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Esteban Hernández: «Las instituciones económicas internacionales se han pasado mucho tiempo haciendo los problemas más graves en lugar de solucionarlos»

Conversamos con Esteban Hernández acerca de su nuevo libro: ‘Así empieza todo. La guerra oculta del siglo XXI’

Esteban Hernández: «Las instituciones económicas internacionales se han pasado mucho tiempo haciendo los problemas más graves en lugar de solucionarlos»

Salomé Sagüillo | Cedida por el autor

Esteban Hernández (Madrid, 1965) suele insistir en sus columnas en El Confidencial –periódico del que es jefe de Opinión– en dos conceptos: «los desafíos estructurales» y los «mundos que ya no existen». Sobre ambos pivota también su último libro, Así empieza todo. La guerra oculta del siglo XXI (Ariel), un análisis profundo y ameno de una realidad desordenada y frágil, con numerosos frentes abiertos y en transición hacia no sabemos qué: frentes sanitarios, institucionales, políticos y sociales, y especialmente económicos. Es aquí donde Hernández sitúa el epicentro del resto de crisis, y donde reclama un cambio de rumbo profundo que ponga a la economía «al servicio de la mayoría» y no de las finanzas internacionales. Sin este orden de prioridades, afirma, será ocioso insistir en la crisis de las democracias, la inestabilidad de los sistemas políticos o el futuro geopolítico de la UE.   

Empiezas el libro aludiendo a la crisis de los misiles, en 1962, y a la forma en que Kennedy supo ver que las soluciones que le pedían los militares estaban basadas, como las que llevaron a la Primera Guerra Mundial, en lecciones del pasado que ya no funcionaban. ¿Cuál es la similitud entre la crisis de los misiles y el coronavirus?

La historia es una combinación de agencia y estructura y se mueve entre la organización de sociedades dadas y la capacidad de sus actores para moverse en ellas, modificarlas o transformarlas. JFK fue consciente de que las estructuras de poder empujaban en una dirección que abocaba a la catástrofe, a repetir enormes errores de épocas recientes, y tuvo la sensatez y el arrojo para enfrentarse a ellas, así como la inteligencia de buscar caminos laterales para lograr sus propósitos. No hay que olvidar que encontró un aliado en Kruschev, que estaba sometido a presiones muy similares. Nuestra época es muy diferente de aquella, pero comparte la misma presión estructural (y de las redes de poder que dan forma a esa estructura) que aboca, como entonces, a la resolución de los conflictos presentes por un lado cada vez más pernicioso.  En este momento, en el que no hay fuerzas sociales organizadas que tengan peso, sería muy conveniente que entre los actores políticos y económicos surgieran algunos con la visión y el poder de JFK para girar esas tendencias estructurales hacia terrenos que arreglen los problemas en lugar de empeorarlos.

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Imagen vía Editorial Ariel.

Puestos a hacer historia ficción, ¿qué le argumentaría hoy un Kennedy igual de lúcido a los decisores públicos de los últimos años en las democracias liberales?

Hay que tener en cuenta un aspecto fundamental, que los órdenes hegemónicos suelen caer por debilidades interiores. Y Occidente, en general, está lanzado hacia situaciones internas muy frágiles que la pandemia ha empeorado notablemente: una desigualdad económica que perjudica a la mayor parte de la población, que se ve con menos recursos, que vive situaciones complicadas, que tiene una percepción negativa del futuro, y que constata cómo la escalera social sólo funciona hacia abajo; hay grandes tensiones políticas en muchos países, con bloques enfrentados y una hostilidad que va en aumento; y hay tensiones políticas y económicas entre Estados occidentales, ya que esa asociación entre EEUU y Europa se ha roto, ya que EEUU lo ha decidido así (y el Brexit forma parte de ello).

¿Por dónde empezar a intentar arreglar este gran desorden?

