THE OBJECTIVE
Rebeca Argudo

Menos mal que no somos universitarios en La Rioja

«¿No vamos a poder ser groseros, blasfemos, impertinentes o insensibles con aquellos con los que tenemos confianza?»

Opinión
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Menos mal que no somos universitarios en La Rioja

Una persona utiliza whatsapp en un móvil. | Unsplash

Pues nada, que me quito de WhatsApp. Si a unos estudiantes universitarios de La Rioja les han abierto expediente informativo por los mensajes filtrados de un grupo, por si fueran constitutivos de delito, yo me bajo. Al rector, parece, le han tenido que llevar las sales por el disgusto, intolerable le parece, y anda animando a los estudiantes que se sientan ofendidos por estos mensajes (privados, recuerdo) a presentar denuncia contra los otros estudiantes. Un poco como quien recluta voluntarios para borrar la pizarra, pero versión chekas. 

A mí lo que me parece grave no es que los chavales en la intimidad de un grupo con amigos puedan decir que fulanita o menganita está de toma pan y moja, en los términos que lo haga cada uno según su particular sensibilidad. O incluso ausencia de esta. A mí lo que me parece grave es que se filtre esa conversación privada, primero, y que nos estén rapiñando los reductos íntimos en los que podemos despojarnos, desacomplejadamente, de esta asfixiante corrección política, puro postureo moralista de un meapilismo insoportable. Tampoco es cuestión de otorgarles una medalla al mérito a la caterva de hormonas desbocadas, pero déjenlos que camelen. Que sean en todo caso sus padres, de pillarles los improperios, quienes le digan aquello de «no he pagado yo un colegio privado para esto». Y ni eso, que ya son adultos. 

No me creo yo que el rector, en sus tiempos mozos, expresase su admiración por las kilométricas piernas de una compañerita de estudios con sonetos gongorianos de irreprochable sensibilidad y cero ánimo libidinoso. Ni el rector ni nadie. Yo la primera. Por eso cierro WhatsApp. Porque tendrían que ver ustedes algunos de los mensajes que me he enviado yo con mis amigos. Algunas cositas me parecen barbaridades a mí misma, pero son las que más risa me provocan. Tengo a mis amigos, de hecho, mandándome pantallazos de nuestros grandes éxitos. ¿Tacos? Los que quieran. ¿Groserías? Todas y más. ¿Maledicencias? Si yo les contara. No se libra ni Echenique. 

«Son los blasfemos los que ensanchan nuestra libertad de expresión y los pusilánimes los que la dinamitan»

Así que, entre el berrinche hiperventilado y sobreactuado del rector y la cerrilidad del alumnado, elijo a este último. A tope con cada «últimamente son todas muy putas» y cada «hay que partirles las bragas». Arriba los «buenorra» y los «quesito de cabra». No porque me parezcan obra cumbre de la literatura romántica o una contribución impagable a la lengua de Cervantes, ni falta que hace. Sino porque es necesario que ellos puedan decirlo para que todos podamos decir lo que nos dé la gana. Son los blasfemos los que ensanchan nuestra libertad de expresión y los pusilánimes los que la dinamitan. Y lo hacen de tal manera que ya no es que haya cosas que no se dicen en público, damos esa batalla por perdida (la libertad de expresión hoy pasa por la especial y particular emocionalidad de la más sensible del barrio o el más tonto de la clase, ahí hemos llegado). Pero sí en la intimidad epistolar de un grupo de WhatsApp o de la charla de mesa camilla. 

Respétennos al menos eso. ¿No vamos a poder ser groseros, blasfemos, impertinentes o insensibles con aquellos con los que tenemos confianza? ¿Con los que compartimos un tipo de humor o un momento de jolgorio desatado? ¿Tendremos que medir nuestras palabras a cada instante, por si acaso en algún momento alguien, por lo que sea, hace público algo que dijimos en pleno calentón y tenemos cerca a nuestro particular rector de La Rioja? ¿Cómo van a controlar que seamos siempre impecables en nuestras formas?¿Vamos a tener a un notario de Úbeda sentado a nuestro lado, con sus gafas de cerca y su rotulador rojo, marcando si hemos sido correctos en nuestro hablar a cada minuto y segundo? ¿Será obligatorio que todo grupo de WhatsApp incluya a un observador oficial que certifique que ningún participante se ha salido de madre? ¿Habrá verificadores de corrección? ¿Miraremos con resquemor a nuestros amigos por si alguno es uno de ellos de incógnito? ¿Crearán un Ministerio de la Moral? 

Yo, de momento, me quito WhatsApp. Me he despedido de todos con un «ahí os quedáis, putas». Menos mal que no soy universitaria en La Rioja.

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