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Opiniones libres de algoritmos

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Solo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria

“Habitamos un mundo donde la discusión entre patriotismo soberanista y cosmopolitismo liberal es seguramente el debate más importante tanto en la teoría política como en su práctica”

Foto: Reuters

Tendría yo unos diez años cuando me topé con mi primer independentista. Fue en Gandía. Charlaban mis padres con el recepcionista del hotel en que veraneábamos, como buena familia ochentera de clase media, y entonces él lo dijo. “Yo es que no me siento español. No quiero serlo”. Me resultó un poco extraña la expresión. ¿Qué era “sentirse” español? ¿Por qué ese no hombre no quería pertenecer al país que acababa de endosar 12 goles a Malta? Entonces recordé que a mí también había cosas de mi Salamanca que no me convencían del todo. Sobre todo, la gastronomía. Supuse que por tanto yo tampoco me sentía del todo salmantino: no me gustaban ni el farinato, ni el hornazo, ni los chochos. (Todos ellos son alimentos típicos de Salamanca. Los chochos son unos dulces). En eso debía de consistir no querer ser de tu lugar, sí.

Más adelante descubrí que el problema era algo más grave. Lo notabas si viajabas a Cataluña. Decías que venías de afuera (o lo revelaba tu acento) y unos cuantos te miraban ya distinto. Si decías que eras de Salamanca (estaba de moda por entonces reivindicar documentos del Archivo de la Guerra Civil sito en mi ciudad, “los papeles de Salamanca” los llamaban) la mirada se acibaraba. Albert Boadella ha hablado de la típica sonrisa nacionalista, esa que se emite (cito) “apretando el culo, no es la risa con la que uno se relaja”. Yo, en vez de por las sonrisas, detecté algo raro en las miradas.

Como uno es de natural lector, me puse enseguida a devorar libros sobre el asunto. ¿Por qué me miraban así? Y, sobre todo, ¿habría algún modo de remediarlo? Leí a Gellner y a Kedourie, a Anthony Smith y algo de Fichte. Pero también, claro, me ocupé de los que escribían sobre nuestros propios nacionalistas. Eran ya los años 90 y primeros 2000, así que es fácil deducir qué autores venían desde librerías y bibliotecas en mi ayuda: Fernando Savater, Arcadi Espada, Iván Tubau, Antonio Elorza, Mario Onaindia… Seguro que olvido otros igual o más importantes. Cuando buscamos ávidos respuestas nuestras lecturas no son siempre sistemáticas.

Aunque se trata de escritores asaz distintos, todos ellos compartían rasgos a los que entonces no di demasiada importancia. Casi todos provenían de ideologías como la comunista, la abertzale radical o más allá; y solían etiquetarse aún como izquierdistas. Todos ellos pensaban que el problema con el nacionalismo catalán o vasco era que aún creyeran en naciones; todos ellos consideraban, como buenos progresistas, que la historia del mundo avanzaba inexorable hacia un tiempo mejor, en que las patrias serían progresivamente olvidadas, en que la Tierra entera se uniría bajo ideales cosmopolitas, y todo lo nacional quedaría arrinconado como pueblerino, paleto y reaccionario. Las patrias eran malas; la ONU era buena (o eso intentaba). Ese era el error de los nacionalistas.

No deberíamos juzgar demasiado severamente esa mentalidad compartida. En primer lugar, mucho habían hecho ellos por desembarazarse de los aspectos más sórdidos de la extrema izquierda; quizá resultaba demasiado pedirles que se zafaran también de aquel par de estrofas (“El género humano / es la Internacional”) de la canción homónima (la Internacional). Por otra parte, se trataba de personas que, a diferencia de mí, habían padecido el franquismo: es razonable que la matraca patriótica les recordara aquellos tiempos, y por tanto intentaran defender España sin defender la patria española. O incluso defender España sin defender España: posición, en principio, misteriosa, pero que solía resolverse echando mano de que uno defendía “la Constitución”.

No desprecio por tanto aquella estrategia, que desembocaría unos pocos años más tarde en partidos como UPyD (2007) o Ciudadanos (2006), e incluso la insinuaría Aznar en 2001 cuando abogaba por un “patriotismo constitucional”. En Alemania, país con evidentes problemas para reivindicar su pasado (no ya solo el nacionalsocialista, sino el que hace dos siglos inventó con Fichte y Herder el nacionalismo cultural, el Espíritu del Pueblo y demás mitologías), algunos filósofos habían ideado esa misma salida para defender el patriotismo sin ningún eco de tan tétrica historia. Dolf Sternberger acuñó el término “patriotismo constitucional” en 1979, y Jürgen Habermas lo popularizaría por todo el mundo después.

