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Análisis

Marruecos y las enseñanzas de Ucrania

El giro de Sánchez sobre el Sáhara busca arrancar cierta reciprocidad respecto de Ceuta y Melilla. Pero fiar su conservación a la diplomacia es ingenuo

Marruecos y las enseñanzas de Ucrania

Una lancha de la Gendarmería Real marroquí lleva de vuelta a un grupo de menores que viajaba a la frontera española en una embarcación de juguete. | Europa Press

España mantiene unas relaciones modélicas con Francia. No hay más que ver el besuqueo entre Pedro Sánchez y Emmanuel Macron durante el encuentro de hace unos días en Versalles. Somos correligionarios políticos, grandes socios comerciales, firmes aliados militares. Llevamos décadas siéndolo. 

Y sin embargo, cuando en julio de 2002 Marruecos ocupó Perejil y solicitamos al Elíseo imágenes del satélite Helios, Jacques Chirac pretextó una avería y nos dejó a ciegas. Además, bloqueó la firma de una declaración conjunta de condena en la Unión Europea y, finalmente, nos sugirió la entrega de todos los peñones de la costa marroquí y también de Ceuta y Melilla». José María Aznar se encontró de pronto aislado y entendió el alcance real de las buenas palabras que se intercambian en las cumbres internacionales. 

La historia se repite ahora con Ucrania. En 1994, Bill Clinton convenció a la antigua república soviética para que renunciara a sus bombas atómicas y se comprometió a «garantizar su seguridad». En los años siguientes, la OTAN estrechó la cooperación con ella, distinguiéndola con una asociación especial en 1997, destinándole un paquete de ayuda integral en 2016 y fomentando la ilusión de que éramos correligionarios políticos, grandes socios comerciales, firmes aliados militares. 

A Vladimir Putin se le pueden reprochar muchas cosas, pero nunca ocultó que la incorporación de Kiev al Tratado de Washington constituía una línea roja y, cuando Volodímir Zelenski declaró que se disponía a cruzarla, lo invadió. Ahora, los occidentales nos hemos volcado en la acogida de refugiados y el envío de armas, pero la devastación y los muertos los están poniendo los ucranianos.

¿Se habría atrevido Moscú con Kiev si todavía conservara su arsenal nuclear? Es dudoso. Como escribe en Rey servido y patria honrada el ex jefe del Estado Mayor de la Defensa, Fernando Alejandre Martínez, «una disuasión creíble, activa y eficaz es esencial para prevenir acciones hostiles». Y es responsabilidad de los gobernantes «mantener una capacidad de respuesta autónoma», es decir, sin contar demasiado con que sus vecinos vayan a socorrerlos, por mucho que luego en las recepciones oficiales se besuqueen y resoben y la gente comente en Twitter: «Que vayan a un hotel».

El efecto mariposa

Las relaciones de España y Marruecos pueden ser «extraordinariamente boyantes» en lo económico, argumenta el catedrático de derecho internacional público Alejandro del Valle Gálvez, pero conservan «un poso de constante prevención». Y añade que el propio Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación de 1991 admite la existencia de «viejos malentendidos y aprensiones colectivas».

¿Cómo de graves son esos malentendidos y aprensiones? Lo suficiente como para que Alejandre manifieste en su libro que la alauita es una «amenaza exterior y directa», aunque posteriormente haya matizado en este diario que no la considera inmediata. ¿De qué plazos hablamos? 

En un artículo de abril del año pasado, los investigadores Guillem Colom Piella, Guillermo Pulido Pulido y Mario Guillamó Román valoran el impacto para España de los acuerdos de Abraham, por los que Marruecos reanuda los contactos oficiales con Israel a cambio de que la Casa Blanca reconozca su reivindicación sobre el Sáhara Occidental. En su opinión, consagran a Rabat como «aliado preferente» de Estados Unidos, perfilan «su imagen de estado mediador» con el superpoder y suponen un «espaldarazo político» en su objetivo de disputar a Argelia el estatus de «potencia regional».

