THE OBJECTIVE
Román Cendoya

Carajal político

«Los partidos políticos nunca se habían enfrentado a vivir simultáneamente una dinámica de negociación de pactos de gobierno junto a una campaña electoral»

Opinión
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Carajal político

Los equipos de negociación de Vox y PP en la Comunidad Valenciana, antes de llegar a un acuerdo. | Europa Press

El clima político está viviendo su DANA particular. Una tormenta perfecta originada por Pedro Sánchez y su adelanto de las elecciones generales. Hasta ahora la secuencia política para el ciudadano era sufrir una, más o menos, larga campaña política que se materializaba en una elección de la que si no salían mayorías absolutas, degeneraba en un sorprendente mercadeo político de cargos y sueldos, al que denominan negociación.

Los partidos políticos, hasta el arrebato electoral sanchista, nunca se habían enfrentado a vivir simultáneamente una dinámica de negociación de pactos de gobierno junto a una campaña electoral de elecciones generales. Todo un carajal político.

La dinámica de campaña se basa en la diferenciación. Por un lado, la exaltación del líder, la valía del equipo, la singularidad de las propuestas, la reivindicación de la capacidad de gestión y del cumplimiento de las promesas. Todo ello junto a la descalificación del rival, la inutilidad de sus equipos, su falta de propuestas, la falsedad de las mismas unida al incumplimiento sistemático de las promesas. El actual momento político se sintetiza en cada vez menos propuestas pero sí en frases como «derecha extrema y extrema derecha», «bilduetarras», «derechita cobarde», «sanchistas»… que se arrojan unos contra otros sin pudor.

La dinámica de negociación se basa en todo lo contrario. Lo que en campaña eran diferencias e insultos se convierten en coincidencias. Lo que era singularidad ahora es un proyecto común. Lo que era impensable se convierte en obvio y lo imposible se hace realidad en forma de gobierno. O sea, unos asientos, varios cargos y un presupuesto, más repartido que compartido, son capaces de unir lo inimaginable. Y de dejar para otro momento la desaparición de las autonomías o la reducción de consejerías. Hagan sitio señores.

«Por un lado, hay que pedir el voto contra todos y, por otro, tienen que llegar a acuerdos»

Sólo Sánchez es capaz de provocar un momento simultáneo de dos dinámicas tan contrapuestas. Sobre todo para los que suman mayorías tras las municipales y autonómicas. Por un lado, hay que pedir el voto contra todos y, por otro lado, tienen que llegar a acuerdos. Los que peor compaginan este momento son los que acaban de ser derrotados. Aunque no tienen que negociar tienen que rabiar por la pérdida. Ponen el grito en el cielo ante las mayorías que se construyen para constituir nuevos gobiernos. Por mandato de los ciudadanos, donde no han otorgado mayorías absolutas, estamos viendo cómo el Partido Popular está llegando a acuerdos con Vox. Para el acuerdo lo del PPSOE o la «derechita cobarde» ya no importa, a unos y a otros, porque hay reparto de poder.

El PSOE en su desalojo vocifera contra pactos antidemocráticos porque se sellan con la «extrema derecha». Y lo hacen desde un Gobierno de coalición con la extrema izquierda comunista, mientras termina la legislatura mantenida con la más extrema izquierda independentista y los que presentan terroristas y asesinos en sus listas. Todo muy democrático. Es evidente que para los progres los extremos, los radicalismos y los populismos no son iguales.

Además, el PSOE está más que horrorizado de que el PP, no sólo se haya sentado a negociar con Vox, sino que además en Valencia lo ha hecho con un interlocutor condenado por maltrato. Eso en palabras de sus portavozas supone «blanquear la violencia de género». Un horror.

Puede que tengan razón, pero resulta repugnante ver el rasgado de vestiduras de unas presuntas feministas, socialistas, que llevan toda su militancia formando parte del partido de un condenado por maltrato. Jesús Eguiguren, destacado socialista, que agredió a su mujer con un paraguas y un zapato. Es sorprendente que, siendo agresor, no se puede negociar pero sí se puede ser presidente del partido socialista en Euskadi. Eguiguren lo fue desde 2002 hasta 2014.

«Un cambalache de nombres que marcan corrientes y tendencias en todos los partidos»

Dentro de la incoherencia laxa socialista hay que destacar que ningún socialista denunció a la cúpula de ETA, o a Arnaldo Otegi, por negociar su cambio de modelo—de militar a político— con un maltratador como Jesús Eguiguren. No sé cómo el PSOE ha podido pactar esta legislatura con EH-Bildu que lidera Arnaldo Otegi. Una organización que, según el criterio de las portavozas, se dedica a «blanquear la violencia de género».

Entre la campaña de todos, las negociaciones de unos y las descalificaciones de otros se presentan las listas electorales de todos. Un cambalache de nombres que marcan corrientes y tendencias en todos los partidos. Un momento en el que se abren las hostilidades internas por los que van en las listas y sobre todo por los que no van.

Cómo se hacen las listas dibuja el futuro electoral de cada formación. El PP transmite la serenidad de los que se sienten ganadores y presentan un equipo de gobierno que incluso ficha fuera de casa. El PSOE transmite el nerviosismo del Titanic. Sólo hay escaños salvavidas para los pelotas de Sánchez. Vox, nadie nuevo y recolocación de los mismos, aspirando a un que me quede como estoy. Sumar, vetando líderes, dividiendo partidos y multiplicando conflictos. Todo muy cuqui.

Sánchez ha montado un carajal político y nos la ha liado a todos. Entre el voto por correo o el voto presencial, el carajal político nos afecta a todos.

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