Todo esto parte de un núcleo que no podemos seguir ignorando: el foco de la inestabilidad proviene de una arquitectura económica que fragiliza las sociedades, que hace más pobres a sus ciudadanos y que aumenta las tensiones. Llevaría tiempo explicar por qué arreglando y estabilizando la economía, devolviendo las opciones vitales a la mayoría de los ciudadanos, todos los demás aspectos, incluido el internacional, se solucionarían mucho más fácilmente (lo hago en Así empieza todo), pero este es el centro del asunto. De modo que no sé qué hubiera dicho JFK, pero lo lógico es que se hubiera centrado en arreglar el problema del que emanan los demás.

Frente a la conocida Trampa de Tucídides, que habla de la rivalidad entre una superpotencia declinante y otra ascendente, tú contrapones la Trampa de Pericles. ¿Cómo la defines?

Como te decía, en esa relación entre agencia y estructura, hubo actores en Occidente que lograron cambiar el paso. No podían funcionar solos, ya que necesitaban respaldo social, y Roosevelt es un caso claro. En nuestra época, los actores con los que contamos no solamente no son capaces de introducir variaciones que contrapesen esas tendencias generales que nos conducen hacia grandes problemas, sino que los hacen más profundos. Trump es un buen ejemplo, pero la dirección del partido demócrata también lo es, eso que llaman The Blob. Schaüble es un buen ejemplo también. Y las instituciones económicas internacionales se han pasado mucho tiempo haciendo los problemas más graves en lugar de solucionarlos. Nos dirige gente que empeora las cosas en lugar de tener la inteligencia y el valor de modificarlas para bien. En ese sentido, Pericles fue una figura tremendamente relevante porque entendió lo que su sociedad necesitaba, fue capaz de apoyarse en fuerzas sociales que le permitieron establecer nuevos consensos que hicieron próspera a Atenas y dio lugar a una época floreciente, en lo económico y en lo político. Al final de su vida, sin embargo, tuvo equivocaciones graves, como su decisión de ir a la guerra con Esparta en ese momento, que resaltan que, al contrario del mecanicismo de la Trampa de Tucídides, los actores también tienen un papel importante en los acontecimientos.

Eres menos escéptico respecto al papel y el futuro inmediato de China. En cambio, ¿no deberíamos poner en cuarentena, nunca mejor dicho, todo lo que de allí el propio régimen deja ver?

Solemos poner el foco, cuando hablamos de China, en los elementos equivocados. Nos fijamos en si es una dictadura, si mienten en los datos, etc. No sé si mienten y hasta qué punto, y no me importa demasiado. El problema es que no deberíamos poner el foco en ellos, sino en nosotros. La gran lección que nos ofrece China es que nos permite darnos cuenta de nuestros errores, y en lugar de pensar en ellos, mucha gente prefiere subrayar la perfidia asiática. Es una tendencia poco pragmática. Igual ocurre con esa supuesta debilidad de las democracias, que hace abstracción de la historia reciente. En la anterior guerra fría, las democracias se impusieron precisamente porque lograron establecer mucho mayor consenso interior respecto de las ventajas de su sistema que los soviéticos. Ahora está ocurriendo al revés, y eso es lo más preocupante. Por decirlo de otra manera, hasta hace poco tiempo, precisamente por la experiencia vivida, entendíamos que las democracias eran regímenes más sólidos, también por su pluralidad y transparencia, y que eso otorgaba una gran ventaja a la hora de lidiar con países con otros sistemas. Ahora, por arte de magia, se insiste en que la democracia sitúa en una posición de debilidad. No acabo de entender el giro, salvo como justificación de la ineficacia de nuestras élites: no somos nosotros, es el sistema que es más quebradizo que las dictaduras. Esas mismas élites nos decían hasta hace poco que la guerra fría contra la URSS se ganó porque nosotros teníamos libertad y democracia y ellos no. Quizá tengan que resolver alguna contradicción en ese terreno. En segunda instancia, las dictaduras no ofrecen eficacia, sino alineación. Si sus dirigentes toman decisiones acertadas, sus países serán más rápidos en la ejecución y tendrán menos fricciones. Pero si son erróneas, sólo provocarán que su país se despeñe a mayor velocidad. No son regímenes que aseguren ningún tipo de acierto, sólo aseguran verticalidad.

