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Cultura

Annette Cabelli, superviviente de Auschwitz: "Sobreviví porque no lloré ni un solo día"

Con 17 años, Annette Cabelli llegó a Auschwitz donde fue separada de su madre, asesinada en una de las cámaras de gas

Annette Cabelli, superviviente de Auschwitz: «Sobreviví porque no lloré ni un solo día»

Encorvadita, apoyada en su bastón y con paso pesado. En su antebrazo el número 4065 con un triángulo debajo. Es Annette Cabelli, una de las supervivientes del campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia. Entró con solo 17 años, salió con 20. Ahora es una mujer de 95 años, entonces una niña separada de su madre nada más llegar al centro de exterminio donde fueron torturadas y asesinadas más de un millón de personas, el 90% de ellos judíos.

Cabelli, de origen griego y residencia en Francia, se encuentra en España. Nos recibe en el Centro Sefarad-Israel, donde el fotógrafo Juan Pedro Revuelta rinde homenaje a la memoria de las víctimas con su exposición ‘Auschwitz-Birkenau’, cuando se cumplen 75 años de la liberación del mayor centro de exterminio del nazismo. 

A sus 95 años aún tiene fuerzas para testimoniar en primera persona contra la barbarie nazi. «Nunca más se puede repetir esta parte de la historia en la que nunca tuvimos la esperanza de ser liberados. Todos sabíamos que íbamos a morir. Eso no lo podemos olvidar nunca», nos cuenta en un perfecto español quien en 2017 recibió la nacionalidad española –en este momento nos enseña orgullosa su pasaporte–.

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Annette Cabelli. | Foto: Lidia Ramírez | The Objective

Annette Cabelli no murió. Sin embargo, ¿acaso no estás muerta técnicamente cuando te quitan la dignidad, cuando eres un simple número, cuando pierdes todos tus derechos y eres un trozo de carne utilizado solo para trabajar mientras esperas la muerte?

Esta superviviente del Holocausto nació el 25 de abril de 1925. Cuando tenía cinco años su padre murió. Creció junto a su madre y sus dos hermanos en el seno de la comunidad sefardí de Salónica, Grecia. A partir de la ocupación alemana, las condiciones de vida resultan atroces para los judíos en esta ciudad: trabajos forzados, confinamiento en guetos, obligación de llevar la estrella amarilla, etc. Con apenas 17 años, fue deportada a Auschwitz, donde nada más llegar le raparon el pelo, le quitaron la ropa y le tatuaron el número 4065 en el antebrazo. Nos lo muestra rápidamente al grupo de periodistas que escuchamos su testimonio sin parpadear. Lo hace desviando su mirada hacia un lado. No quiere mirar el número que le hizo perder la identidad –»no volví a escuchar mi nombre nunca más»–, el número que le hizo ser una pieza de un engranaje creado para aniquilar personas.

Del día de la deportación recuerda que la hacinaron junto a su madre y miles de judíos más en un tren que durante cuatro días, sin comida ni agua, viajó rumbo a un destino funesto, al lugar donde acababan las vías y donde decenas de miles de personas, sobre todo judíos, gitanos y discapacitados, fueron asesinadas. «En el tren ya entendimos que no íbamos a trabajar sino a morir», señala.

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Puerta de entrada de Auschwitz I. | Foto: Lidia Ramírez | The Objective

Del día de su llegada a Auschwitz-Birkenau rememora como los perros de los soldados nazis, conocidos como SS, se abalanzaban sobre ellos cuando saltaban del tren. Como «un cuarto de hora» después de su llegada se llevaron a su madre. Nunca más la vio. Fue asesinada en una de las cámaras de gas del campo que podían recibir hasta 2.500 prisioneros por turno.

En ese momento, a la pequeña Annette se la llevaron a unas duchas donde, asegura, se lo quitaron todo, le tatuaron el número 4065 y le cortaron el pelo «de todas partes». «Luego nos echaron agua fría y caliente alternativamente. Éramos un espectáculo para ellos. En ese momento perdí mi dignidad y entendí que Auschwitz era para los alemanes una máquina de matar«.

Annette, sin embargo, logró escapar de las sucesivas selecciones. «Si sobreviví fue porque no trabajaba todos los días fuera en el campo a la intemperie, también porque no lloré ni un solo día. Solo pensaba en trabajar». Su primer ‘empleo’ fue limpiando cubas de excrementos del hospital para presos políticos polacos, lo que le permitía estar bajo cubierto. Luego, contagiada de tifus, fue a parar al bloque de enfermos. «Entrar en el hospital era el primer paso para morir», explica. Era una sentencia de muerte. 

Pero Cabelli también sobrevivió a ello y dos años y dos meses después llegó el día de su liberación.

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Interior de uno de los barracones de Auschwitz. | Foto: Lidia Ramírez | The Objective

Las marchas de la muerte

El 27 de enero de 1945, los soviéticos entraron en Auschwitz. Entre el 17 y el 21 de enero, con las tropas soviéticas a unas jornadas del campo, las SS tomaron a unos 56.000 prisioneros y evacuaron el campo de concentración en las conocidas como marchas de la muerte, el 50% de los prisioneros que se vieron obligados a participar en ellas fallecieron.

A menos diez grados, Annette, junto a varias camaradas y varios miembros de la SS, sin agua ni comida, caminó durante una semana hasta llegar a la frontera. «Una mañana, al despertar en el bosque, descubrimos que los guardias nazis habían desaparecido. Éramos libres«, cuenta quien, 75 años después, aún no se cree que esté entre los vivos.

Posteriormente reharía su vida en Francia donde se casó con el también deportado Harry Cabelli, con quien tuvo tres hijos. Ahora vive en Niza y desde hace varios años se dedica a transmitir su estremecedora memoria del Holocausto por el mundo. «Tenemos que hacer todo lo posible para que nunca más sucedan estas cosas que tantos judíos y no judíos padecieron. Nunca más. Por eso vengo siempre que puedo a España, para que los pequeños y los jóvenes sepan lo que pasó, el sufrimiento que padecimos», reflexiona quien vivió estas atrocidades en primera persona en un lugar no muy lejano, no hace mucho tiempo. En Europa hace tan solo 75 años.

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Fotografía de la exposición ‘Auschwitz-Birkenau’, de Juan Pedro Revuelta. | Foto: Lidia Ramírez | The Objective

 

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