THE OBJECTIVE
Madrid

Qué pasa en Paseo del Prado 30: museos, okupas y promesas

Preguntamos a la Asociación Vecinal Barrio de las Letras y al urbanista Antonio Giraldo sobre un edificio histórico en el centro de la capital que el Ayuntamiento pretende convertir en un nuevo museo en el Paseo del Arte. Los vecinos reclaman un centro de salud.

Qué pasa en Paseo del Prado 30: museos, okupas y promesas

Juanma del Olmo Piera | The Objective

El edificio ubicado en Paseo del Prado 30, esquina con Gobernador 39, es una mole de ladrillo rojo de 3.000 metros cuadrados sin destino en el centro Madrid. En el balcón del chaflán hay cuatro vigas de hierro sobre las que podrían colgar banderas, pero ahora no cuelga nada. Si uno se acerca a la puerta principal, zigzagueando entre los turistas en la acera raquítica, y observa la base del balcón desde abajo, puede leer una fecha en números romanos: 1.935, el año que concluyó la construcción. En el ala derecha, las ventanas que dan al Paseo del Prado están tapiadas. Y si se sube por calle Gobernador, en el segundo piso del edificio se pueden aprecian restos de pintadas. Colores, graffitis, luchas pasadas. Algún cristal roto. También hay hornacinas vacías que acentúan la sensación de ausencia.

El espacio lleva meses envuelto en polémica, con vaivenes y cambios de rumbo. En otra vida fue Casa de Socorro, como atestigua un letrero. Más recientemente fue una sede de la UNED. Después fue okupado y se transformó en La Ingobernable, un centro social autogestionado que resistía en pleno barrio de Las Letras. Durante la campaña de las municipales de 2019, La Ingobernable se convirtió en uno de los caballos de batalla de José Luis Martínez-Almeida, y el día 13 de noviembre, de madrugada, 130 agentes de la Policía Municipal tomaron el edificio. En campaña, José Luis Martínez-Almeida había prometido a los vecinos un centro de salud. Sin embargo, una vez que consiguió alcanzar el Consistorio, el PP abandonó el proyecto y el alcalde expresó la conveniencia de crear un museo. Uno más en el Paseo del Arte. El centro elegido iba a ser un Museo Judío, vinculado a la Fundación Hispanojudía. Finalmente, el 10 de julio, el alcalde anunció que el proyecto no se materializaría, perpetuando así el interrogante sobre el  destino del edificio.

La complejidad en el caso de Prado 30 está en los detalles. Es un edificio ubicado en un paseo declarado Bien de Interés Turístico, con lo cual, en teoría, no se puede tirar abajo completamente y levantar un edificio nuevo. El geógrafo y urbanista Antonio Giraldo, miembro del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso, cuenta a The Objective que actualmente el edificio está catalogado con grado de protección parcial, lo que supone que no podría demolerse, sino que deberían respetarse algunos elementos como la fachada. The Objective también se ha puesto en contacto con la Dirección General de Patrimonio, que especifica los detalles del Decreto de 1999 que protege el entorno. En el texto de la declaración se hace referencia a la protección concreta del viario,  jardines y elementos monumentales en él integrados. «Por otra parte, hay que señalar que el edificio de Paseo del Prado, 30 aparece en el visor del planeamiento municipal catalogado por las normas urbanísticas municipales con grado de protección Estructural y que se está tramitando un nuevo Plan especial», apuntan desde Patrimonio. Ahora bien, mas allá de que se preserve el continente, la pregunta es qué se va hacer con el contenido. Giraldo opina que en este tema «todas las partes tienen algo de razón».

Sara Baras, portavoz de la Asociación Vecinal Barrio de Las Letras, cuenta a The Objective que los vecinos de la zona lo que necesitan es un centro de salud. «No estamos en contra de los museos, pero el centro de Salud no puede ir por detrás. Nosotros pedimos dotaciones para el barrio: no hay biblioteca, se habló de un centro de día para mayores o de un polideportivo…es un barrio infradotado», sostiene. Actualmente, el centro de Salud del barrio está en Alameda 5, un espacio con carencias: «Es un edificio sin condiciones, no tiene ascensor, hay poca ventilación y llegaron a caerse placas de escayola del techo». El Ayuntamiento ha propuesto la construcción de un nuevo centro de salud, pero en la calle Antonio Grilo, a más de dos kilómetros de Prado 30. Los vecinos reclaman que sea aquí, y proponen que lleve por nombre Manuel Garrido, un médico del barrio fallecido por coronavirus[contexto id=»460724″].

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Ilustración de Prado 30. | Foto: cedida por la Asociación Vecinal Barrio de Las Letras.

Cuando Carmena estaba en el Consistorio, el desalojo de la La Ingobernable fue aprobado en el Pleno municipal con votos a favor de PP, Ciudadanos y PSOE. Sin embargo, la alcaldesa no hizo nada más allá de intentar negociar con ellos. La Ingobernable era un centro dinámico que realizaba muchas actividades, incluidas clases de karate o de yoga, pero lo hacía a su maniera. Antonio Giraldo considera que este tipo de colectivos reivindicativos han sido muy beneficiosos para el tejido social de la ciudad en casos como el de la Plaza de la Cebada, pero que también pueden suponer un problema por el limbo jurídico en el que se sitúan. «Se podrían haber buscado soluciones sin llegar al desalojo, pero por los cauces legales, sin arbitrariedad». Por su parte, Víctor Rey, otro de los portavoces de la Asociación Vecinal Barrio de Las Letras, cuenta que la relación con los “ingobernables” era compleja. «Era complicado llegar a acuerdos con ellos. Nosotros intentamos que Paseo del Prado 30 fuera un espacio útil para la gran mayoría. Los usos se podrían repartir, porque es un edificio enorme, hablamos durante mucho tiempo pero las negociaciones no fructificaron»

