Laura Fàbregas

Rosalía y la xenofobia

"En Cataluña hay más editoriales y digitales en lengua catalana que lectores o consumidores dispuestos a pagarles"

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Rosalía y la xenofobia
Foto: Eric Jamison
Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

Twitter se divide entre aquellos que lo utilizan como herramienta profesional y los que, como grupos de monos, se lanzan en tromba contra los que osan tener criterio propio, encontrado la fuerza en el colectivo. Bastaba con unir a la Rodoreda pura cepa con la Rosalía pata negra para que la corte de palmeros sacara a relucir su xenofobia inherente. Pero, como dice Camille Paglia, ¿te insultan en las redes? Deal with it! La vida es dura. Y, mientras a mí me paguen por opinar, no voy a perder ni un minuto en contestar gratis.

Pero ha sido el amigo Bernat Dedéu que ha decidido replicarme —cobrando— desde un medio que sin subvenciones no existiría, y que confirma mi teoría. En Cataluña hay más editoriales y digitales en lengua catalana que lectores o consumidores dispuestos a pagarles. Es un mercado cautivo y ficticio del que viven periodistas, escritores y filósofos… Filósofos como Dedéu, que es así como se define: junto a Sócrates, Bernat Dedéu debe de ser el único filósofo sin libros publicados.

Entiendo, amigo Bernat, que equiparándote con Kant o Descartes la vida sea dura. Ir a Estados Unidos, regresar a la madre patria y que solo te quieran como tertuliano. Pero, repito, la vida es dura y aunque de niño te hayan dicho que eras el más guapo con tus dotes en la guitarra, nadie te debe nada. Asúmelo.

La ambición, en mayúsculas, es para los que tienen hambre. Y por eso Rosalía siempre será grande. Un hambre que nunca van a tener ni los niños pijos de l’Eixample o del Ateneu de Barcelona, y que se protegen en la endogamia, incapaces de conocer los bajos fondos de la vida y de la ciudad. Los verdaderos artistas, como los verdaderos intelectuales, son aquellos que se atreven a salir y a criticar la burbuja autorreferencial que suele formarse en cualquier grupo constituido bajo creencias y afinidades comunes.

Es Pasolini en los barrios populares de Roma de la posguerra. Con el hambre, el frío, la cárcel. Él, que les dijo a sus coetáneos del mayo del 68 que tenían cara de niños pijos. Es el George Orwell en París y Londres y sin blanca. Estos pocos artistas no salen de las subvenciones, más bien a pesar de ellas. El fundador del Taller de Músics, Luis Cabrera, explicaba que “desde un laboratorio no se pueden crear tres Rosalías”. El sistema cultural catalán, que por definición debería ser bilingüe, ha preferido ser la Real Sociedad al Barça

En contra de la creencia popular, el talento no suele eclosionar en escuelas hippies de libre enseñanza que subliman la espontaneidad. Sino de todo lo contrario. La creatividad fuera de lo común, además de resultar extremadamente excepcional, procede a menudo de una sexualidad reprimida, de los abusos y malos tratos, del autoritarismo de unos padres o del trauma. Son las limitaciones estrictas y no la vida fácil y hedonista la que facilita los logros creativos. Y todo ello, claro, debe ir acompañado de un inmenso esfuerzo y trabajo constante.

Pero no te preocupes, Bernat, que el resto tenéis las subvenciones para crear folclore, entretenimiento y críticas en los digitales.

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