The Objective
Crónicas disfrutonas

El mejor regalo de mi vida: 11 vinos muy especiales que no se cosechan todos los años

«Uno saca la primera y abre la boca, que queda abierta hasta que se lo dicen. El lote daría lustre a la mejor de las bodegas»

El mejor regalo de mi vida: 11 vinos muy especiales que no se cosechan todos los años

Château d’Yquem de 1971.

Esto de liar el petate y desterrarse tiene de todo. No se trata aquí de hacer una disquisición sobre pros y contras, pero aunque uno creyó haber sopesado todos los factores, cuando finalmente se decidió la mudanza, se encontró que vivir aquí arriba, en La Montaña de mis abuelos, tiene un estrecho parentesco con el confinamiento, y se podría pensar –erróneamente– que peligrosamente cercano al ostracismo. Y conste que no hablo del que exigió la pandemia, que padecimos en nuestra casa de Madrid, no. Lo nuestro fue voluntario, como los tres años del Cid tras la trapisonda de Santa Gadea. Como creo haber dicho ya, cuando voy a Madrid me pregunto cómo he podido vivir en ese… iba a decir infierno, pero sería exagerado. Dejémoslo, pues, en el dicho:

De Madrid al cielo,

porque es notorio
que se va al cielo
quien sale del purgatorio. 

Una de las ventajas es que el círculo de amigos se aviene a venir de visita. La oferta tiene su atractivo. Tómese cualquier guía turística de la zona y véase si no. Y añádanse rodaballos, lenguados, lubinas fresquísimos hechos nomás que a la plancha o al experto horno de Adolfo, regados por un Mar de Fondo, ese excelente blanco local. Y sardinas asadas en el Bar del Puerto, con un buen godello fresco como libación. Y cofiñescos cocidos montañeses, acompañados del potente shiraz que nos sugiere Rubén. Y majestuosos chuletones en La Abacería de la sal, en Cabezón, con una gran garnacha del Priorat. Y cuartos de lechal asados al mimo de Javier, con un tempranillo ribereño. Y, en otro orden de cosas, interminables paseos por las infinitas playas de Oyambre o Gerra, o por el monte Corona, o por el Parque Natural del Saja… 

Y todo el que viene, claro, se presenta con un regalo. Aunque no siempre, tanto el responsable como el destinatario suelen ser ellas, a cuyo cargo queda la bufanda (llámese como se llame: écharpe, foulard), el perfume o la consabida vela de olor. Desde luego, cuando mi alter ego y yo somos los visitantes, hago gala de mi pragmatismo, adopto la postura de «zapatero, a tus zapatos» y delego en la sapiencia, o sea, en mi alter ego.

Creo recordar que el británico Debrett, ese manual de do’s y don’ts de la etiqueta, establecía los regalos adecuados y prohibía los inconvenientes: por ejemplo, jamás presentarse a un almuerzo con «el postre». Yo tuve un amigo que iba más allá y, si en la cena no dabas helado de postre, se bajaba al VIPS o al chino cercano a comprarlo «porque él tiene que acabar con helado», muy educado… Y sí, hace tiempo que dejó de ser amigo. Otro regalo inconveniente son los sobres de ibéricos (lomo, jamón…) que el inoportuno da muy sonriente a la dueña de la casa que, con los invitados llegando, se ve obligada a poner los sobres bajo el chorro de agua caliente, y a hacer acopio de paciencia separando las virutas. En esas circunstancias, yo he oído a mi amiga Luisa, una de las personas más educadas que conozco, largar por lo bajini unos juramentos que sonrojarían al más curtido de los cosacos de Kazán.

No sé cómo se pronuncia el Debrett en lo referente al vino, pero suena perfectamente adecuado presentarse con una botella, que sin excepción es bienvenida. Un amigo sostenía acaloradamente que, en rigor, la botella en cuestión debe abrirse para el almuerzo o cena, algo de lo que siempre he discrepado. Probablemente, la opinión de mi amigo valdría en un pasado no lejano, en que los maridajes (¡qué horror de palabro!) no se cuidaban como hogaño. Pero hoy, si uno da un pescado, suele tener fresquito su mejor blanco y sería un sinsentido abrir ese espléndido mágnum de Rioja que recién te obsequian. 

Creo que en alguna ocasión he hablado aquí de los Sauternes, o de sus primos húngaros, los Tokaji. La peculiaridad es que estos vinos solo se producen cuando se da un otoño cálido y lluvioso: un caldo de cultivo de hongos. Es precisamente uno de ellos, la Botrytis cinerea, lo que ataca y pasifica las uvas (o sea, las pudre) dejando un mosto de muy alta concentración de azúcar. Al proceso se le llama podredumbre noble (pourriture noble) y ese mosto deviene el vino dulce más famoso del mundo. Los franceses, sus descubridores y principales elaboradores, lo tomaron siempre acompañando al foie-gras, pero no sólo: doy fe de que Sauternes y roquefort son un matrimonio modélico. 

Esto viene a cuento de que es muy frecuente el vino como regalo, sobre todo si la invitación es a un almuerzo o una cena, aunque no tanto si el invitado viene a pasar unos días aquí, al norte. Pero, en fin, es lo que trajo el otro día mi amigo Enrique. Un surtido de 11 botellas. Uno saca la primera y abre la boca, que queda abierta hasta que se lo dicen. El lote daría lustre a la mejor de las bodegas: 

  • Dos botellas de Château d’Yquem de 1971 
  • Una botella de Château Climens de 1955 
  • Una botella de Château Gilette de 1958
  • Una botella de Château Guiraud de 1976 
  • Una botella de Château Rabaud-Promis de 1988.

Hasta aquí, todos sauternes. Añádase:

  • Dos botellas de Pera-Manca de 2003, del Alentejo
  • Tres botellas de Vega Sicilia Único gran reserva de 1973.

Y aquí lo dejo. Sin duda, el mejor regalo que me han hecho en mi vida. 

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