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He is back. Vuelve. La plaza del Museo del Reina Sofía es a Pablo Iglesias lo que a Rocky Balboa las famosas escaleras del Museo de Arte de Filadelfia. Cuando Rocky llegó arriba, todo el mundo vio cómo se superaba a sí mismo, incluso antes de celebrarse el combate. Iglesias lo hizo en esa plaza tras las elecciones europeas de mayo de 2014, con apenas cinco meses de existencia.

A través de sus películas hemos visto la evolución de Rocky que crece junto a Stallone, se consolida y enseña el desarrollo de su entorno, en este caso la industrialización de Filadelfia. En el caso de Iglesias, el auge del politólogo que junto a su grupo de la universidad entra decidido en política impulsado por un movimiento con ganas de “empoderar” a la sociedad. En palabras de Iglesias: “Pensar políticamente en clave televisiva” y construir un liderazgo mediático”. “Sin el segundo, el primero no habría sido posible”, confesó meses después el líder de Podemos.

Los discípulos de Platón piensan que la teoría prepara para la práctica y en cierta medida la supera. Y que para ser político nada mejor que ser politólogo. El mexicano Gabriel Zaid afirmó que la universidad otorga credenciales para escalar en la pirámide de poder. Sin embargo, en América Latina y a partir de la construcción imaginaria de la universidad como nueva iglesia, varias generaciones de estudiantes buscaron imponer a la realidad la maqueta ideal de la sociedad perfecta, tal y como recuerda Enrique Krauze en ‘El pueblo soy yo’, y el experimento fracasó por falta de práctica y no comprender la realidad cambiante.

“Iglesias lleva días preparando este acto con mucho mimo”, señalan voces cercanas al líder de Podemos. Desde el partido tienen la orden de hacer este acto “multitudinario” y a través de chats invitan a amigos y conocidos a que sigan la cadena: “Cuanta más gente venga, mejor”, escriben en estos mensajes. Iglesias vuelve a terminar lo que empezó, ahora lo llaman “reinventar la izquierda”. Vuelve a dar la cara tras la caída de su estructura, vuelve para asumir el resultado en las urnas y, dependiendo de ese resultado, vuelve para orquestar (o no) un futuro Vistalegre III. Un tercer proceso para no revalidar su cargo, entendiendo que su tiempo ya pasó.

En España la política se feminiza y Montero viene con prisa. Quien avisa no es traidor y la portavoz de Podemos en el Congreso avisó la semana pasada. Sus primeros mensajes van en sintonía con su proyecto “la nueva izquierda” que habla de “coralidad, feminizar y reducir hiperliderazgos”.

Iglesias vuelve enseñando los dientes; vuelve con la lección medio aprendida: en política no hay amigos y si no comparte el cartel con el que su equipo anunció la vuelta, lo hace saber y retirar de inmediato. Sin embargo, no es muy inteligente airear las piedras que tiras a tu propio partido. Los toques de atención se dan en privado. Un detalle que no ha sentado nada bien a una parte de Podemos. Aquellos que decidieron en su día no unirse al coro de los que alaban el traje nuevo del emperador y resisten los embistes de sus propios compañeros para purgar al “topo”.

Pero hasta la vuelta de Iglesias aún queda una semana para jugar a la revolución desde la buena vida, a la guerrilla de salón, y dar rienda suelta a las voces olvidadas. Sin criterio ni razonamiento, sin capacidad crítica ni ambición ética. Simple ramplonería electoral hasta que el jefe ponga orden. Podemos contra Podemos, Podemos contra Errejón, como barco sin rumbo. Errejón no tiene espacio “entre Gabilondo y Podemos”, señalan para añadir que su ambición ha puesto “en peligro el Ayuntamiento de Madrid”. Y así pasa la precampaña.

Vila-Matas recuerda a Tabucchi cuando habla del mundo ficticio creado por Berlusconi en Italia, gracias a su imperio televisivo y mediático. Cuenta cómo los italianos cayeron en ese show de Truman del que no saldrían en años por mucho que Berlusconi se hubiera largado. No hay que olvidar, decía, que el show había producido leyes y las responsabilidades de quienes habían sido condescendientes con tan grotesco espectáculo. Tabucchi huyó a la isla de Corbo, la más remota de las Azores. Aquí el ciudadano de a pie no puede huir del bombardeo electoral, solo pide elevar el listón ético para poder ir a votar con dignidad. Vuelve, le piden los suyos.

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