THE OBJECTIVE
Jorge Vilches

¿Puede fallar un Estado democrático?

«La República francesa ha fracasado cuando el discurso buenista y multiculturalista, tolerante y abierto, se ha impuesto como un dogma intocable»

Opinión
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¿Puede fallar un Estado democrático?

Disturbios en Francia.

Los acontecimientos violentos en Francia nos llevan a la reflexión sobre el fracaso del Estado democrático en ese país. Las nuevas generaciones de franceses no creen en la identidad nacional, solo en su identidad de raza, sexo o religión. Y menos aún sienten un vínculo con la República; es decir, con el respeto y la salvaguardia de la libertad y de la democracia. La identidad francesa basada en la igualdad y los derechos se ha disuelto en identidades minúsculas que se muestran incompatibles. 

El desprecio de esa generación al sistema republicano y a los principios que lo animan es un fracaso del Estado francés, de su República, de toda una construcción basada en la ingeniería social y el intervencionismo. Han fallado la educación y la política cultural que tanta fama han tenido como instrumentos para inculcar una identidad republicana, al menos desde la Tercera República. 

El Estado francés no ha conseguido extender las costumbres públicas democráticas para construir ciudadanos cívicos y patriotas. La violencia no ha cesado desde 2005, gobernando Chirac, a pesar de eliminar los signos religiosos en los espacios públicos, como el burkini, de crear un Ministerio de Identidad Nacional e Inmigración, o retirar la nacionalidad a los terroristas condenados, como hizo el socialista Hollande. Y esto sin olvidar la violencia de los chalecos amarillos contra Macron y el sistema.

El Estado ha fallado, y la única solución que se oye es más Estado; esto es, aumentar la represión policial, endurecer la educación, instrumentalizar la cultura, intervenir en la sociedad, o subvencionar a grupos sociales. Resumiendo: perseguir, adoctrinar y comprar voluntades como formas de hacer ciudadanos republicanos. 

«Cuando se demuestra que el Estado ha fallado a la hora de establecer sólidamente la democracia, la gente pide más Estado»

Hay una evidente superioridad moral en considerar que los «pobres marginales violentos» se pueden comprar y educar; en definitiva, civilizar. Es la teoría del buen salvaje, pero en nuestras calles, a los vecinos o familiares. A este complejo podemos añadir una dependencia mental hacia el Estado tan fuerte que cuando se demuestra que ha fallado a la hora de establecer sólidamente la democracia, la gente pide más Estado para volver al orden. El estatismo es como el comunismo: la intención era buena, y si salió mal, la próxima vez saldrá bien. 

El axioma de que el Estado genera sus propios intereses, que son su supervivencia y bienestar, queda como una verdad irrefutable con el ejemplo francés. Ese Estado fracasado sobrevive aunque no sirva para cohesionar a la sociedad en torno a los principios liberales e igualitarios, a la paz y el orden, en la confianza en el prójimo, o no pueda forjar un patriotismo cívico. Aunque no haya conseguido lo que Jacques Maritain llamó la «fe secular democrática» (El hombre y el Estado, Ediciones Encuentro, 2023), en sus trabajos para preservar el culto a la República, esa adoración a la libertad, la igualdad y la solidaridad como pilares de un sistema nacional. 

Vamos con un dato. En agosto de 2022, el ministro de Interior francés, Gérald Darmanin, dijo que «los enemigos de la República no tienen cabida en la República». ¿Se refería a todos los que están predicando contra los principios republicanos? No. Eludía a la izquierda que cree que acabar con la sociedad tradicional y el libre mercado es una ventana de oportunidad para el socialismo del siglo XXI, y que por esto ve en los islamistas unos aliados circunstanciales. En fin, el ministro solo señaló al competidor más poderoso de la religión republicana, el integrismo islámico. 

El Estado francés ha fracasado cuando más medios materiales ha tenido, cuando la tecnología es más poderosa y omnipresente, cuando las políticas sociales tienen más presupuesto que nunca. Incluso cuando el discurso buenista y multiculturalista, tolerante y abierto, se ha impuesto como un dogma intocable. De hecho, cuando alguien pone en cuestión dicho dogma se le tacha de «ultra».

«Priorizar esas micro-identidades como formas de lucha interna ha disgregado la comunidad republicana»

El sistema que se hizo con el Estado solo pensó en sí mismo, y creyó que con políticas sociales, subvenciones y pagas, con servicios públicos gratuitos, iba a conseguir feligreses, personas fieles a la República. Se equivocó, como aquí en España. ¿Creen que regalando dinero a los jóvenes porque sí, como propone Yolanda Díaz de forma irresponsable, van a renegar de su identidad prioritaria -el sexo, la raza o la religión- y abrazar la República?

Esos jóvenes ven en el Estado francés y en su República una forma de vivir sin trabajar o de mejorar su existencia particular. Nada más. Fiaron la lealtad y el patriotismo al talonario y fracasaron. Tomaron la educación y la cultura como una fábrica de ciudadanos cosmopolitas con fijación en sus micro-identidades de choque, y el resultado es una sociedad rota. Ese ha sido el error, priorizar esas micro-identidades como formas de lucha interna, que a la postre han disgregado la comunidad republicana.

De hecho, los partidos tradicionales ya no existen en Francia. Macron es un hombre-partido que a su izquierda tiene el populismo destructivo y a la derecha la nostalgia, esa enfermedad del espíritu. ¿Qué hará el sistema? Pedirá más Estado, más inversión y subvenciones para integrar a esa generación en la República sin variar nada más, reproduciendo de esta manera un modelo que no funciona. 

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