THE OBJECTIVE
Carlos Granés

Las generalizaciones y el racismo

«El miedo puede vencer a la curiosidad, más aún si se atizan las suspicacias con demagogia populista y campañas que apelan al temor del ciudadano»

Opinión
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Las generalizaciones y el racismo

El futbolista brasileño del Real Madrid, Vinicius Jr. | Europa Press

¿Cuándo se puede afirmar que un país es racista? La pregunta ha vuelto a surgir en los medios y en las tribunas de opinión a raíz del caso Vinicius y los ofensivos gritos y gestos, claramente racistas, que recibió en el estadio de Mestalla hace una semana, pero que en realidad viene padeciendo desde hace mucho. ¿Encontramos en esos gritos inaceptables la prueba faltante para cerrar el caso y emitir un veredicto? ¿Es España racista? Lo primero, creo yo, para responder estas preguntas, para intentarlo al menos, es deshacernos de esas generalizaciones que toman la parte por el todo y adjudican a entes colectivos, como los países, las religiones o las razas, atributos o defectos que se manifiestan en personas concretas. Si después de unas fiestas populares, con la resaca viva de los sanfermines o la camiseta embarrada con la tomatina, resulta un tanto banal determinar que España es un país fraterno y alegre, también resulta apresurado hacer una afirmación rotunda y contraria, que es un país xenófobo, después de una jornada bochornosa como la que vimos en Mestalla. 

«Cualquier extranjero asentado en alguna ciudad española, como yo mismo, sabe que la diferencia, así sea mínima, produce fascinación y rechazo»

Como en todos los países, en España lo peor y lo mejor riñen por legitimar o deslegitimar conductas y actitudes. Los impulsos xenófobos están ahí, por supuesto, pero también las propensiones hospitalarias. Cualquier extranjero asentado en alguna ciudad española, como yo mismo (aunque a estas alturas, con pasaporte español, hijo español, abuelos españoles y, prueba indudable de pertenencia, noches de insomnio imputables a la política española, mi condición de extranjero no es más que un dato anecdótico), sabe que la diferencia, así sea mínima, produce fascinación y rechazo. Y quien lleve suficiente tiempo como para asimilar los dramas nacionales, sabrá que el mayor problema de xenofobia no se manifiesta tanto en contra de quienes llegan de otros países, como entre los mismos españoles. 

El fanatismo nacionalista ha dejado perlas xenófobas en boca de Pujol y de Junqueras, y el delirio etnicista y antiespañolista fraguó los asesinatos de ETA. La xenofobia del que se asume débil y oprimido se vende como una lucha liberacionista o emancipatoria, pero no es más que un anhelo de pureza, miedo a la contaminación, deseo de unanimidad y una vuelta de tuerca a lo mismo: odio a quien no hace parte de la tribu, al diferente. Esa es la mentalidad que desencadena el racismo y por eso mismo la que debe rastrearse y combatirse; la mentalidad sectaria que sólo acepta un reflejo idéntico de sí mismo en el conjunto de la sociedad, o que no tolera que alguien diferente prospere o cobre relevancia.  

En España, así se hayan dado olas migratorias importantes, como fenómeno sociológico la presencia del extranjero sigue siendo nueva y reciente. Por eso mismo, la tentación de rechazar y cerrar puertas y oportunidades es latente. El miedo puede vencer a la curiosidad, más aún si se atizan las suspicacias con demagogia populista y campañas que apelan al temor del ciudadano. Para prevenirlo, lo mejor tal vez sea hablar sobre el tema sin dramatismos. Sin ofenderse ante las preguntas o críticas que pueda hacer un migrante, ni apelando a una experiencia desagradable, ese microrracismo padecido, para emitir un juicio bíblico y lapidario en contra de la sociedad española. 

Pongo un caso personal. Cuando trabajaba de socorrista para financiar mis estudios, un conserje de algún edificio me dijo una vez: «Tu país –Colombia– es muy bonito. Solo tiene un problema: está lleno de colombianos». Por supuesto que fue incómodo y desagradable, pero deducir de ese comentario estúpido e irrelevante que el alma española estaba podrida de prejuicios anticolombianos o antilatinoamericanos era una insensatez. Una inferencia semejante habría supuesto replicar aquello que me molestaba. Significaba hacer una generalización gratuita y prejuiciada que englobaba a toda una categoría humana bajo un solo rasgo negativo. 

Esa es otra característica de la personalidad sectaria y racista: no ve individuos, ve identidades colectivas que sin falta ejercerán ese vicio que se les presume. Por eso desconfío de esas reacciones taxativas que se oyen en estos días y que gritan, casi con voluptuosidad, que los españoles son unos racistas. Me suena muy parecida a esa misma voz que dice que los negros son así y asá, o que los sudacas o que los moros o que los gays… 

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