La caipiriña y el nacimiento de un nuevo cóctel… imbebible
«El combinado es refrescante y muy engañoso, pues puede entrar con una facilidad pasmosa»

Caipiriña. | Freepik
-¿Papá, te parece que vaya machacando las limas?
-Ah, pues sí, muy bien, gracias. Yo voy picando el hielo.
Vuelvo a los cócteles, que tenía abandonados, como al tabaco y al mojar pan. Este de hoy es perfecto para los días de calor –de calor no: de horror, dicen– que se avecinan. La capirinha o, puesta en España, caipiriña es el combinado nacional brasileño, a base de cachaza (o cachaça, en Brasil), que es un aguardiente destilado de la caña de azúcar. Puede tener hasta 50% de alcohol, de modo que no es un colacao, no.
La receta es bien sencilla: directamente en el vaso, dos cucharaditas de azúcar moreno y lima y media, cortadas a la mitad. En este punto, se espachurran con una especie de mazo (como el de un mortero. Se venden muchos modelos en internet), de modo que suelten el jugo. La fruta se deja machacada en el vaso, se llena de hielo picado y se le añade la cachaza, hasta el borde. Se toma siempre con una pajita, que se pega más o menos al fondo del vaso, según gustos; pegarla más, o menos, permite absorber mayor o menor cantidad de azúcar, con lo que el dulzor del cóctel es variable. Hay quien abomina de los granos de azúcar en la boca, hay quien gusta de roerlos: Cada cual, ya se sabe. El combinado es refrescante y muy engañoso, pues puede entrar con una facilidad pasmosa. Y es una bomba de azúcar (sobre ser un destilado de la caña de azúcar, a la cachaza se le añade más aún para atenuar su amargor natural). No recomendable para diabéticos, por tanto.
Éramos diez y alguien había sugerido días atrás que este aficionado bartender preparara unas caipiriñas, «que las hace muy bien». Uno se pregunta de dónde salió el bulo.
–El hielo está. ¿Qué tal vas con el machacado?
–Listo también –informa mi hija mayor, que hoy oficia de asistente.
Acabamos los cócteles y los sacamos. Elogios generalizados, pero inesperadamente tibios. Pruebo yo y… horror. Ajo. ¡Huele y sabe a ajo! Explicación: ha usado el mazo del mortero de la cocina –de madera, bien embebido de años de ajo– no el que está junto a la coctelera, el vaso mezclador y demás accesorios. ¿Qué le has puesto, que sabe diferente?, me dice uno de los invitados. Veo que otro frunce silenciosamente el ceño, y que una tercera se sonríe por lo bajini, tras probar.
Me temo que no es posible silbar una intrascendente tonadilla y poner cara de Primera Comunión: hay que confesar, de modo que tomo aire, me armo de valor y allá voy, con la franqueza que me hizo célebre.
–¡Qué metedura de pata, la mía! –salta mi hija adelantándose, y explica el error.
De toda la vida, en casa, abominando de la mentira (ese recurso de débiles y necios) el reconocimiento de la culpa siempre ha llevado emparejado el indulto. La culpable (que, dicho sea de paso, tiene 38 añitos y tres hijos en el mundo) lo sabe y se me adelanta, la muy ladina, evitando incluso mi lógico «¡pero por Dios!».
Claro, todos cierran filas y la arropan, en plan no pasa nada y demás; incluso hay una optimista que anuncia «El Nacimiento De Un Nuevo Cóctel, el Caipirajo».