Hay cierto debate sobre si podemos hablar de una nueva guerra fría o no. Algunos analistas lo descartan por varias razones, entre ellas que con China hay una interdependencia que no la había con la URSS, o que China, en teoría, no tiene interés en exportar su modelo o valores. ¿Cómo lo ves?

Sí, hay una nueva guerra fría que no es la reproducción de la anterior. Para empezar, no hay dos bloques, como entonces. Existen una serie de grandes Estados que están maniobrando en un contexto diferente del de la globalización para ganar poder, recursos e influencia. Por supuesto, la gran potencia es EEUU, por encima del resto, o muy por encima todavía, que trata de arrebatar poder y de frenar los deseos de ascenso de la segunda. Pero también están Rusia, Alemania, Francia, Turquía o India, que están jugando sus bazas en ese nuevo orden, acercándose o separándose de los dos grandes rivales en unos terrenos o en otros. Las alianzas serán importantes, como antes de la I Guerra Mundial. En segundo lugar, la interdependencia existe, por la gran cantidad de deuda estadounidense en manos chinas, por ejemplo, pero también en el terreno productivo, por la integración de las cadenas de valor global. Y no podemos olvidar, porque es esencial, que había una línea directa que unía China con Wall Street: la deslocalización permitió a muchas empresas aumentar sus beneficios y su valor en bolsa, y a los accionistas repartirse enormes dividendos. Un desacople radical con China haría mucho daño a Wall Street y a los grandes accionistas. Al mismo tiempo, EEUU es consciente también de que no puede depender de China en muchos productos esenciales, incluso en el ámbito militar, que se estaban fabricando en Asia, por lo que ya ha iniciado el repliegue en muchos terrenos. De modo que hay un alejamiento en ciertos terrenos y vinculación en otros.

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«La gran lección que nos ofrece China es que nos permite darnos cuenta de nuestros errores, y en lugar de pensar en ellos, mucha gente prefiere subrayar la perfidia asiática. Es una tendencia poco pragmática». Foto: Salomé Sagüillo | Cedida por el autor.

Y Europa, de nuevo, en medio.

Lo que apenas se subraya es que esta guerra fría tendrá consecuencias importantes para los europeos porque la UE es un terreno en el que se va a desarrollar económicamente la guerra. EEUU está impulsándose, y la pandemia va a ayudar en ese sentido, a través del desarrollo de dos ámbitos, el financiero y el digital, lo que quiere decir que su expansión tendrá lugar a través de la captación de recursos que antes eran de otros, y particularmente de antiguos socios. Por así decir, la parte del pastel que quedará será menor para Europa. En ese terreno hay que enmarcar la guerra comercial con la UE. China intentará hacer lo mismo, y la nueva ruta de la seda es un buen ejemplo, así como muchas compras estratégicas que ha estado realizando en Europa. De modo que nos obligará a decidir qué papel vamos a jugar en ese nuevo escenario.

Es habitual escuchar entre analistas cercanos a los demócratas que «Trump deserves credit» (Trump merece reconocimiento) por el giro con China, casi lo único que le conceden como legado positivo. No parece que la cosa vaya a cambiar tanto con Biden, al menos los movimientos de fondo.

No, las tendencias de la época son las que son, la política internacional estadounidense ha tomado otro rumbo, y ninguno de los líderes que asoman por el horizonte parece tener intención alguna de cambiarla. Puede que Biden sea formalmente más amable, pero poco más.