Escenario y escaparate

La historia reciente de Prado 30 es agitada y está salpicada de cesiones, como los futbolistas que no llegan a estrella pero en versión urbanismo. Además, la pugna por el edificio encarna la turistificación del centro, con la consecuente conversión de los espacios en escenario. Primer acto: en 2013, la alcaldesa Ana Botella cede el edificio por un periodo de 75 años a la Fundación Ambasz, dedicada a la figura del prestigioso arquitecto hispano-argentino Emilio Ambasz, sobre el que gravitaría el Museo de las Artes, la Arquitectura, Diseño y Urbanismo (MAADU). Segundo acto: el proyecto no cuaja y, dos años más tarde, Manuela Carmena recupera el edificio mediante una indemnización de 1,4 millones a Ambasz. Dinero público a una entidad privada para que el edificio recobre su carácter público. Asombro y expectación entre el público. Alguna carcajada. A continuación, Carmena declara que pretende destinar el edificio a una biblioteca, pero su propósito tampoco llega a materializarse.

Tercer acto: en 2019, Almeida emula la jugada cediendo el edificio a otra fundación privada. Esta vez la cesión se hace por 50 años (gratuitamente, a cambio de que la entidad se haga cargo de la remodelación del espacio) y se anuncia que el inmueble albergará el Museo Judío. Los actores son conocidos. Entre ellos aparece, en el Patronato de la Fundación Hispanojudía, Alberto Ruiz-Gallardón. El Ayuntamiento explica que el objetivo es «que el legado de los judíos permanezca siempre vivo en nuestra cultura».  Entre bambalinas, alguien señala en voz baja que en Toledo (a 70 kilómetros) ya existe un Museo Sefardí y, cuando surgen las críticas, el alcalde acusa a los discordantes de antisemitismo. Fin de la obra. Aplausos, bajada del telón y silencio. 

En cuanto a la proliferación de los museos, los vecinos del Barrio de las Letras son testigos de la pujanza del sector cultural, y también de las consecuencias. «No estamos en contra de los museos, pero todo está enfocado al turismo y la vida en la zona se va haciendo cada vez más complicada. A todos nos gusta lo auténtico, pero si empiezas a llenar el barrio de turistas, de bares, de gente, lo auténtico se pierde. No queremos que el barrio se convierta en un escaparate», explica Sara Baras. Antonio Giraldo apunta que la utilización privada puede tener intenciones políticas: «Almeida prometió el centro de salud, así que o no conocía lo que había allí o mintió deliberadamente»

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Lateral de la fachada del edificio con un escudo del oso y el madroño. | Foto: Juanma del Olmo Piera.

Cuando parecía que el asunto estaba cerrado, el 10 de julio Almeida declaró a Europa Press que el proyecto del Museo Judío ya no era posible «porque no se había aportado la documentación necesaria». En ese momento, la oposición insistió en el centro de Salud, que era una vieja petición de los vecinos. Sin embargo, las pretensión del alcalde continuaba siendo darle un uso cultural, y el 22 de julio, PP, C’s y Vox votaron en contra de transformarlo en Centro de Salud. «Estamos ante un edificio en un entorno privilegiado, con posibilidades de uso cultural extraordinarias», indicó Almeida. Antonio Giraldo señala que, de erigirse un nuevo museo en Madrid, podría hacerse en otro entorno. En la misma línea, Víctor Rey opina se podría «des-esponjar» la capital con un centro en una zona menos dinamizada. «Yo creo que deberíamos potenciar las actividades de los propios distritos. Parece que Madrid es el distrito centro y poco más», relata Giraldo. 

El entorno privilegiado al que se refirió el alcalde es el Triángulo del Arte, un festín de la cultura y una congestión, una zona masificada en la que ya hay cuatro gigantes artísticos: el Museo Del Prado (a 800 metros de distancia), el Thyssen (a 850m) el Museo Reina Sofía (a 500m) y Caixa Forum Madrid (literalmente al lado). La concentración museística ha pasado a determinar el carácter de la zona. «Tiene su lado positivo y negativo, como ocurre en la Isla de los Museos en Berlín, donde se crean muchas sinergias entre los centros. Es entendible que el Ayuntamiento quiera un espacio del que sacar más rentabilidad que un centro de salud, pero también hay que atender las peticiones de los vecinos. Lo ideal sería buscar un equilibrio», apunta Giraldo. A día de hoy no existe el equilibrio. ¿Qué habría que hacer para equilibrar al balanza ente el desenfreno del turismo y la atención a los que habitan la ciudad? El turismo, hasta que la pandemia no lo transforme verdaderamente, impone la aceleración y el consumo. Resulta paradójico que, aun cuando ya se ha evidenciado la importancia de invertir en salud, se siga persiguiendo el beneficio. 

El 1 de diciembre de 2018 se cambió el nombre a la la estación de Metro Atocha , que pasó a ser “Estación del Arte”. El cambio en el lenguaje no es inocente (Klemperer dixit) y existe una cadena evidente que conecta la variación del nombre con la posibilidad de crear un nuevo espacio cultural en el área. Tampoco es novedoso, es la praxis habitual en las políticas culturales españolas: interpretar el arte como disciplina de la que extraer rentabilidad. Además, con una hipotética nueva fundación-imán, los centros privados del Paseo de la zona (Thyseen, Caixa Forum y el próximo) superarían a los de titularidad pública.

Almeida habló de «un proyecto de dimensión internacional, de relevancia cultural extraordinaria». Cabe preguntarse para quién.

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