Manuel Arias Maldonado

Un día en el circo

"Acaso no haya mejor expresión del deterioro de nuestra esfera pública que los vídeos del programa televisivo de Risto Mejide que circulan estos días por las redes sociales, donde podemos ver el tratamiento que allí se daba a la amenaza del coronavirus"

Opinión

Un día en el circo
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Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Acaso no haya mejor expresión del deterioro de nuestra esfera pública que los vídeos del programa televisivo de Risto Mejide que circulan estos días por las redes sociales, donde podemos ver el tratamiento que allí se daba a la amenaza del coronavirus antes del 8-M. No es que Mejide sea el único que incurrió en una temeraria minusvaloración de la peligrosidad de la epidemia, ni que estuviera solo en la ridiculización de quienes advertían sobre ella; ni mucho menos. Pero merece resaltarse la desenvoltura con la que este señor y sus guionistas hacían bromas sobre un virus que había segado vidas en China e Italia y ya empezaba a hacerlo en España. Por desgracia, nada de eso parecía impresionar a estos mercaderes del odio: la salud pública podía sacrificarse alegremente en el altar del entretenimiento tribal.

No hay así en esas emisiones ni la más mínima concesión a la prudencia o la duda; solo hay chistes y un aire general de suficiencia ante una realidad que se considera moldeable como un relato. Hoy aquellas risas enlatadas pueden oírse mientras se leen las estadísticas oficiales, que por el momento nos sitúan -hoy lunes serán más de 17.000 muertos- a la cabeza del mundo en número de fallecidos por millón de habitantes. ¡No se podía saber! Bueno. Pero si fuera el caso, que la evolución de la cercana Italia por esas fechas desmiente fácilmente, tampoco se sabía que uno podía reírse del virus sin consecuencia alguna. Si no se sabe, no se sabe. Y no es precisamente un énfasis en la incertidumbre lo que encontramos en esos programas.

Desde entonces, nuestras televisiones no han emitido ninguna disculpa pública; tampoco se ha despedido a ninguno de sus histriones: ahí siguen. De manera que el gran carnaval continúa su marcha y las críticas que se le dirigen son despachadas con una pueril alusión a los «capitanes a posteriori». O sea: quienes alentaron irresponsablemente la despreocupación de ayer se consideran capacitados para seguir dando lecciones hoy. Y bien pagadas: el gobierno ha decidido premiar a las cadenas privadas españolas con 15 millones de euros, dando así pie a la inquietante sospecha de que carecen de la independencia necesaria respecto del poder político para poder cumplir su función democrática.

¿Extraerá la sociedad española alguna lección acerca del valor de sus mecanismos de formación de opinión pública? Ya que no paramos de decir que la vida nunca será igual, podríamos empezar por dar la espalda al infotainment que degrada nuestra conversación pública. Esto, me temo, no tiene nada que ver con los bots que el gobierno dice querer perseguir: hay fosas sépticas más profundas. Y están a la vista.

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