El Gobierno abraza a la curia
«La cercanía de un escenario electoral y la necesidad del voto de los pensionistas explicaría su sintonía con la jerarquía católica y el abandono de su agenda laicista»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hubo una época en que la izquierda, particularmente el PSOE cuando se encontraba en el poder, recurría al ritornello de rozar con la Iglesia de Roma —o, por mejor decir, con su jerarquía en España, la Conferencia Episcopal— cuando por coyunturales razones electorales precisaba de la movilización de sus votantes. Cumplía entonces el choque con la curia católica lo que hoy sarcásticamente algunos vienen en llamar el «comodín Franco», maniobra consistente en desviar la atención de los problemas políticos tangibles con algo tan intangible, más de medio siglo después de la muerte del dictador, como es la necesidad de reparar ahora, simbólicamente, por la vía de exacerbar su visibilidad, una suerte de conciencia colectiva de las víctimas del franquismo («memoria histórica») o la reivindicación de sus opositores («memoria democrática»). El rifirrafe con los curas era, en definitiva, el «francoceno» (Pablo de Lora) de nuestros días: los males de la era franquista como explicación y causa última de los problemas de la actualidad.
Así, aunque estas tensiones con la jerarquía eclesiástica ya ocurrían desde los Gobiernos de Felipe González de 1982 a 1996 —e incluso antes, con la Ley del Divorcio de la UCD—, bien puede decirse que aquellos choques fueron más fruto del natural proceso civilizatorio de una España constitucionalmente aconfesional que consecuencia de estrategias electorales. Se trataba entonces de una primera y tímida despenalización del aborto en muy tasados supuestos o de la ordenación básica de la educación, con el establecimiento y regulación de la concertada, básicamente en manos hasta entonces de la Iglesia católica.
Es en los años de Rodríguez Zapatero cuando el actual papel de Franco como antagonista, catalizador y aglutinador de las bases de izquierda lo ocupa más marcadamente la jerarquía de la Iglesia. Eran ora unas declaraciones, ora una manifestación de intenciones, ora un proyecto de ley que tocara los temas sensibles para la Iglesia, y ya se veían nítidamente aflorar polarizadas las dos Españas detrás de las siglas de los dos partidos mayoritarios. En una sociedad cada vez más secularizada, chocar con la jerarquía católica activaba el núcleo duro progresista, el voto joven, urbano, formado y no religioso, que era entonces crítico para el PSOE.
También esta movilización funcionaba para el adversario, pues no han pasado tantos años y cuesta asimilar que, tan recientemente como en 2005, 20 obispos encabezados por el cardenal Antonio María Rouco Varela sacaran a la calle en Madrid a 200.000 personas (estimaciones de la propia Delegación del Gobierno) a manifestarse («La familia sí importa») contra las políticas del Gobierno socialista.
Traigo a colación todos estos antecedentes porque no deja de contrastar aquel comportamiento político de la izquierda entonces instituida con el espectáculo rayano en lo berlanguiano que está dando estos días la autodefinida «coalición de progreso» y su formidable aparato mediático en la cobertura de la visita a España del papa León XIV. Esos «especiales informativos» en TVE (660 profesionales dedicados de continuo) con nada menos que Pepa Bueno presentando retransmisiones intituladas como Santa Misa en la Plaza de Cibeles y posterior recorrido papal, Oración en la Almudena, Encuentro en el Estadio Santiago Bernabéu… Que el Gobierno más acusadamente escorado a la izquierda de la historia de la democracia se roce de esta manera —esta vez un roce casi concupiscente— con la curia y el pontífice máximo a la cabeza —«el Santo Padre», en piadosa expresión de Félix Bolaños o Yolanda Díaz— bien merece una reflexión.
«Sánchez como el boxeador noqueado que, no pudiéndose tener en pie, se agarra desesperadamente a su adversario»
Por supuesto, no faltan interpretaciones en el sentido de que no se trataría más que de una manera de desviar la atención mediática del carrusel de golpes judiciales que contra la corrupción y el juego sucio está vapuleando estos días al PSOE y al entorno del propio presidente del Gobierno: Pedro Sánchez como el boxeador noqueado que, no pudiéndose tener en pie, se agarra desesperadamente a su adversario.
Ocurre, sin embargo, que en tiempos de spin doctors, imagólogos y asesores de comunicación mandando sobre los actores políticos, poco o nada se deja a la intuición, y menos a las eventuales conversiones paulinas de los miembros de un Gobierno o a su coincidencia coyuntural con un mensaje papal tan previsible como melifluo: que las armas nunca edifican la paz como lo hace el diálogo, o que hay que acoger y respetar la dignidad del inmigrante ofreciéndole vías legales y seguras.
Y es que el voto mayoritario del PSOE ya no es aquel voto joven, urbano y con estudios de la época de Zapatero. Ese segmento ilustrado de votantes ya no vota al PSOE, cuyo principal pilar electoral hoy son los jubilados y pensionistas mayores de 65 años, especialmente los que viven en entornos rurales, pueblos y ciudades pequeñas, donde ronda el 35% o 40% de apoyo. Las generaciones nacidas antes de los sesenta del siglo XX tienen cierto grado de identificación católica, al menos desde el punto de vista cultural, aunque la práctica religiosa haya indudablemente descendido de manera drástica.
Son votantes que quizá no vayan a misa, pero que valoran las tradiciones, siquiera estética o emocionalmente, las fiestas locales y patronales, la educación concertada; son católicos socioculturales, en definitiva. Es más, por tanto, la cercanía de un escenario electoral y la necesidad de ese voto lo que explicaría esta sintonía del Gobierno con la curia católica —y el práctico abandono de su supuesta agenda laicista— que las coincidencias ideológicas con un Papa que, en puridad, no difiere en su mensaje esencialmente del de sus predecesores, Benedicto XVI incluido.
Así como un compungido Arias Navarro no hubiera, ni en sus sueños más lúbricos, podido imaginar que el fenecido régimen por el que lloraba resurgiría como supuesto oponente ideológico de la izquierda medio siglo después, menos pudo pensar el cardenal Tarancón que esa misma izquierda, después de legalizar el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la eutanasia, buscaría el voto de los católicos, siquiera social o emocionalmente considerados. Claro, que quién nos iba a decir a nosotros, sus contemporáneos, que el Papa actual, solo tres días después de llamar a «huir de enfoques identitarios», iba en Barcelona a soltar media homilía en catalán por exigencia, precisamente, de unos políticos cuya única razón política de existir es el enfoque identitario. Con razón fio luego Prevost la anhelada unidad a la Virgen María.