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Teatro del absurdo

Seis veteranos de las Islas Malvinas (tres británicos y tres argentinos) escenifican lo que esa guerra hizo con sus vidas. Nota al pie: no estamos ante actores que interpreten el papel de veteranos

Foto: AP | AP Images / Archivo

Teatro documental, ¿es eso posible? Intrigado, me llegué un martes de hace dos semanas al teatro Lliure, donde la dramaturga argentina Lola Arias, precursora del género, presentaba su obra Campo minado.

Resumen del argumento: seis veteranos de las Islas Malvinas (tres británicos y tres argentinos) escenifican lo que esa guerra hizo con sus vidas. Nota al pie: no estamos ante actores que interpreten el papel de veteranos, sino ante veteranos de verdad, ante seis individuos que entre abril y junio de 1982, en una de las contiendas más absurdas del siglo XX, combatieron cuerpo a cuerpo por la soberanía de un paraje desolador, un gran resort para pingüinos ubicado a poco más de 1.000 kilómetros de la Antártida.

En una de sus más célebres sentencias, Borges comparó esa enfrentamiento con dos pelados peleando por un peine, y dijo de las Malvinas que lo mejor que se podía hacer con ellas era regalárselas a Bolivia para darle salida al mar. En el conflicto perdieron la vida más de 900 soldados, de los que aproximadamente 650 eran argentinos, la mitad de los cuales pereció en el hundimiento del crucero General Belgrano.

Rubén Otero, uno de los supervivientes del naufragio, vuelca su peripecia sobre el público con la imagen del buque como telón de fondo: “Tiramos la balsa al agua. […] Tengo que saltar y no caerme al agua. […] Empujamos con las manos el casco. Tenemos que separarnos para que en el momento en que se hunda no nos trague y nos lleve al fondo del mar”. En la actualidad, Rubén toca la batería en Get Back, una banda de tributo a los Beatles. En los conciertos, suele llevar una remera que dice “Malvinas argentinas”.

Tal es la clase de materiales que estos hombres arrastran sobre el escenario, en una estiba horrísona, imperfecta, turbadora. No son actores, insisto, sino una suerte de instancias memoriosas al servicio de un relato construido con sus despojos, un monumental psicodrama que tiene a su autora en Lola Arias del mismo modo en que Limónov tiene a su autor en Emmanuel Carrère. La comparación no es baladí. Como LimónovCampo minado se asoma a la cara B del mundo, y lo hace en tiempo real, con los periódicos y YouTube como backup.

No obstante, y a diferencia de Carrére, Arias no rehúye la cuestión de si sus biografiados llegaron a matar a alguien. Es lo que siempre les preguntan a los performers en los colegios a los que acuden a dar charlas. La respuesta llega en forma de descarga hardcore, con Lou, ex Royal Marine reconvertido en profesor de niños con necesidades especiales, como vocalista:

¿Enviarías a tu hijo a la guerra?

¿Alguna vez viste a alguno de tus amigos intentando suicidarse?

¿Sostuviste a un hombre moribundo entre tus brazos?

¿Alguna vez visitaste la tumba de un amigo con su madre?

¿Lo hiciste?

¿Alguna vez fuiste a la guerra?

Tras los sobrentendidos, cae el telón.

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