THE OBJECTIVE
Alfonso García Figueroa

Consenso sin lengua

«Las mayorías parlamentarias, raquíticas y volátiles, se tienden a conseguir a costa del interés general y por oposición a un enemigo no siempre real»

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Consenso sin lengua

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Al borde de su medio siglo, nuestra democracia presenta el aspecto inquietante de una fruta verde que se pudre sin haber llegado nunca a madurar. Hoy la sociedad española no parece lo bastante madura para afrontar siquiera una mera reforma constitucional, a pesar de (o quizá por) estar lo bastante podrida para necesitar con urgencia todo un nuevo consenso refundacional.

De un lado, nuestra sociedad no parece lo bastante madura porque, a través de sus representantes, la inmensa mayoría de los españoles se ha mostrado incapaz durante décadas de alcanzar acuerdos razonables a fin de garantizar a todos y en todo el territorio iguales libertad, derechos y prosperidad. Como sabemos, partidos de muy localizada implantación han abusado de su bisagrez para imponer a la mayor parte de los españoles medidas oportunistas, arbitrarias o terruñeras, que en justicia no pueden ser asumidas por todos.

De otro lado, la vida política española está podrida en el sentido de que, a más de mostrarse incapaz de alcanzar amplios acuerdos, últimamente las mayorías parlamentarias, raquíticas y volátiles, se tienden a conseguir a costa del interés general y de forma reactiva. Es decir, muy a menudo estas escuetas mayorías reúnen demandas tan heterogéneas y aun tan incompatibles entre sí, que su unidad solo se justifica por su oposición a un enemigo no siempre real, por lo demás. De ahí que singularmente las mayorías à la Frankenstein mantengan su integridad, merced a cainitas y guerracivilistas «cadenas equivalenciales», por recurrir a un concepto consagrado por el sumo sacerdote del populismo, Ernesto Laclau.

La polarización de los partidos políticos representa a su vez la consecuencia natural de esta tendencia. Algún politólogo ha llamado a los partidos populistas «partidos-espejo». Desde esta perspectiva, todo partido populista tiende a generar al otro lado del espectro parlamentario otro partido populista de fuerza análoga, pero de signo contrario. En Vox y Podemos, fundados casi al unísono, esa naturaleza especular parece obvia. La izquierda ha confundido con éxito electoral Vox y PP, cuando los excesos de Vox más bien reflejan los de su partido-espejo, Podemos y sus epígonos sumanderos.

«La política ha renunciado al consenso y los líderes han concentrado más poder que nunca»

Sabemos que a menudo lo exiguo del margen de las mayorías ha favorecido a las minorías nacionalistas, que se han dejado querer por PP y PSOE, acumulando más y más privilegios a una sobrerrepresentación que refuerza a sus beneficiarios en la ilusión arrogante de tener mejores razón y legitimidad que el resto de los españoles. Estos siguen, en cambio, sacrificándose leal, pero muy onerosamente, por el bien de la estabilidad política.

Si lo pensamos bien, la explicación de esta deriva se halla en buena medida en la populista demonización del consenso: el del 78, sí; pero también el de la filosofía política de Rawls, el de la filosofía moral de Habermas, el de quienquiera desee convivir en paz. Cuando la sacerdotisa del populismo (y viuda del sumo sacerdote Laclau), Chantal Mouffe, se pronunciaba en una entrevista hacia 2012 sobre el movimiento español de los indignados, se mostró muy escéptica. A su juicio, aquellas iniciativas estaban condenadas al fracaso por su naturaleza asamblearia. Concretamente, por decidir por consenso y carecer de líderes. Desde entonces, diríase que nuestros populistas de toda laya hubieran tomado buena nota: la política ha renunciado al consenso y los líderes han concentrado más poder que nunca.

Ante los riesgos que ahora se vislumbran tras las próximas negociaciones en la formación de Gobierno, es necesario reivindicar un consenso mínimo entre los dos grandes partidos. Los españoles no les pedimos a los señores Feijóo y Sánchez un fogoso beso como el que Brézhnev le plantó a Honecker, a mayor gloria del Muro berlinés. Sólo les pedimos que por una vez piensen en nosotros, los ciudadanos que les votamos y no en los partidos que nos niegan el pan y la sal. Tampoco es mucho pedir.

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