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Manuel Arias Maldonado

Peeling Serra

«Jordan Peele y Albert Serra incorporan a sus películas un motivo visual de sobresaliente potencia metafórica y que dice algo acerca de nuestra época»

Rancho Notorious
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Peeling Serra

Albert Serra. | Europa Press

Han coincidido estos días en la cartelera española los últimos trabajos de dos presuntos heterodoxos; y digo «presuntos» porque ahí están los dos, el norteamericano Jordan Peele y el español Albert Serra, dando entrevistas y posando para los fotógrafos. Aunque eso no les convierte en ortodoxos, ni les hace rehenes de la misma industria contra la que dicen revolverse, parece razonable reservar esa prestigiosa categoría para aquellos individualistas de los que no llegamos a saber una palabra. Peele y Serra no se caracterizan por su discreción: son verbosos y gustan de componer sus respectivos personajes públicos. Se trata de una máscara que sirve para seducir a los medios y atraer al público, condiciones de posibilidad para la financiación de sus próximos filmes. Ahora promocionan Nope y Pacifiction, acaso sus mejores películas hasta el momento: Nope sigue a la ingeniosa Get Out! y a la plúmbea Us, mientras que Pacifiction se enfrentaba a mayor competencia tras los aciertos de Serra —siempre arriesgado, a veces irregular— en Historia de mi muerte y La muerte de Luis XIV. Conviene ir a verlas, ya que las dos perderán en la pequeña pantalla y no digamos en la pequeñísima del móvil: su hábitat natural es la sala de cine.

A primera vista, no podrían ser más distintas: Nope es un potencial blockbuster veraniego, mientras que Pacifiction viene de competir en Cannes y se presenta como muestra del «cine de autor» por antonomasia a lomos de sus 165 minutos de metraje. Sin embargo, emparejarlas resulta provechoso; sus respectivos directores han hecho declaraciones similares acerca de la necesidad de buscar un cine que se salga de las convenciones dominantes y se muestre dispuesto a crear imágenes susceptibles de producir un impacto perceptivo sobre el espectador. Serra, cuya persona pública recuerda por momentos la de un enfant terrible de la Nueva Ola francesa, sostiene que es un genio capaz de crear atmósferas insólitas e imágenes nunca vistas. Ante la sugerencia de que Pacifiction es su película más convencional, ha replicado que incluso si así fuera «siempre será infinitamente más osada y audaz que la totalidad, ya no del cine, que esto es casi una perogrullada, pero sí que mucho cine mundial bastante avanzado». Él mismo dice hacer —quedó claro con Liberté— «cine radical» en compañía de directores como Gaspar Noé, Lav Díaz o Béla Tarr.

Por su parte, Jordan Peele trabaja en Hollywood y ha realizado hasta el momento tres películas de género: cine de terror en Get Out! y Us y cine de ciencia-ficción —con elementos de terror y comedia— en Nope. El rendimiento en taquilla de sus obras nada tiene que ver con la marginalidad relativa en que se ha movido Serra: Get Out! costó poco más de cuatro millones de dólares y ha recaudado hasta el momento 255, la misma cifra que obtuvo Us tras hacerse por 20. No obstante, Peele dice cosas parecidas a las que dice Serra: en las entrevistas que ha concedido este verano, ha defendido un cine que pueda todavía «iluminar la vida» en oposición a una industria norteamericana que, dominada por los clichés y la animación digital, solo manufactura películas comerciales «cada vez más intrascendentes y pueriles». Al actual conservadurismo hollywoodense, que contrastaría con el cine de los 70 en cuyo espejo se mira el director en esta ocasión, Peele atribuye una dimensión política: sería un escapismo que quiere darnos gato por liebre. Menos mal que está él para remediarlo: «Mi cine no es políticamente correcto porque no hago lo que se supone que tengo que hacer». ¡Rebelde con causa!

