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Reflexiones caóticas sobre la superioridad moral

Foto: ALVARO BARRIENTOS | AP

I

Ya que tenía que viajar a Lugo, me pareció que las obras completas de José Alfredo Jiménez podrían hacerme más llevadero el camino. Quizás algún día, si vamos ganando confianza, les contaré por qué quisiera haber sido un mariachi. Por hoy bastará con decirles que Dios puso en el mundo a los mariachis para hacernos creer que la vida cabe en un corrido, de la misma manera que puso en el mundo las campañas electorales para hacernos creer que la vida cabe en un programa electoral. Dado que el efecto de las campañas electorales se extingue pronto, hay que reconocer que José Alfredo Jiménez resulta a medio plazo más verosímil… aunque no tan verosímil como el himno de nuestro club de fútbol. Ya se sabe que en cuanto uno escucha el himno de su equipo de fútbol se le olvidan, como por ensalmo, todos sus problemas.

II

Maquiavelo decía que la política es hacer creer. Yo añado que en esto de hacer creer, un músico siempre le llevará la delantera a un lógico. Por eso los sofistas se esfuerzan tanto porque sus palabras suenen bien.

Lo que nos suena bien tendemos de manera espontánea a creerlo moralmente superior. Por eso lo votamos.

El voto que depositamos en la urna es, en parte, una delegación de soberanía y, en parte, una proyección narcisista de nuestro ego en lo que nos suena bien.

Gracias a que el narcisista se frustra fácilmente es posible la alternancia en la política moderna. El narcisismo de los votantes es sólido, mientras que su fidelidad es líquida.

III

@clorgu nos leyó el viernes pasado, en el Círculo Hermenéutico Estraussiano de Les Planes, las últimas palabras de Leo Strauss en su curso sobre la Retórica de Aristóteles: «Estaríamos en muy mala situación por lo que hace al conocimiento si fuera necesaria la más absoluta claridad acerca de las cosas fundamentales antes de tenerla sobre las secundarias. Ésa es nuestra extraña situación, que encontramos nuestro camino de un modo razonablemente correcto en éstas y no en aquéllas. Eso es algo con lo que debemos vivir».

A las cosas fundamentales hay que acceder con argumentos, para las secundarias, suele bastar con la música. Lo fundamental es el saber riguroso sobre lo bueno, lo bello, lo justo.

Lo secundario es lo bien o lo mal que nos suenan los discursos sobre lo bueno, lo bello y lo justo.

La política, recordemos, es hacer creer que tenemos la mejor música sobre lo bello, lo bueno y lo justo. Es decir, es una pugna musical por la superioridad moral.

IV

¿La enemistad y la ira, amigo -le pregunta Sócrates a Eutifrón-, qué diferencias las provocan? Examinémoslo. Si tú y yo discutiéramos sobre cuál es mayor entre dos números, ¿nos enemistaríamos por nuestras diferencias o nos pondríamos a contar para aclararlas?

Contaríamos, sin duda.

¿Y si discutiésemos sobre lo más grande y lo más pequeño, no lo mediríamos?

Así es.

Nuestras divergencias sobre el peso de una cosa las solucionaríamos pesándolas.
No hay duda.

¿Entonces, qué es lo que dificulta los acuerdos y fomenta las enemistades? ¿No nos enfrentamos por lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo? ¿No es por estas cosas, por las que nos enfrentamos sin poder alcanzar un acuerdo satisfactorio y acabamos enemistamos unos con otros?

Así es. Sócrates.

V

– Cuando alguien pronuncia la palabra hierro o plata -le pregunta Sócrates a
Fedro- ¿verdad que todos sabemos a qué se refiere?

– ¡Claro! –contesta Fedro.

– ¿Y cuando hablamos de justicia o de bondad? ¿No piensa cada uno en algo
diferente? ¿No discutimos sobre estas cosas con los demás e incluso con
nosotros mismos?

– Así es.

– ¿En cuál de los dos casos estamos más expuestos al engaño?

– Evidentemente en aquello en lo que estamos más perdidos.

VI

Como podría haber dicho Wittgenstein, de lo que no podemos hablar, mejor cantarlo.

La superioridad moral es una superioridad sobre lo bueno y lo justo, o sea, sobre cuestiones respecto a las cuales carecemos de escalas precisas de medición. Por eso la política no es hacer medir, sino hacer creer.

VII

Gómez Dávila decía que «la política es la ciencia de las estructuras sociales adecuadas a seres ignorantes». Yo en vez de seres ignorantes, prefiero hablar de seres a los que las cosas les suenan.

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