La hibris revolotea sobre Vox
«Si sus votantes captan que por perjuicios puristas son un obstáculo para la marcha de Sánchez, muchos de ellos abandonarán a esta formación»

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Hay veces que cuesta entender a los políticos. A menudo están empeñados en labrar su propia perdición. Son presa de la desmesura. Es lo que entendían los griegos por «hibris», pecado de orgullo y de arrogancia. Plutarco afirmaba que «los dioses ciegan a quienes quieren perder» y, según Eurípides, «aquel a quien los dioses desean destruir primero lo vuelven loco». El poder ofusca a los humanos. La hibris arroja a quien la padece al exceso y al engreimiento, le fuerza a abandonar la justa medida, a sobrepasar los límites.
Da la sensación de que la hibris se ha apoderado de Vox y de sus dirigentes; van sobrados, sobredimensionan sus triunfos y olvidan quizás que se deben más que a sus méritos, a los errores y traspiés de Sánchez. Este ha hipostasiado el mal en lo que ha llamado la ultraderecha, situando en su posible advenimiento al poder, el origen de todos los desastres, infamias y retrocesos. Al tiempo se coloca él como el único capaz de enfrentarse y frenar el cataclismo que se puede avecinar con la llegada del imperio de la desolación.
Quizás en un primer momento, el discurso pudo tener eco, al menos entre un público con una estructura muy polarizada, sin matizaciones entre el bien y el mal. No obstante, con el paso del tiempo resulta difícil sostener esa anatematización cuando el PSOE ha pactado con los que han dado un golpe de Estado y con los que no reniegan, sino que más bien defienden la historia del terrorismo. Dos imágenes remarcan lo dicho. La primera, Mertxe Aizpurua afirmando en la tribuna del Congreso que un diputado de Bildu manda más que todo el partido mayoritario, es decir, que el PP. La segunda, la Organización Nacional de Afectados por la Okupación yendo a visitar a Puigdemont a Waterloo, conscientes de que es un prófugo de la justicia quien gobierna realmente en España.
Estas dos escenas desarman la posibilidad de éxito del discurso del miedo a la ultraderecha. Lo que pueden producir es el efecto contrario. Teniendo en cuenta lo que ocurre últimamente en casi todas las elecciones, que el voto en lugar de ser «a favor de», es «en contra de», la campaña de descrédito hacia Vox se está volviendo un bumerán. Se puede pensar que la repulsa de muchos votantes al sanchismo les conduce a votar a aquello que sospechan que pueda ser la antítesis del autócrata, lo que más daño le pueda hacer, ya que este se ha encargado de demonizarla.
No se puede afirmar que el voto a Vox sea un voto antisistema, aunque pueda haber algo de ello. Es más bien un voto rabiosamente antisánchez. Pero por eso mismo pisa un suelo muy resbaladizo. Si sus votantes captan que por perjuicios puristas son un obstáculo para la marcha de Sánchez, muchos de ellos abandonarán a esta formación. Lo quiera o no, la única vía que Vox tiene para acabar con el sanchismo es apoyando al PP; a no ser que piensen en el sorpasso, pero no creo que los votantes estén dispuestos a esperar tanto.
«Una de las pocas armas que le quedan a Sánchez es insistir en que el PP y Vox conducen a la ingobernabilidad»
Bien es verdad que en las elecciones autonómicas no está en juego, al menos de forma directa, la presidencia del Gobierno central, pero no es menos cierto que una de las pocas armas que le quedan a Sánchez es insistir en que el PP y Vox no se entienden y que conducen a la ingobernabilidad. Solo hay que escuchar a los tertulianos cercanos al régimen agarrarse como único argumento a lo difícil que lo va a tener el Partido Popular y lo mucho que va a tener que ceder ante Vox. Las primeras palabras que pronunció el candidato del PSOE tras las elecciones de Castilla y León fueron las de sugerir que habría segunda vuelta, queriendo indicar con ello que era imposible que los dos partidos de derechas llegasen a un acuerdo.