Estrategias de posicionamiento al margen, Peele y Serra representan los dos caminos que —descontando los circuitos de la experimentación y la vanguardia— ha seguido la innovación formal a lo largo de la historia del cine: los del cine de autor y el cine comercial. Claro que sería ingenuo establecer una oposición tajante entre esos dos distintos ámbitos de actividad: también al cine de autor tienen que salirle las cuentas y no deje de tener sus convenciones reconocibles; es, si se quiere, una industria paralela. De la misma manera, Hollywood y sus émulos continentales han cultivado géneros y clichés sin por ello dejar de estimular la búsqueda de novedades artísticas; la evolución del sistema de estudios bastaría para demostrarlo. En su interior, los conflictos entre sistema y autor han sido inevitables: Welles, Ray, Peckinpah, Coppola. Otros realizadores, en cambio, se han adaptado con mayor habilidad a sus exigencias y han creado dentro de ella universos personales perfectamente reconocibles con independencia del presupuesto a su disposición: Hawks, Hitchcock, Lang, Spielberg.

¿Y quién podría decir que Nope pierde la batalla de las imágenes originales frente a Pacifiction o que nos presenta una trama menos imaginativa o desconcertante? Difieren sus texturas y sus ritmos; ciertamente, piden cosas distintas al espectador. Pero ambas permanecen en la memoria de este último gracias a la fuerza visual y la genuina singularidad de sus secuencias, reforzada en ambos casos por un diseño de producción que logra crear ambientes más o menos inéditos. Si una se desarrolla en la Polinesia francesa, o sea en la trastienda del extinto imperio francés, la otra lo hace en la retaguardia de Hollywood: un Los Ángeles que no es Los Ángeles y al que ya se había asomado recientemente Tarantino en la secuencia de Once Upon a Time in Hollywood que transcurre en el rancho regentado por George Spahn. Tanto Peele como Serra usan el humor para perfilar la tonalidad de sus películas, si bien Serra es más sofisticado: lo suyo es una ironía subterránea que solo en algunas escenas —las quejas de Ferreira, algunas frases del Alto Comisionado, el baile del almirante— adquiere una cualidad «chistosa» mucho más presente en los diálogos de Peele. Este último ha hablado de su voluntad de «restituir» en su cine a los olvidados de la historia, simbolizados en este caso por el jinete negro que aparece en una de las primeras películas de la historia y sin embargo sigue siendo un gran desconocido; en su excursión a la Polinesia, Serra arroja una mirada más descreída sobre la relación entre los antiguos colonos y los nativos isleños: no hay nada que restituir en un edén anestesiado donde la historia se detuvo hace mucho tiempo y ni siquiera está claro que los rumores sobre la reanudación de los ensayos nucleares que vertebran la trama sean algo distinto a una ensoñación paranoica del protagonista.

Hablar de atmósferas «inéditas» puede, no obstante, llamar a engaño. En las dos películas puede rastrearse la influencia —consciente o inconsciente— de otros realizadores. Adicto confeso al cine de género, Peele se ha referido en esta ocasión al magisterio de Spielberg y más en particular al Spielberg de los 70: en Nope hay referencias directas a Tiburón y Encuentros en la tercera fase, además de un parque temático del Oeste que por momentos recuerda al Westworld original y una sitcom donde la rebelión del chimpancé protagonista remite a Kubrick. Por fortuna, las incursiones de la criatura extraterrestre no destilan la artificiosidad habitual en la última generación de efectos especiales y la ingesta de los seres humanos que gritan desesperados desde sus entrañas estremece gracias a su sencillez. La metamorfosis final del alienígena durante el memorable «combate» con el gigantesco pistolero hinchable se adentra incluso en el terreno de lo poético: hay que aplaudir al director y a sus colaboradores por la belleza minimalista de su creación. Las contorsiones de la criatura extraterrestre, que pasa de tener el aspecto de una nave ovalada a recordarnos una medusa que extiende sus tentáculos de papel en las profundidades del cielo. Hablando de imágenes memorables, el tercio final de Nope abunda en ellas: los muñecos hinchables agitados por el viento, el jinete perseguido por el monstruo, el muñeco que se eleva por encima de las nubes guiñando un ojo a la eternidad. También la nube que no es nube y que permanece inmóvil en el cielo, trasunto del mar amenazante de Tiburón, pasará a los anales del género.

