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Análisis

La izquierda francesa, en peligro de extinción

Al menos hasta ocho candidaturas de izquierdas concurrirán a las presidenciales y ninguna de ellas alcanza el 10% en intención de voto

La izquierda francesa, en peligro de extinción

La candidata socialista y alcaldesa de París, Anne Hidalgo. | Sarah Meyssonnier (Reuters)

La Francia actual ofrece una sorprendente paradoja: es un país ‘socialista’ que no quiere ser gobernado a nivel nacional por la izquierda. Más del 61% del PIB francés es manejado por el Estado comparado con el 49% en el Reino Unido y el 51% en Alemania y las principales ciudades –París, Marsella, Lille, Burdeos, Estrasburgo, Grenoble, Nantes, Montpellier- tienen alcaldes socialistas o verdes, pero ningún candidato de izquierdas tendrá ni por asomo, como ya ocurrió en 2017, los suficientes votos para disputar la presidencia en las elecciones del próximo mes de abril.

Desde la salida del Elíseo del presidente socialista François Hollande, hace cinco años, la izquierda francesa ha sufrido un proceso de tribalismo autodestructivo hasta convertirse en un archipiélago de nichos de votantes enfrentados entre sí. Hay una izquierda ferozmente laica a la que inquieta el islamismo radical y hay otra partidaria de la diversidad multicultural; una izquierda proeuropea y otra antibruselas; una favorable a la energía nuclear y otra contraria; una atlantista y otra pacifista.

Unas declaraciones realizadas hace unas semanas por el secretario nacional del Partido Comunista, Fabien Russel, reivindicando la gastronomía nacional ilustran esta división. «Yo no soy un ayatolá que lo quiere prohibir todo: del árbol de Navidad al Tour de Francia y pasando por la carne. La vida a base de quinoa y de tofu es sosa. No es mi Francia», se reafirmó tras estallar la polémica y ser acribillado por las críticas de ecologistas y otros grupos progresistas. Los diferentes estilos de vida de sus votantes –urbanos, de clase media, con educación superior y más intelectuales que tendentes a las emociones-  parecen haber sustituido definitivamente a la lucha de clases.

Ocho candidaturas de izquierdas

Al menos ocho candidaturas de izquierdas concurrirán a las presidenciales –previstas para el 10 y 24 de abril, en primera y segunda vuelta- y ninguna de ellas alcanza, según los sondeos, el 10% en intención de voto. Ni tan siquiera uniéndose todas, lo que ya ha sido descartado por su propios líderes, superarían al presidente Emmanuel Macron, al que las encuestas otorgan el 25% de los votos en primera vuelta.

Son particularmente dramáticos los casos del Partido Comunista, que si hace medio siglo llegó a tener el 20%, sus actuales expectativas electorales oscilan entre el 2% y el 3%, y de la candidata oficial del Partido Socialista, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, que previsiblemente quedará por debajo del 5%, el mínimo de votos que permite a una formación recuperar los gastos de campaña, frente al 28,63% que obtuvo Hollande en la primera vuelta de las elecciones de 2012. Otros candidatos como Jean Luc Mélenchon, el líder de Francia Insumisa, el partido de la izquierda populista, se mueve en torno al 8%; el ecologista Yannick Jadot reúne un 7% y la exministra de Justicia de Hollande, Christiane Taubira, la última en saltar al ruedo, se queda en el 3%. Todos muy lejos de los porcentajes que los sondeos atribuyen a la derecha y extrema derecha: el 16% para la republicana Valéry Pécresse y Marine Le Pen, la líder de Reagrupamiento Nacional, antiguo Frente Nacional, y el 13% para Éric Zemmour, el polémico líder de un artefacto electoral al que ha bautizado con el nombre de Reconquista.

Ante este panorama y descartada la celebración de unas primarias de toda la izquierda propuesta en su día por Hidalgo, un grupo de jóvenes activistas ha puesto en marcha una iniciativa llamada Primarias Populares con una lista de 10 candidatos. Más de 250.000 personas se han registrado ya para participar en esta especie de macroencuesta de popularidad en la izquierda, que se celebrará del 27 al 30 de este mes. Hidalgo, Jadot y Mélenchon han dicho que desconocerán su resultado, pero sus responsables afirman que el número de participantes en el proceso supera con creces a los que votaron sus candidaturas dentro de sus propios partidos y que por tanto no podrán ignorarlo. Sea cual sea el desenlace de la consulta es más que probable que solo sirva para aumentar la confusión y fragmentación de la izquierda.

¿Cómo se ha llegado a esta situación de desintegración desde que François Mitterrand convirtiera hace ya 50 años al socialismo francés en una gran fuerza nacional? John Lichfield, corresponsal en Paris del diario The Independent durante 20 años, apunta tres razones en un reciente artículo publicado en el think tank británico, Unherd. «La primera es la emergencia de una poderosa  fuerza centrista en la política francesa: el presidente Macron ha secuestrado entre ocho y 10 puntos de la antigua izquierda moderada que solía votar socialista. La segunda tiene que ver con la debilidad y los antagonismos personales, los celos y limitaciones, de la nueva generación de líderes izquierdistas y la tercera y más importante se debe al cambio social y a la geología política de Francia».

La incapacidad de la izquierda para responder a las profundas transformaciones de la sociedad generadas por la globalización, el cambio tecnológico, el fenómeno migratorio y las consecuencias de la Gran Recesión, más allá de su radicalización política,  llevaron al Partido Socialista en las elecciones presidenciales de 2017 a los peores resultados de su historia (6,36%) con la fuga de buena parte del voto obrero a la extrema derecha.

Sin embargo, esta nueva izquierda más interesada en la ideología que en la verdadera solidaridad, donde pesan más las actitudes culturales que el interés común, refractaria a una visión pragmática del mundo y a la posibilidad de que surja un líder respetado por todos, que ha rechazado todas las reformas por pequeñas que fuesen propuestas por Macron en estos últimos cinco años, será –y esta es la segunda gran paradoja de la política francesa- la que decida en las elecciones de abril al nuevo presidente del país, como dice Lichfield, bien «quedándose en casa o votando a un candidato al que aborrecen o al que simplemente odian».

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