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Simpatía por Joseph Roth

Joseph Roth fue uno de los primeros escritores en advertir (de) que aquello de los nazis iba en serio. Cuando exquisitos como Zweig todavía quitaban hierro a la supuesta patochada, el autor de La leyenda del santo bebedor señalaba ya el huevo de la serpiente que unos años más tarde, junto al comunismo, decretaría el infierno en Europa. No es baladí destacar que Roth era un socialdemócrata difuso pero duro. Contradictorio, eso sí, y con sus demonios a cuestas. Judío que se hizo católico. Fascinado por el imperio Austrohúngaro. Alcohólico alucinógeno con una lucidez increíble.

Soma Morgenstern escribió Huida y fin de Joseph Roth,  una biografía digna de un gran amigo. Y, como amigo, revela una verdad desmitificadora: Roth, pese a su relativa popularidad, nunca fue un buen periodista. Fue un cronista perspicaz y un narrador notable. La precisión, sin embargo, no era lo suyo. La precisión de papeles, quiero decir. Porque la precisión para detectar el horror quedó evidenciada.

Tuvo, además, el triste privilegio de ser uno de los primeros escritores incluidos en la pira inquisitorial del régimen nacionalsocialista. Por decadente. Se dio a la fuga sin fin hasta llegar a París, ciudad en la que fue un paria sin posibilidades de trabajo. A diferencia del citado Zweig, de Primo Levi o de Walter Benjamin, el suicidio de Roth careció de trascendentes connotaciones ideológicas. Tal vez por su lentitud y porque se produjo a manera de ataque al corazón cuando se dirigía a la barra de una tasca de mala muerte a pedir su primera copa del día.

Ahora que el despreciable compendio de maldad Mi Lucha vuelve a ser un best-seller no estaría de más volver a La marcha Radetzky de Joseph Roth. Una novela pulcra y emocionante de un tipo que supo ver como pocos lo cerca que Europa queda del averno.

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