La candidez con la que se vio a comienzos de siglo XXI todo lo que China podía ofrecer y en la forma en que evolucionaría, suena ahora realmente llamativa. ¿A qué achacas ese enorme fallo de interpretación y análisis de China?

He insistido mucho en la estupidez occidental con China porque forma parte de una estupidez general en nuestro sistema. Fíjate en el mismo Brexit, y en la manera que se abordó. Basta con seguir la línea narrativa para entender a qué me refiero: es imposible que el Reino Unido se vaya, si hay referéndum lo perderán, si ganan los brexiters será una catástrofe, han ganado pero van a dar marcha atrás, habrá un segundo referéndum, Johnson quiere el Brexit pero se verá obligado a rectificar, si hay salida tendrán que amoldarse a las reglas de la Unión, les va a ir fatal, el Brexit no podrá ser duro, etc. Mira dónde estamos. Quizá no se dieron cuenta de algo, o quizá su ceguera ideológica les impedía ver lo que estaba ocurriendo. Con China fue peor, porque todas las líneas que el régimen chino traspasaba, y fueron muchas, se ignoraron en gran medida porque el vínculo con Pekín daba muchos réditos. Hacía ganar mucho dinero a alguna gente, y renunciar a él era muy difícil para un mundo en el que lo productivo ha sido fagocitado por lo financiero. De modo que hubo un componente de gran avaricia en esa ceguera con China.

Pero no fue solo avaricia, ¿no? Parecía haber expectativas de apertura política también.

Pero, en segundo lugar, está la estupidez estratégica. Gran parte de lo que tienen es porque se lo hemos proporcionado: tecnología, capital, músculo financiero. Pero además tenían un sistema que estaba permanentemente pensado en términos nacionales e imperiales, y un proyecto para desarrollar sus propósitos. Y cada vez que ofrecían señales claras en ese sentido, se las rebajaba insistiendo en minucias: a la larga el régimen chino se verá afectado por las demandas internas de libertad, o por tensiones territoriales, o por tensiones entre élites. En fin, in the long run, we are all dead, que decía Keynes. Quizá pensaron que les iba a pasar lo mismo que nos ha pasado a nosotros. El concepto de estupidez funcional es bastante apropiado para describir esta situación. En Así empieza todo cito a Barbara Tuchman, que lo denominó ‘folly’, pero ambos conceptos se refieren al mismo asunto.

Europa habla de la necesidad de recuperar «autonomía estratégica», aunque no terminas de ver claro que eso vaya a ser posible.

Es absolutamente posible, lo que no veo es que exista voluntad alguna por parte ni de los grandes dirigentes europeos, ni de las élites europeas, ni tampoco de las nacionales. Se habla de eso, pero no se toman decisiones que vayan en esa dirección, todo lo contrario. Quienes no creen en la Unión Europea no son los críticos, sino quienes dicen defenderla. Si creyeran de verdad, tomarían otras decisiones. De modo que no seamos ingenuos.

Eres más que escéptico con la Unión Europea, e incluso con el Fondo de Recuperación, porque no terminas de ver su propósito final, ni sus objetivos te parecen lo suficientemente ambiciosos. Pero la realidad es que se han cruzado muchas líneas rojas estos meses. ¿Cuál es tu crítica de fondo al proyecto comunitario?

Hay que ser claros en este punto, porque muchos de los análisis sobre actuales se anclan en momentos que ya no existen. Hay dos posibilidades y poco tiempo: o Europa se configura como un polo geoestratégico de referencia, capaz de tener un lugar propio, o se fragmenta hasta su ineficacia real, cuando no hasta su ruptura, con partes de la unión (países o zonas geográficas) convertidas en socios de EEUU o China. Eso ha sido el Brexit, por si lo olvidamos. Hay que subrayar en este aspecto que las extremas derechas europeas, y parte de las derechas, son más pro EEUU que pro EU.

