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El buzón secreto

Asalto en Nochevieja y el libro que me robaron

El director del servicio secreto conocía el contenido de mi manuscrito antes de publicarse

Asalto en Nochevieja y el libro que me robaron

Libro abierto. | Unsplash

Un día de Nochevieja, como el de hoy pero hace 25 años, me pasé la mañana enfrente de un ordenador, nada excepcional, escribiendo mi siguiente libro. Unos cuantos meses después, al llegar a las librerías, se titularía KA: licencia para matar, una idea tomada de James Bond, a quien hace un año le tomé prestado también otra idea, esa de Al servicio de Su Majestad

Aproveché las escasas horas libres navideñas que me dejaba mi familia para avanzar en el texto de un libro que entraba por primera vez en el mundo de los agentes operativos españoles. Estaba culminando el primer texto siguiendo la costumbre de escribir con absoluta libertad, sin plantearme si los asuntos conflictivos los debía o quería publicar, ya fuera por cuestiones de confirmación de datos o por valoraciones personales.

Por la noche, mi familia y yo nos fuimos a tomar las uvas fuera de casa y al regresar nos metimos en la cama agotados, cosas de tener dos niñas pequeñas. Por la mañana del día 1, me levanté el primero y me senté delante del ordenador para trabajar hasta que amanecieran las enanas. Tuve problemas para abrir el ordenador y cuando lo conseguí no atendía mis instrucciones como yo creía que lo hacía siempre. Me quedé preocupado y al día siguiente me lo llevé al trabajo.

Victoriano era el responsable de Sistemas en el semanario Tiempo y lo había sido anteriormente en el diario YA, donde me conoció siendo yo el más tierno de los becarios. Con la confianza que nos teníamos, le pedí que con discreción, sin contarle nada a nadie, le echara un vistazo y me dijera si estaba enfermo de algo. Horas después, su respuesta fue preocupante: no le he encontrado nada raro, pero es evidente que ha sido manipulado. Le reiteré que guardara silencio y no le comenté nada a nadie.

Seguí con el libro, revisé el contenido conflictivo que siempre acompaña a las investigaciones periodísticas, lo concluí, se lo entregué a la editorial y lo publicaron, creo recordar, un jueves. Unos días después, no más de tres o cuatro, el portavoz del Gobierno de José María Aznar, Miguel Ángel Rodríguez, convocó en el palacio de la Moncloa un encuentro entre periodistas políticos y el director del servicio de inteligencia, Javier Calderón. 

En representación de Tiempo iba a acudir Antonio Casado, compañero y amigo, que antes de ir me preguntó si quería que aprovechara la ocasión para transmitirle alguna pregunta. Solo se me ocurrió sugerirle que le pidiera una opinión sobre KA: licencia para matar.

¿Qué libro había leído Calderón?

Antonio regresó del encuentro y le pregunté por cómo había ido. Con su habitual sinceridad me espetó:

Dice que puedes publicar lo que quieras sobre él, pero no entiende que hayas hecho sangre con sus hijos. 

Vi en su cara una cierta comprensión de la postura del jefe de los espías, considerando que había desbarrado al meter su vida privada en un libro sobre el entonces Cesid. La verdad es que dos de sus hijos le habían dado disgustos, pero uno de ellos tenía una historia que implicaba abiertamente al servicio.

Ocurrió unos años atrás. Le habían pillado en Tailandia trapicheando y le habían metido en un agujero cavado en la tierra, en unas condiciones despreciables. El padre le había pedido al servicio, en concreto a la unidad operativa, de la que yo hablaba en el libro, que elaborara un pasaporte falso en el que el joven figurara como menor de edad, para que el rey Juan Carlos, en una visita próxima, lo entregara a las autoridades tailandesas para conseguir su liberación. Así se hizo y por suerte el chico pudo regresar a España.

A pesar de que inicialmente aparecía esta historia en el manuscrito que estaba en mi ordenador en Nochevieja, en una revisión posterior la suprimí, pensé que era relevante para conocer el funcionamiento y capacidades del servicio, pero no quise difundirla precisamente por ser el hijo de Calderón. Sabiendo todo esto, comprenderán mejor lo que le contesté a mi querido Antonio Casado:

-No sé qué libro ha leído Javier Calderón, pero en el que se vende en las librerías no hago ni una mención a sus hijos.

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