Larga vida al periodismo
«El periodismo que ha destapado la corrupción ha sido acusado de corromper la democracia por quienes presuntamente la han cometido, tapado o favorecido»

Ilustración generada mediante IA.
Gran parte de la información sobre la corrupción que hoy salpica al antiguo aparato del sanchismo (y que nos está dejando atónitos) no ha salido de una rueda de prensa, ni de una comisión parlamentaria, ni de una comparecencia voluntaria, ni de una oposición despierta, ni, por supuesto, de un súbito ataque de transparencia gubernamental. Ha salido de periodistas.
De Álvaro Nieto, Ketty Garat, Teresa Gómez y otros reporteros que, con sus exclusivas, han situado la podredumbre de la política en el centro del debate público.
Y lo han hecho contra el sistema, contra su coro de aplaudidores y contra no pocos medios que los acosaron, ridiculizaron, desacreditaron o ningunearon antes de verse obligados a rectificar. Soportaron presiones, muchas, pero siguieron ahí.
La paradoja es obscena: el periodismo que ha destapado la corrupción ha sido acusado de corromper la democracia por quienes presuntamente la han cometido, tapado, favorecido o convivido con ella. Es grave. Pero más grave aún es el silencio de buena parte de la profesión y de la academia.
Porque es cierto que la tensión entre poder y periodismo no es nueva; es, casi, estructural. A quien gobierna no le seduce ser vigilado y, de siempre, el poder ha tolerado mal la pregunta, la exclusiva y, sobre todo, la hemeroteca. Que el político intente domesticar al periodista no es nada nuevo bajo el sol.
«¿Qué ocurre cuando quien más amenaza la conversación pública es precisamente quien dice querer protegerla?»
Pero una cosa es esa tensión inevitable y otra muy distinta recurrir a estrategias de aroma totalitario: desacreditar al informador, convertir la crítica en amenaza, presentar la investigación periodística como conspiración o instrumentalizar causas nobles para levantar mecanismos de control.
Porque, echando la vista atrás, para defenderse del periodismo libre, la delincuencia política ha envuelto su miedo a la información en tres coartadas.
Primero, lo que yo llamo la «coartada higiénica»: regular causas limpias que pueden terminar sirviendo a fines cuestionables. Nadie niega que haya agitadores y maleducados, que la desinformación exista ni que Europa pida respuestas, pero la pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando quien más amenaza la conversación pública es precisamente quien dice querer protegerla?
Después, lo que puede etiquetarse como «la coartada de la torrentización»: insultar al periodista que pregunta, desacreditar al medio que publica… con escasa elegancia. «El ojete», la «fachosfera»… En política se puede ser casi todo, menos choni. Un poquito de clase, por favor.
«Las anotaciones atribuidas a Leire Díez sobre Prisa, si se confirman, son una radiografía obscena de la tentación del poder»
Por último, como se está comprobando, la «coartada de la fontanería editorial»: según las informaciones publicadas estos días, el entorno socialista no solo habría querido combatir relatos ajenos, sino también influir en relatos propios. Las anotaciones atribuidas a Leire Díez sobre Prisa, si se confirman, son una radiografía obscena de la tentación del poder.
Quienes fabricaban relato acusaban al periodismo de manipular; quienes chapoteaban en el fango acusaban a la prensa de ensuciar. Es la inculpación en espejo.
De esta crisis me quedo con una reflexión necesaria: España tiene un problema real con el periodismo. No porque sobre, sino porque no está bien protegido. La profesión sigue instalada en una zona gris: no exige colegiación, la autorregulación tiene poco músculo y cualquiera puede ponerse el disfraz de periodista para actuar como activista o influencer político.
«Cuando todo parece periodismo, resulta mucho más fácil llamar pseudoperiodismo a lo que molesta»
Esa confusión debilita al oficio y, peor aún, regala munición al poder. Porque cuando todo parece periodismo, resulta mucho más fácil llamar pseudoperiodismo a lo que molesta.
Urge ordenar el periodismo, pero no desde la Moncloa, ni desde la Mesa del Congreso, ni desde quien reparte carnés mientras busca la forma de que no le pregunten.
Ese debate debe darlo la profesión y la academia. Con reglas claras, garantías y deontología exigible.
No para domesticar al periodista, sino para protegerlo.
El poder corrupto teme a la información. Larga vida al periodismo.