Productividad, costes laborales e inflación: un tridente peligroso
«Sin productividad, inversión y reducción de cargas no salariales, el resultado está siendo: más empleo nominal en términos estadísticos, pero menos horas efectivas»

Ilustración generada con IA.
La publicación de la Encuesta Trimestral de Coste Laboral por el INE correspondiente al primer trimestre de este año (con una cobertura muy completa en esta casa por parte de Víctor Recacha) nos ofreció un dato preocupante y, a la vez, muy revelador que tiene una triple cara: primera, las consecuencias que tiene la inflación sobre los costes salariales; segunda, los cambios en la fiscalidad y cotizaciones sociales que provocan un encarecimiento notable de la mano de obra y, tercera y última, diferentes movimientos de fondo en la economía que tienen como consecuencia un comportamiento negativo de la productividad por hora efectiva trabajada.
En el primer trimestre de 2026, el coste laboral medio aumentó un 4,9% interanual, hasta 3.278 euros por trabajador y mes; el coste salarial avanzó un 4,9% (2.404 euros) y los costes no salariales subieron un 4,8% hasta 874 euros, de los cuales, 803 son cotizaciones sociales obligatorias. En términos de coste por hora efectiva trabajada, en el primer trimestre subió 1,22 euros con respecto al mismo período de 2025, situándose en 24,88 euros. El coste por hora efectiva extra está en 20,36 euros y el coste salarial por hora efectiva es 18,24 euros.
A la luz de estas cifras, el problema no es que suban los salarios en un país que tiene un serio problema de renta real familiar. El problema es que suben en un entorno de productividad por hora trabajada insuficiente, con un fuerte aumento de las cotizaciones a la Seguridad Social y otros costes no salariales derivados de la subida del salario mínimo. Todo ello presiona los márgenes empresariales, generando un ‘círculo vicioso’ que impide subir salarios de forma general y solvente, sustentados en un crecimiento continuo de los beneficios empresariales.
Para evaluar de manera más completa tanto la situación de las empresas como de los trabajadores, es necesario revisar la evolución de los costes laborales unitarios. Dicho de otro modo: cuánto cuesta el trabajo por unidad producida mediante una comparativa europea. Según Eurostat, este indicador, que permite enlazar coste laboral y productividad, arroja unas cifras preocupantes en la comparativa entre España, la media de la Eurozona y las otras tres grandes economías del euro. Al cierre de 2025, el coste nominal español por hora trabajada era un 32,3% superior al de diez años antes, mientras que la media de la Eurozona era un 28,7% más, Francia (+19,8%) e Italia (+17,9%) muy por debajo del crecimiento español, y sólo Alemania claramente por encima (+37,6%).
Mientras los datos de empleo medidos de manera tradicional son positivos (en número de personas), el resto de los indicadores, tanto laborales como de productividad, muestran aristas de la realidad que los datos nominales no ofrecen. El dato relevante no es sólo que el empleo siga creciendo, sino cómo lo hace y con qué coste para la empresa. Entre 2015 y 2025, la productividad laboral real por persona está estancada (apenas un 0,3%), igual que Italia (0,4%), similar a Alemania (0,9%) y por debajo de Francia (1,3%) y la media de la Eurozona (2,6%).
Por consiguiente, España está encareciendo su factor trabajo más deprisa que buena parte de sus principales competidores (excepto Alemania), pero sin una mejora equivalente de productividad. Así, la subida salarial deja de ser una ganancia sostenible de renta y se convierte en una presión sobre precios, márgenes o empleo. La empresa que no puede trasladar el aumento de costes a precios pierde rentabilidad; la que sí puede hacerlo alimenta la inflación; y la que no puede hacer ninguna de las dos cosas busca fórmulas defensivas.
Si el coste por trabajador y por hora aumenta con fuerza, la empresa tiene incentivos a optimizar sus costes por otras vías: menos horas efectivas, más rotación, más contratos de menor duración real, más parcialidad, más automatización defensiva o más externalización. La evolución de las horas efectivas semanales de los trabajadores del sector privado permite precisamente mirar este fenómeno: no basta contar ocupados; hay que mirar cuántas horas reales se trabajan y qué estabilidad económica hay detrás de cada empleo. En la última EPA (primer trimestre de 2026) sigue reduciéndose: 31,3 frente a 31,7 en el mismo período de 2025.
«Al cierre de 2025, el coste nominal español por hora trabajada era un 32,3% superior al de diez años antes, mientras que la media de la Eurozona era un 28,7% más»
Por eso la discusión pública está mal planteada cuando se reduce a «suben los salarios» o «crece el empleo». La pregunta económica relevante es otra: si las empresas generan productividad y rentabilidad suficientes para financiar salarios más altos sin destruir competitividad. Si la respuesta es negativa, la subida de costes laborales acaba operando como un impuesto sobre la contratación formal: reduce margen, penaliza especialmente a pymes y sectores intensivos en mano de obra, y empuja a las empresas a contener el coste laboral por vías indirectas.
Productividad, costes laborales e inflación forman un tridente peligroso en el momento actual de la economía española. Se quiere mejorar la renta de los trabajadores, pero se carga sobre la empresa un aumento de costes que no siempre nace de más productividad ni termina íntegramente en salario neto. Sin productividad, inversión y reducción de cargas no salariales, el resultado está siendo exactamente el contrario al buscado: más empleo nominal en términos estadísticos, pero menos horas efectivas, menor estabilidad real y una economía empresarial con menos capacidad para pagar mejores salarios mañana.