Ahora bien, mientras muchos de nuestros intelectuales y políticos andaban con sus problemas para reivindicar España directamente, el mundo seguía adelante. Seguían adelante los nacionalistas, aplicando en sus territorios el viejo método inventado en el siglo XIX para construir naciones. Nada nuevo: copar la educación, remontar la historia de la nación asediada unos cuantos siglos (mínimo, hasta el Medievo), invadir el espacio oficial y público de simbología, privilegiar las lenguas minoritarias, señalar a traidores, coquetear con (o abrazarse apasionados a) la violencia. Seguía adelante también el mundo: aunque en los años 90 Fukuyama pronosticó que ya se acababa la lucha ideológica y el orbe entero acabaría unido bajo la bandera liberal, un par de décadas más tarde ya no se creía eso ni él.

Y entonces se precipitó todo. En 2016 vencieron sendas votaciones Donald Trump y el brexit, lo que demostraba que ni siquiera los anglosajones, los llamados a dominar bajo la égida de su idioma la nueva Cosmópolis, tenían mucha fe en esta. En septiembre y octubre del año siguiente se produjo el golpe catalán: el parlamento de una región autónoma española declaraba su secesión. La estrategia hasta entonces predominante de combatir los separatismos con cosmopolitismo y constitucionalismo aséptico (podía verlo ya cualquiera) no estaba resultando del todo bien.

No es que algunos no nos lo hubiesen advertido. Un filósofo de la talla de Gustavo Bueno había reivindicado una noción de patria “muy materialista”, alejada de cualquier ensueño idealista alemán. Ahora bien, cuando uno de sus mejores discípulos, Pedro Insua, le planteó a Savater hace doce años qué opinión le merecía esa idea de España materialista, este respondió literalmente: “La idea de España me la sopla”. Solo importaba la Constitución.

También José María Marco nos había advertido de la futilidad del empeño de mantener una nación sin connacionales. Y seguramente de nuevo olvido a otros autores relevantes. Lo que está claro es que ya no podemos prescindir de ellos, ni nos la pueden soplar. Hoy, en 2019, habitamos un mundo donde la discusión entre patriotismo soberanista y cosmopolitismo liberal es seguramente el debate más importante tanto en la teoría política como en su práctica. Pensar, todavía, que Fukuyama lo dejó resuelto en 1992 resulta ingenuo. Creer que las patrias son solo cosa antañona, ciego.

¿Qué huestes copan el bando cosmopolita? No son escasas ni débiles: en general, muchas de las elites mundiales, tanto políticas como comerciales, abogan por un mundo de fronteras lábiles o inexistentes, de intercambios económicos veloces, de poblaciones que pueden desplazarse y asentarse en un lugar u otro según le resulte más provechoso a la economía. Un poco como las grandes empresas mueven a sus ejecutivos expatriados hasta la subsede que más les convenga.

Esto, sin embargo, deja a muchos de los occidentales que antiguamente se habrían adscrito a la izquierda (obreros, clases desfavorecidas, clases medias bien asentadas en su territorio) en el otro bando. El bando de los que necesitan protección, y no la esperan ni de las grandes empresas ni de la ONU ni de los que dominan el cosmopolitismo actual. Lo narra Christophe Guilluy en su último libro, No society, que no en vano está cosechando éxito en uno de los países más convulsionados por los nuevos tiempos: Francia.

La disputa, naturalmente, tenía que llegar a España y mezclarse con nuestras propias cuitas nacionales. Citando a Ledesma Ramos, aludió a ella Santiago Abascal durante el debate electoral del lunes pasado, con la cita que titula este artículo. La reciente premio Nacional de Narrativa, Cristina Morales, cuya ideología no es que sea del todo afín a la de Abascal, ya había usado profusamente párrafos del mismo Ledesma Ramos en una novela de 2013, Los combatientes. Cuando suceden esas coincidencias es que algo pasa. Quizá la patria no tenga solo que ver con el farinato, el hornazo y los chochos (que son un dulce salmantino), tal y como pensaba yo a mis diez años. Quizá tenga mucho que ver con todos nosotros.

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