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¿Será la democracia la última víctima?

"El mundo necesita más coordinación política, más dedicación a las verdaderas amenazas"

Foto: Adriano Machado | Reuters
Para qué insistir en que, salvo los muy ancianos que vivieron la II Guerra Mundial y quizá hasta la de España, el 99% de quienes habitan hoy Europa Occidental y Norteamérica jamás conocieron mayor –ni más desconcertante- catástrofe que ésta del coronavirus que nos tiene encerrados, temerosos, espectadores desde detrás de nuestras pantallas de la primera pandemia de estas dimensiones desde 1918. Entonces, con un mundo en guerra y un nivel científico muy inferior al actual, de la gripe mal llamada española murieron 50 millones de personas. Esperemos no llegar a nada parecido, sobre todo porque algunos países asiáticos han demostrado su capacidad para controlar en pocas semanas la enfermedad y quizá los europeos y americanos lo logremos también.
Lo peor es la incertidumbre… o quizá sea aún peor la sospecha de que este virus va a matar a muchos y a provocar una recesión económica que países en situación endeble como España superarán con gran dificultad. Pero a más largo plazo otra sombra terrible se cierne sobre nosotros, o sobre quienes sobrevivan: el entramado político sobre el que el mundo se ha ido instalando a tirones desde 1945 puede ser la última y mayor víctima del COVID.
Las mentiras y las debilidades de un sistema acomodado, tan generalizadamente corrupto como el actual, quedan crudamente expuestas por el drama que estamos viviendo. Las instituciones internacionales que aún tienen un sentido, como la Organización Mundial de la Salud, son ignoradas por países que, sin esa coordinación ni esa unidad de acción que supuestamente llevamos construyendo desde la última guerra mundial, responden cada uno por su lado. Y a veces de manera contradictoria, como ese locoide de Boris Johnson que empezó propugnando que los británicos se contagiasen y así quedarían inmunizados, antes de empezar a tomar medidas correctivas, forzado por las circunstancias.
Las correcciones tardías e ineficaces, como las españolas, van a dañar la sociedad y la economía y, se teme uno, a desprestigiar la política de esta era de mentiras generalizadas. ¿Se abrirá así la puerta, más aún, a extremistas y populistas? ¿O podrán reformarse y regenerarse las democracias… y no digamos los totalitarismos?
Cuando haya muerto la última víctima, aparte del duro panorama económico con el que nos encontraremos, ésa será la gran cuestión. El mundo necesita más coordinación política, más dedicación a las verdaderas amenazas –de la salud al medio ambiente-, más justicia, en fin: algo más parecido a un gobierno universal, que responda ante los ciudadanos y erradique de verdad la corrupción de esos privilegiados descarados que padecemos desde hace medio siglo.

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