La noticia, recuerdan Colom et al, se produce en el marco de un ambicioso plan de rearme financiado por Arabia Saudí. Marruecos adolecía hasta ahora de una sensible inferioridad militar respecto de Argelia y la transición hacia un mayor equilibrio podría interpretarse como un factor estabilizador. La historia revela, sin embargo, que la igualdad de fuerzas es más conflictiva que la clara hegemonía de una de las partes. Especialmente si, como sucede con Argelia, la nación desafiada es incapaz de sostener el ritmo de gasto y concluye que debe reaccionar mientras aún conserva la ventaja.

El reino alauita ejecuta este doble movimiento diplomático y de defensa con la vista puesta en Argelia y, en principio, no tendría por qué inquietarnos. Pero, primero, sería una temeridad ignorar la carrera armamentística de un vecino con el que hay abiertos contenciosos territoriales y, segundo, a la semana de anunciarse los acuerdos de Abraham el presidente Saadeddine Othmani afirmó que llegará un día en que se reabra «el asunto de Ceuta y Melilla», que son tan «territorios marroquíes como el Sáhara». 

Hasta ayer, habría prevalecido un quid por quo, según Colom et al. Madrid no agitaba el avispero saharaui y Rabat no se metía con las plazas norteafricanas. Pero una vez sumada la Casa Blanca a la posición de Marruecos, es cuestión de tiempo que obtenga la soberanía sobre el Sáhara y, en ese momento, ¿qué gana con respetar ningún quid por quo? Máxime cuando contará con un ejército muy distinto al que desalojamos de Perejil. En las últimas dos décadas se ha dotado de aviones F-16, misiles Patriot, helicópteros Apache y carros de combate M1 Abrams que han resuelto sus «carencias tradicionales», como una protección aérea limitada o una flota costera muy vulnerable. 

Un jodido estúpido

El nuevo equilibrio creado por los acuerdos de Abraham obligaba a la diplomacia española a mover ficha. Al calificar ayer «la iniciativa marroquí de autonomía como la base más seria, realista y creíble para la resolución del referendo», Sánchez seguramente busca cierta correspondencia respecto de Ceuta y Melilla. Pero fiar la conservación de las ciudades a la negociación sería ingenuo. En el tablero internacional, las palabras valen poco cuando no las respalda una capacidad militar contundente.

Es verdad que, de momento, los rankings oficiales sitúan nuestras fuerzas armadas muy por encima de las del vecino meridional. Según la consultora Global Fire Power, España ocupa el puesto 18 del escalafón mundial y Marruecos, el 55. Aunque las cosas están más equilibradas por tierra, por mar y aire la superioridad hispana sería abrumadora. 

Pero ya hemos visto que eso está cambiando y, además, como repetía en vísperas de la Primera Guerra mundial John Fisher, primer lord del Mar y modernizador de la Royal Navy: «Hace falta ser un jodido estúpido para combatir a un enemigo en proporción de 10 a uno cuando puedes hacerlo en una proporción de 100 a uno».

Lejos de seguir el consejo de Fisher, Alexandre denuncia que España cuenta con un presupuesto de defensa «bajo, muy bajo». Después de Luxemburgo, es el miembro de la OTAN que menos gasta: el 1,02%, según la organización.

Una limitación a la que Del Val añade varias más: «La reluctancia de la opinión pública [española] a conflictos territoriales exteriores […]; la falta de unidad en los partidos políticos respecto a la acción exterior, y la sujeción a los principios del estado de derecho». Marruecos, por el contrario, no duda en recurrir «a planteamientos no democráticos y no respetuosos con el derecho internacional», para los que «en ocasiones cuenta con el apoyo de miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU», como Estados Unidos y Francia.

Esos mismos correligionarios políticos, socios comerciales y firmes aliados militares que iban a garantizar la seguridad de Ucrania o que hoy se muestran tan efusivos con Sánchez en las cumbres mundiales.

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