THE OBJECTIVE
David Mejía

Élites y discriminación positiva

«Sustituir la noción de clase por la de raza es una jugada astuta de las élites para fortalecer su superioridad moral sin arriesgar su prevalencia económica»

Opinión
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Élites y discriminación positiva

Manifestantes contra la decisión del Supremo de EEUU de eliminar la discriminación positiva.

Coincido con Ricardo Cayuela: la sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos, que establece la inconstitucionalidad de la discriminación racial positiva en los procesos de admisión a las universidades, toca un asunto medular de nuestro tiempo. Unos celebran el ocaso de medio siglo de delirio identitario, y otros lamentan el principio del fin de una política de nobles aspiraciones igualitaristas. Esta última es la opinión mayoritaria de las élites liberales en Estados Unidos, escandalizadas ante lo que consideran un paso más en la deriva reaccionaria del país.

Estas mismas élites han sido incapaces de explicar cuándo, cómo ni por qué sustituyeron el ideal del daltonismo racial por el racialismo. Quizá la explicación está en que las políticas de igualdad que orbitan en torno a la identidad, descuidando la igualdad material, no alteran el orden social. Desplazar la noción de clase para sustituirla por la de raza es una jugada astuta de las élites para fortalecer su superioridad moral sin arriesgar su prevalencia económica.

«Es complicado digerir que existan víctimas multimillonarias y privilegiados pobres, pero así es la izquierda postmaterialista»

Fíjense, el 67% de los estudiantes de Harvard proceden del 20% superior de la distribución de ingresos, y sólo el 4,5% procede del 20% inferior. Pero estas cifras de renta resultan irrelevantes. Las políticas de la identidad sostienen que el hijo de Will Smith tiene más en común con el hijo de un pobre señor de Harlem porque ambos son negros, que con el hijo de Brad Pitt aunque ambos sean ricos. Para cualquier mente contaminada por el marxismo o por el sentido común, es complicado digerir que existan víctimas multimillonarias y privilegiados pobres, pero así es la izquierda postmaterialista. Cuanto más insiste en la diversidad racial, más descuida la diversidad de origen. Podríamos ser benevolentes y pensar que se trata de una estrategia errada, pero no es así. En Estados Unidos existe una correlación tan fuerte entre raza y pobreza que si los Comités de Admisiones optaran por discriminar por renta, la diversidad racial estaría garantizada.

Si las élites quisieran engrasar el ascensor social podrían dar mayor peso a las pruebas de acceso estandarizadas que a las pintorescas actividades extraescolares o las cartas de recomendación. Y por supuesto, terminar con las legacy admissions, o admisiones heredadas, que privilegian la admisión de los hijos de exalumnos. Es tanto lo que puede hacerse que sorprende que tantas universidades marchen en sentido contrario.

Algunas han eliminado los exámenes estandarizados pero mantienen las admisiones heredadas, ese nepotismo regulado para garantizar la supervivencia de sus dinastías. No es casualidad: se trata de no alterar el orden social y de no ceder un centímetro ante esos otros americanos que serían mayoría con un proceso ciego de selección. En los años 30, esos otros fueron los judíos, por eso Harvard y otras limitaban el número de estudiantes judíos admitidos. Hoy, esos otros son los asiáticos, que mantienen la fe en la cultura del esfuerzo y esperan, ingenuos, que les juzguen por sus méritos.

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