Pacifiction tiene asimismo sus precursores, pese a que una parte de la crítica ha repetido mecánicamente la frase del propio Serra acerca de la novedad de su propuesta. La película se aleja del cine habitual y es desde luego más «rara» que Nope, pero no por ello dejan de resonar en su interior los ecos de algunas obras ajenas. Este aficionado se ha acordado de Apocalypse Now, cuyo protagonista-narrador también vaga por una ex colonia francesa mientras medita acerca de la naturaleza del poder, pero también de la adaptación de Conrad que hizo Chantal Ackerman en Almayer’s Folly e incluso de la combinación de plano largo y colores nocturnos de que hace gala Nicholas Winding Refn en su serie televisiva Too Old to Die Young. Y quizá por encima de todos esté David Lynch, con la particularidad de que se trata de un Lynch autoconsciente e irónico que no podemos tomarnos del todo en serio: el personaje del norteamericano intrigante, los neones del local de copas, el extraño acto sexual al que se entregan el gigantesco indígena y la mujer blanca en el bar donde pone discos una sensual DJ… El memorable baile que se marca el diminuto almirante al final de la película, sacando a la pista a marineros y camareras, es asimismo deudor del realizador norteamericano. Y si bien hemos visto en la laureada Titane el baile de unos bomberos musculados, no olvidemos que Claire Denis fue la primera en formular visualmente esa idea — fue en Beau Travail, adaptación «colonial» del Billy Budd de Melville. Y por último, ¿cómo no ver en el parlamento final del enloquecido almirante galo la huella del Sterling Hayden que se entusiasmaba con la bomba atómica en Teléfono rojo? Dicho todo lo cual, Albert Serra podría venir y decirnos —como en el célebre gag de Annie Hall— que no he entendido nada. Y quizá tuviera razón.

Pese a la potencia visual de ambas películas y por mucho que Serra diga que él no tiene nada interesante que decir, en fin, no está de más discurrir acerca de los temas que cada una de ellas aborda. O sea: en especular acerca de los significados que pueden extraerse de sus respectivas tramas narrativas. Y por cierto, no debería exagerarse la «dificultad» de Pacifiction, película menos alambicada de lo que se supone; si a ratos parece oscura, se debe en parte la eliminación del metraje final de una historia paralela de tintes criminales protagonizada por Sergi López. En fin, ¿de qué nos hablan Nope y Pacifiction?

Ya se ha dicho que Serra filma la Polinesia con una ironía desenfadada: como si habitásemos el reverso grotesco de La taberna del irlandés o hubiésemos injertado el desencanto posmoderno en el mundo de Tabú. Sus planos iniciales no dejan lugar al equívoco: los containers que se acumulan en el puerto de la isla indican que la globalización ha llegado a la Polinesia, donde el Alto Comisionado se pase en Mercedes y se celebran campeonatos de surf. Esta última escena, quizá la mejor de la película, muestran la domesticación del entorno; las olas que en el pasado provocaban temor son hoy escenario de nuestros pasatiempos. Benoît Magimel, portentoso en la creación de su ambiguo personaje, se pasea subido a una moto de agua justo allí donde la ola deja de ser peligrosa; antes ha dicho que «aquí no ponemos límites a la felicidad». Su desempeño en el cargo oscila entre la seriedad (se niega a amañar la respuesta política que propone el nuevo líder local que organiza manifestaciones de protesta contra los posibles ensayos nucleares) y la frivolidad (despide a su secretaria para colocar en el cargo a una nueva amante). Del mismo modo, es consciente de representar al Estado francés en el confín del mundo y por ello recibe con alharacas a la escritora parisina que el Ministerio de Cultura envía para que presente su libro, pero no deja de implicarse en turbias maniobras que incluyen la sustracción ilegal de un pasaporte portugués. Sin embargo, no hay desesperación en Serra; su soterrado humor matiza cualquier atisbo de solemnidad. De ahí que el monólogo del Alto Comisionado en el interior del coche oficial no termine de funcionar, pese a que debería hacerlo: su brillante perorata sobre las vanas ilusiones de los poderosos, a la manera del Kurtz que especulaba frente a Willard en el corazón de las tinieblas selváticas, no acaba de concernirnos. Y es que el colonialismo europeo aparece aquí como una fuerza desgastada: el mundo entero ha sido unificado mediante la circulación global de mercancías y cualquier turista puede darse una vuelta por la Polinesia sin miedo a que le disparen un flechazo. No estamos ante el mundo desconocido y aventurero de Conrad, sino en las cercanías de Houellebecq; el paraíso no vibra, sino que apenas bosteza.