Para que Europa sea una fuerza en sí misma son necesarias muchas cosas que hoy no tenemos. El aspecto militar es obvio, como lo es la energía. Se insiste en una unión fiscal y en una arquitectura política mucho más integradora, y así es. Pero para todo ello necesitas ser, especialmente en este momento, una potencia económica global que se ancle en un mercado interno sólido, que impulse lo productivo, que ponga la economía financiera al servicio de la real, que ofrezca trabajos, recorrido y futuro a la mayoría de la gente, justo lo contrario de lo que estamos haciendo. Ese exceso de ahorro de los países de norte y de las clases con más recursos europeas, que acaba escapándose hacia fondos globales, debería invertirse en Europa para hacer de la región más próspera y más sólida económicamente, y para generar mayor bienestar, lo que redundaría en una cohesión mucho mayor de la existente. Una vez más, lo económico es el centro de todo este asunto; sin una Unión fuerte en ese terreno, y sin poblaciones vinculadas con ese proyecto, todo lo demás lleva hacia su continua fragilización.

Pero no crees que vaya a convertirse en eso que reclamas.

Es probable que nada de esto se haga, lo que nos convertirá en un territorio que se repartan económicamente las dos grandes potencias. Eso impulsará una falta de identificación con el proyecto europeo por parte de muchos países, que llevará a una fragilidad grande de la Unión. Las tentaciones de alejamiento y, eventualmente, ruptura, serán mayores. Y no sólo por parte de los países perdedores, que buscarán alianzas más satisfactorias, sino de los mismos ganadores, que pensarán, por ejemplo, que dejar caer al sur será una buena idea.

Sueles usa la palabra «estructural», como aquello que se obvia en las reformas que se presentan o se prometen. Al final, si te leo bien, se trata de prestar más atención a cuestiones básicas, casi más antropológicas que económicas, como estabilidad o seguridad como elementos inseparables de democracias funcionales. Pero todo esto también supone una enmienda a ideas que siguen presentes: flexibilidad o flexiseguridad, innovación y renovación permanente, etc. Ese mundo, ¿está definitivamente atrás?

Mi penúltimo libro, El tiempo pervertido, abordaba ese asunto extensamente, porque vivimos en un momento paradójico. Ese impulso hacia el progreso, que empuja hacia el avance continuo y en el que se asientan términos como cambio, innovación, flexibilidad, adaptación, etc., nos conduce hacia el pasado, hacia estructuras sociales viejas, hacia una división radical entre quienes tienen activos y quienes no y hacia formas políticas menos democráticas. Utiliza conceptos que nos sugieren grandes avances y enormes posibilidades, pero en la realidad contiene muchos elementos que frenan los avances y que suponen una pérdida de poder económico y político para una mayoría sustancial de la gente. De modo que, en esos instantes históricos, cercanos al momento Polanyi, es imprescindible reivindicar valores que se han asociado con la perspectiva conservadora. Necesitamos estabilidad y seguridad, que es justo lo que no tenemos: es mucho mejor tener un hogar que vivir en la intemperie, creo; es mucho mejor tener poder de decisión sobre tu vida que verte arrojado al azar; es mucho mejor poder planificar algo en tu existencia que moverte en la precariedad vital; y así sucesivamente. No veo en qué sentido conservadores y progresistas pueden poner un pero a estas ideas.

De nuevo, la economía.

Ofrecer estabilidad y seguridad, lo que equivale a ofrecer poder de decisión y autonomía, supone en primer lugar tener una economía que favorezca a la mayoría de la gente, a todos esos parados, autónomos, pequeños y medianos empresarios, profesionales liberales, y empleados por cuenta ajena que están perdiendo, en lugar de favorecer, como ocurre ahora, al ámbito financiero, a las grandes firmas financiarizadas y a las grandes firmas digitales. Podemos construir los castillos en el aire que queramos, pero como no haya un giro hacia lo productivo en lugar de seguir anclados en la lógica financiera, no haremos más que ahondar en los males en que nuestra sociedad está inmersa.

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