro años. 

La política es una campaña constante. Sin embargo, cuando llega la campaña oficial es realmente insoportable. El simulacro se vuelve surrealista, acelerado. La inflación legislativa se combina con un proselitismo extremo. El efecto es narcótico, todo es efímero, todo es importante y al mismo tiempo nada lo es. 

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