«Nope y Pacifiction demuestran que los caminos del cine no están cegados: aunque el espectador lleve más de un siglo sentado delante de la pantalla, todavía es posible sorprenderlo»

Nope se beneficia del menor empeño que ha puesto en esta ocasión su director en darnos una lección moral; una inclinación al recadito que lastraba Us hasta hundirla sin remedio. Peele dice que ha querido reflexionar sobre el cine como modo de representación y su influencia en la realidad: por acción y por omisión. Pero sus intenciones no tienen una expresión elocuente en pantalla, donde a menudo no sabemos a qué atenernos. Así, ignoramos de qué manera hay que interpretar el hecho de que para sobrevivir al ataque del extraterrestre debe evitar mirárselo de frente, cosa que los personajes hacen como si volviesen el rostro ante una cámara indeseada. Cámara en mano, la curiosidad mata al reportero de TZM que se aproxima a la finca donde el predador alienígena insiste en buscar a sus presas: ¿es metáfora de un cine que ha eliminado a los negros americanos de su registro visual? En cuanto a la historia del chimpancé violento, parece hablarnos sobre una industria dispuesta a instrumentalizar a un inocente animal con tal de enlatar unas cuantas risas, lo que a su vez conectaría con los caballos de la familia Haywood; aunque tampoco queda muy claro. La buena noticia es que este popurrí simbólico no entorpece el disfrute de la película, que elude la introspección psicológica —los personajes tienen incluso un punto caricaturesco— para centrarse en una acción primorosamente fotografiada por el holandés Hoyte van Hoytema.

Ahora bien: los dos cineastas incorporan a sus películas un motivo visual de sobresaliente potencia metafórica y que dice algo acerca de nuestra época. Se trata del agotamiento paulatino de las reservas mitológicas de la humanidad en esta fase tardía —el filósofo Antonio Valdecantos diría «póstuma»— de la modernidad. Y si digo «humanidad» en lugar de «sociedad occidental» es porque también los rituales de los nativos polinesios aparecen ya desligados del contexto en que nacieron y privados de fuerza espiritual: aunque la obra de teatro a cuyos ensayos asiste el Alto Comisionado —pidiendo a los actores interpretaciones más creíbles— dispone en escena a unas mujeres-gallina que asesinan a un hombre-gallo, una de las quejas de los líderes locales es que no se les deja entrar en el casino y las mujeres de la localidad se prostituyen en el submarino francés. Ya se ha dicho, igualmente, que la colonia sudasiática ha dejado de ser un espacio para la aventura: el Alto Comisionado se aburre y deambula por locales nocturnos donde ni siquiera se nos muestran perversiones llamativas.

En Nope, el parque temático del Oeste americano cobra importancia a medida que avanza la película, que ya se encontraba vinculada a ese mismo imaginario gracias a la vieja dedicación de la familia Haywood a la cría de caballos para el cine. Pero la era del Oeste terminó hace mucho tiempo y su propia representación cinematográfica es cosa del pasado; el western languideció hace décadas y apenas sobrevive por medio de producciones ocasionales. El parque temático es regentado por un ex actor de origen asiático que trata de hacer dinero mediante la evocación postiza de aquel mundo y es asimismo el primero en tratar de «monetizar» la aparición del alienígena ofreciéndole caballos como alimento y vendiendo entradas para el cruento show. Spielberg situó a los investigadores encabezados por Truffaut en un paraje similar, mientras que aquí se comercia con lo nunca visto.  Sin embargo, Nope permite la redención fantasmal de la mitología norteamericana por excelencia: gracias a la astucia de los protagonistas, el gigantesco muñeco hinchable del pistolero —que dispara mientras guiña un ojo— sirve de cebo que atraganta al extraterrestre hasta lograr destruirlo.

Nope y Pacifiction demuestran, cada una a su manera, que los caminos del cine no están cegados todavía: aunque el espectador lleve más de un siglo sentado delante de la pantalla, todavía es posible sorprenderlo. Y la sorpresa no está siempre —o no solo— allí donde se la ha anunciado.

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