La guerra de Irán y el mundo 'por si acaso'
«En su estreno, el mundo que viene será más caro y menos eficiente. Ojalá que, andando el tiempo, acabe al menos siendo más seguro»

Ilustración de Alejandra Svriz
Ayer cumplían dos meses del inicio de la guerra de Irán. El estrecho de Ormuz sigue cerrado y todos los analistas coinciden en que el impacto (o la disrupción, anglicismo muy de moda) sobre el abastecimiento de petróleo y gas es el mayor conocido hasta ahora: casi el 15% del suministro mundial de petróleo y el 20% del gas natural licuado (GNL). Pero ya se sabe que las medias globales solo cuentan una parte de la historia. Porque la gran mayoría del petróleo y del gas que sale del golfo Pérsico, atravesando el estrecho de Ormuz, lo hace con destino a Extremo Oriente. El 40% del petróleo y un tercio del GNL que se consume en Asia proviene del golfo Pérsico.
Comparativamente, Europa apenas depende del petróleo y del GNL que atraviesa el estrecho en un 7% y un 8% de sus importaciones, respectivamente. Y es que Europa compra el 60% del GNL que consume a los Estados Unidos, que se ha convertido en nuestro primer proveedor de gas por barco desde la guerra de Ucrania, desplazando al gas ruso. A día de hoy, los mayores proveedores de petróleo y gas de la Unión Europea son los Estados Unidos y Noruega. En esta guerra, la fragilidad europea más notable la encontramos en el queroseno (jet fuel) para aviación, que importamos de Oriente Medio y del resto de Asia en un 50%. Estas fuentes permanecen cerradas y andamos buscando otros suministradores en el entretanto, notablemente, ¡cómo no!, en los Estados Unidos.
Y es que no hay duda de que la industria norteamericana del petróleo y gas está ya experimentando (a dos meses apenas del inicio de los bombardeos) un crecimiento notable en su actividad y en sus beneficios. Las exportaciones de petróleo estadounidense aumentaron la semana pasada en un millón de barriles diarios, un crecimiento del 20% sobre los volúmenes de la semana anterior.
Al mismo tiempo, según afirma la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en su recientísimo informe sobre gas, la industria del GNL americana (que espera duplicar sus exportaciones de aquí al 2030) es la mejor posicionada para absorber una parte no menor del déficit de suministro del GNL pérsico. Este déficit se mantendrá en el tiempo mucho más allá del final de la guerra, hasta que se reparen los daños ocasionados por los bombardeos iraníes sobre la planta qatarí de Ras Laffan, que es la más grande del mundo. Todo esto es la muestra más palpable de la denominada American Energy Dominance, bautizada así por el presidente Trump, pero construida a partes iguales bajo presidentes demócratas y republicanos a lo largo de los últimos 15 años.
En un análisis muy fino de Jason Bordoff, este profesor de la Universidad de Columbia afirma en un artículo del Financial Times que los Estados Unidos no se podrían haber permitido una guerra como esta cuando en 2012 el entonces primer ministro israelí (un tal Netanyahu) viajó a Washington a pedir al presidente Obama que «neutralizara» la entonces incipiente amenaza nuclear iraní. Por entonces, los EEUU eran muy dependientes de las importaciones de crudo y no se podían arriesgar al cierre del estrecho de Ormuz.
«Desde 2012 hasta hoy, los EE UU han pasado de ser importadores netos de petróleo a ser exportadores netos»
Pero desde 2012 hasta hoy, han pasado de ser importadores netos de petróleo a ser exportadores netos (al multiplicar por más de dos veces su extracción), y se han convertido en el primer exportador mundial de GNL. No hay ejemplo más notable en el mundo sobre cómo un país ha alcanzado el santo grial de la «soberanía energética» en un espacio tan corto de tiempo. Según Bordoff, esta independencia energética es una variable clave para analizar el curso de la política exterior de la administración Trump.
La discusión en Europa sobre cómo alcanzar la «soberanía energética», sin embargo, provoca discursos muy distintos. Los hay que quieren pisar el acelerador de las fuentes de energía renovables, que son las que nos otorgarían la autonomía estratégica y estabilidad de precios de las que hoy carecemos.
El mercado les dará la razón con seguridad si los precios del petróleo y (sobre todo) del gas no recuperan sus niveles anteriores a la guerra. Pero no tienen razón los que en el Reino Unido se oponen a la concesión de nuevas licencias de exploración de petróleo y gas en el mar del Norte. Porque se olvidan de que no podremos deshacernos de los combustibles fósiles (o cuando menos del gas) en varias décadas y que necesitaremos seguir consolidando fuentes de suministro seguras.
¿Cómo habríamos salido de la crisis del gas ruso sin el recurso al GNL norteamericano? ¿Qué sería hoy de nuestra seguridad energética si no fuera por la apuesta sostenida de Noruega por esos mismos combustibles fósiles? Combustibles que, por cierto, la han convertido en el segundo suministrador de petróleo de la UE y el primero de gas natural. Al mismo tiempo, no podemos olvidar que más del 80% de las tecnologías clave de la transición energética y de sus cadenas de suministro (placas solares, baterías de litio, refinado de tierras raras, electrónica de potencia) están en manos de China.
«La guerra y su estela de precios altos contribuirán a la adopción de energías bajas en carbono (renovables y nuclear)»
Y ya vimos cómo, a lo largo del año pasado, China no dudó en recurrir a los controles a la exportación de tierras raras y sus productos derivados, poniendo en jaque a la industria de automoción europea en apenas unas semanas. No nos apresuremos a deshacernos de una dependencia energética para caer en otra.
Tomo prestada esta expresión eficaz: estamos pasando del mundo del just-in-time al mundo del just-in-case: del mundo globalizado y eficiente del «justo a tiempo», aquel mundo plano de Thomas Friedman, a un mundo del «por si acaso», un mundo fragmentado por rivalidades geopolíticas que se reconfigura para evitar un jaque al rey en sus cadenas de abastecimiento o en sus dependencias tecnológicas.
Sin duda, esta guerra y su estela de volatilidad y precios altos contribuirán a una adopción más rápida de energías bajas en carbono (renovables y nuclear) y, al igual que después de las primeras crisis del petróleo, a una mayor inversión en eficiencia energética. También se reforzará el consumo de carbón doméstico como alternativa al gas en la generación de electricidad, con el consiguiente aumento de emisiones de CO2.
Y, contrariamente a lo que algunos dicen, esta guerra traerá también más inversión en petróleo y en gas y en sus industrias derivadas. Porque los países asiáticos han tomado buena nota de la excesiva concentración de riesgos que tienen en el golfo Pérsico (al igual que lo hizo Europa con la guerra de Ucrania y el gas ruso) y promoverán el desarrollo de nuevos proyectos en otras geografías. En su estreno, este mundo «por si acaso» será más caro y menos eficiente. Ojalá que, andando el tiempo, acabe al menos siendo más seguro.
Nota sobre el apagón: este martes hizo un año del apagón de 2025. Sobre ello escribimos en nuestra última columna del 2 de abril, en la que nos preguntábamos: ¿cuándo llegará el momento en el que el ministerio o la CNMC se pronuncien sobre si imponen sanciones a Red Eléctrica o a los demás operadores del sector? Hace cinco días, la CNMC publicó una larga lista de expedientes sancionadores. El de Red Eléctrica destaca por ser el único incoado por «infracciones muy graves», invocando el artículo 64.25 de la Ley del Sector Eléctrico.