A Vox no creo que le pueda interesar la repetición de elecciones en ninguna de las comunidades que están pendientes de nombrar gobierno. Sus dirigentes, paradójicamente, debían recordar lo que le ocurrió precisamente a un joven Sánchez que prefirió con el «no es no» permitir que se repitiesen las elecciones de 2015 antes de consentir que Rajoy gobernase gracias a la abstención del PSOE. Perdió cinco diputados (pasó de 90 a 85) y el PP ganó 14 (pasando de 123 a 137). Es más, una vez que Sánchez fue defenestrado de secretario general, la gestora no tuvo más remedio que abstenerse para que no se convocaran nuevas elecciones, lo que hubiese acarreado una mayor pérdida de votos. Esta decisión le sirvió a Sánchez para acusar a la gestora de estar entregada a Rajoy y ganarles así las primarias.
Abascal debería considerar seriamente lo que Nietzsche escribió en Más allá del bien y del mal, «quien lucha con monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno», o la frase que se atribuye a Borges: «Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos». Existe la némesis. Hay quien piensa que el líder de Vox va adoptando las formas y las maneras de Pedro Sánchez: su mismo modo de expresión tajante, idéntica sumisión a su persona de la organización casi hasta anularla, liderazgo cesarista, posiciones dogmáticas, subordinación de los problemas territoriales de las comunidades autónomas a la política nacional, etc.
Este planteamiento de la dirección de Vox de condicionar la política regional a la nacional puede ser un impedimento de cara a los pactos que tienen que realizarse próximamente. Existe el peligro de que se empecinen en incluir materias que están lejos de las competencias de las autonomías. Existe un mal signo, la reiterativa afirmación de que pactan para garantizar el cambio. Pero eso es lo contrario de lo que han dicho los votantes. Es verdad que estos han castigado al PSOE, pero con ello parece que el cambio que reclaman es el de la política nacional, porque todos los gobiernos autonómicos y, por lo tanto, su política ha salido más que consolidada de las urnas. Las subidas que ha obtenido Vox en ningún caso han ido en detrimento del apoyo que ha obtenido el PP y de sus respectivos gobiernos.
«Vox, quiera o no, se va a encontrar ante la alternativa de votar al PP o bloquear la gobernación»
Vox, con el 17% o 18% de los votos, puede aspirar legítimamente a dejar su impronta en los futuros gobiernos, pero no a enmendar la totalidad de una política que parece haber obtenido el refrendo mayoritario de la población, y mucho menos contaminar y bloquear las políticas regionales con los problemas nacionales o europeos, que son insolubles a nivel territorial.
Vox, quiera o no, se va a encontrar ante la alternativa de votar al PP o bloquear la gobernación. Y es muy posible que sus votantes, por muy fanatizados que estén, no vean con muy buenos ojos esta última opción. Una cosa son los discursos teóricos, las propuestas maximalistas, la crítica, las arengas pomposas, los dogmatismos, y otra pegarse al terreno y hacer política. La política es el arte de lo posible, de las limitaciones y las restricciones, de la realidad, de ser consciente de la fuerza con que se cuenta y a cuánta gente se representa, de las mayorías y las minorías y, por lo tanto, de lo que uno puede pretender y exigir.
Los gobiernos regionales van a ser el ensayo de un previsible gobierno nacional, el crisol en que los votantes van a juzgar la aptitud de Vox no solo para ser un instrumento válido para desalojar del poder al sanchismo, sino para que el gobierno que lo sustituya sea consistente y capaz de poco a poco reconstruir el desastre que va a dejar el colectivo Frankenstein en todos los ámbitos. Desde luego, no va a ser una tarea fácil, pero por eso mismo tiene que ser un trabajo fino, de cirujano, sin prisas y sin precipitaciones, marcando prioridades. Ocho años de desastres, destrozos, fechorías, etc., no se solucionan en dos días.
Hay que esperar que la dirección de Vox no se deje llevar por la hibris, por la desmesura, por el engreimiento, por la creencia de que puede imponer el cien por cien de su programa cuando su apoyo electoral se reduce al 17 o al 18%. Hay que confiar en que la némesis de Nietzsche no funcione y Vox no caiga en la tentación de imitar a su enemigo, que no pretenda, presa del sectarismo, levantar un muro o mantener el existente con la única diferencia de cambiar el título de los ganadores y los perdedores. Que se olvide de la derechita cobarde. Que considere que hay que gobernar para todos y que, por encima de las guerras ideológicas (a las que, por cierto, la pertenencia europea deja muy poco margen posible), el objetivo primero a conseguir por un próximo gobierno es que España funcione.